jueves, 15 de diciembre de 2011

Las apariencias engañan

–Soy el farmacéutico con el que desayunaste tortilla el sábado pasado.

– Ah!... ¿Cómo va todo?

Tengo la misma sensación que tiene el pescador cuando nota la vibración de de la boya incrustada en la superficie del agua, desapercibida para cualquiera que no sea un pescador experto, un movimiento que dibuja tenues círculos concéntricos y que transmite un temblor a la caña parecido al imperceptible escalofrío de la voz del mentiroso. Ya son muchos años pescando para saber que un sardo, o una dorada o un buen besugo está merodeando el anzuelo. Ahora todo es cuestión de paciencia y de determinación en el momento oportuno.

– Esta semana he ido siguiendo las noticias de vuestro sector que han aparecido en los medios. De ellas, no se desprende optimismo, que digamos…

– La situación económica creada por esa crisis, ignorada demasiados años, está llegando ahora con toda su crudeza a las farmacias, y además, no parece que las perspectivas de los próximos meses sean tranquilizadoras. De momento, la situación es de inquietud, pero existe la posibilidad de que se transforme en crispación.

– Te noto preocupado.

– Sí, lo estoy. A veces me pregunto si estamos dedicando suficientes esfuerzos y recursos en construir un modelo nuevo capaz de resistir esta difícil situación.

– ¿Por qué hablas de un nuevo modelo? ¿Tan convencido estás que el actual no es el adecuado? ¿No lo ha sido durante los últimos cuarenta años?

– Tengo muchas dudas. Seguramente por eso te he llamado, tengo curiosidad por saber tu opinión, aunque tomar la decisión de llamarte ha sido un proceso largo. El desayuno del sábado fue agradable, pero a nadie le gusta que le pinchen, y algún puyazo me mandaste entre bocado y bocado de tortilla.

– Ningún puyazo, tan sólo hice reflexiones muy generales sobre los procesos de cambio y las fuerzas que los mueven o los impiden. No pensé que te sintieras incómodo con mis comentarios. Los farmacéuticos no sois distintos a los demás sectores. Tenéis vuestras peculiaridades, pero os movéis por incentivos similares a los de los demás, aunque te parezca lo contrario, los vuestros son problemas comunes.

Me parece que estoy yendo demasiado deprisa otra vez. Francesc parece un buen fajador, pero no conviene llevar las cosas excesivamente lejos. Si se tira de la caña antes de que la boya se hunda, las probabilidades de perder la presa son enormes.

– ¿Por qué dudabas en llamarme? ¿No te gusta el salmorejo?

Unas palabras que son un intento sutil de aliviar la tensión del sedal, una sutileza que nada tiene que ver con el aleteo de una mariposa, es una sutileza parecida a la del movimiento del engranaje de un reloj de pulsera, tiene la precisión de una maquinaria construida con paciencia por unas manos delicadamente implacables. Toda la experiencia y la sabiduría precisas para evitar que el pez se escape porque el cebo aún no se ha introducido en su garganta.

– A mí, de la mesa, me gusta casi todo.

– ¿Tienes libre mañana para comer juntos?

– Mañana, puedo.

– ¿A las dos y cuarto en la puerta del bar de las tortillas?

– Allí estaré

– Hasta mañana.

El bochorno es el protagonista de la mañana, un bote de cola pegajosa parece que se haya vaciado entre mi piel y el cuello de la camisa. He estado incómodo desde que he salido de casa enfundado en el traje de verano. Tan sólo el aire acondicionado del despacho en el que he pasado la mañana ha aliviado la pesadez del baño turco en el que me ha tocado moverme. He tomado un taxi para cruzar la ciudad, un taxi con un buen aparato climatizador, lo que me ha permitido llegar fresco al encuentro con Francesc. Ya está esperando. Observo que está leyendo un libro. Me sorprenden las personas que son capaces de aprovechar esos tiempos muertos del día a día para leer. No me imaginaba que Francesc fuera uno de esos.

– ¿Lees algo sobre farmacia?

– No. No acostumbro a hacerlo fuera de la farmacia. Leo una novela.

– En cambio escribes a menudo. He leído algo de lo que escribes.

Detecto un instante de duda, ese momento antes de dar el tirón necesario para que un nudo se desenrede.

– No son míos los artículos que has leído.

¿Pretende engañarme?

– Nunca se ha publicado nada de lo que yo escribo. El día de nuestro encuentro no te dije que ese Pla que escribe artículos de farmacia no era yo. Leíste mi apellido en esa carta que me cayó y que era de un laboratorio farmacéutico y ligaste cabos con demasiada agilidad, seguramente estar metido en el ambiente sanitario te hizo llegar a falsas conclusiones. Quien te imaginaste que yo era es un colega de profesión que tiene mi mismo nombre y apellido, incluso se me parece físicamente, pero no soy yo. Yo leo también esos artículos y coincido con muchas de sus opiniones, pero yo sólo me dedico a mi farmacia. A mi también me gusta escribir pero lo hago sobre el mar, sobre mis recuerdos y mis sueños. Historias de mi vida. No puedes negarme que nuestra historia hasta ahora es un cúmulo de casualidades y de suposiciones, el argumento de una comedia de enredo. Un divertimento que no quise romper en el primer momento, quizá porque no pensé que nos volviéramos a encontrar. En ese momento pensé que no valía la pena explicar mi historia verdadera. Yo también he imaginado tu niñez en Iznalloz…

¿Quién será este Francesc? Todos mis planes se derrumban. Voy a tener que improvisar, algo que detesto. La sorpresa me ha dejado sin capacidad de reacción, no tengo otro remedio que contarle también algo de mí. Contarle a mi nuevo interlocutor que quien creía que yo era tampoco es como él se había imaginado que era.

– Nunca he estado en el pueblo de mis abuelos. El salmorejo lo preparaba mi madre y ella era la que me decía que lo aprendió a preparar en la cocina de su madre. La verdad de las cosas, está más escondida de lo que parece. Nuestro encuentro es una muestra evidente, ¿No te parece?

– ¿Por qué no vamos a comer y a conversar? Un médico y un farmacéutico pueden tener muchas cosas que contarse de sus respectivas profesiones.

jueves, 1 de diciembre de 2011

La llamada

Los lunes de verano que aún debo trabajar son unos días extraños. Los fines de semana acaban siendo como escarceos amorosos que no acaban de culminar. Paréntesis demasiado cortos. Besos y caricias que se interrumpen súbitamente por la llegada de un invitado no deseado, ese impertinente lunes que no debería estar aquí. Es un día desubicado, más propio de un tiempo de grises y de zapatos de cordones apretados, y lo que ahora me apetece son pantalones cortos y pies sin calcetines ni apreturas. Hoy es un lunes de esos.

El aire guarda aún la frescura de la noche, el sol aún no ha podido barrer los retales de la luna que aún flotan en la brisa de la mañana. Del mismo modo que flotan en mis pensamientos los retales del encuentro con Matías. ¿Dónde puse su tarjeta? El horario, los pedidos, los proveedores y mis viejos clientes van a asaltarme de aquí a pocos minutos, van a situarme de golpe en un mundo tangible, alejado de las nebulosas de las ideas. Con los años ya me he acostumbrado a este viaje de ida y vuelta constante. Mi vida es así, posiblemente porque quiero que sea así. Un forcejeo, a veces una pelea, entre lo que toco y lo que sueño. Alguno de mis buenos amigos ya me ha advertido alguna vez que no corte nunca la cuerda que me ata a la tierra si no quiero perderme como un globo de esos que los niños sueltan en el parque. ¡Es tan bonito verlos subir, rojos, verdes o amarillos, hacia el cielo! Parece que van a perderse entre las nubes. Me gusta pensar, al menos un momento, que allí están esperándome en un parque de atracciones infinito en el que podré revolcarme en una piscina de burbujas multicolor sin sufrir la ordinariez de la gravedad. Es uno de mis sueños que siempre acaba topándose con el recuerdo de ese globo medio deshinchado, un globo azul, a veces rojo, pero siempre muerto, encallado entre las ramas de la higuera del jardín de casa de mis padres. Después de ese instantáneo choque, noto un poco más la apretura de mi zapato.

Tengo que reconocer, aunque me pese, que Matías tiene parte de razón cuando insinúa que todos los sectores creen que su sufrimiento es injusto, y más ahora, cuando la incertidumbre se ha apoderado de la sociedad. Sin embargo me molesta su arrogancia, que le permite emitir opiniones que parecen sentencias. ¿Y eso de la rana?, parece una historieta de esos libros insufribles de autoayuda que solo sirven para ayudar a las cuentas corrientes de los que los han escrito y han logrado engatusar a una multitud. Sin embargo, me rebelo también contra los que no se atreven a analizar con objetividad la gravedad de la situación y quieren convencernos de que lo que nos está cociendo es un hervor pasajero. ¿Guardé su tarjeta o la rompí? Con eso de las redes sociales y de la gran red es fácil encontrar un contacto, no debería sufrir demasiado, quiero pensar eso, no debería culpabilizarme demasiado por mi precipitación al despreciar su tarjeta de visita, al fin y al cabo si al final me decido a continuar mi conversación con Matías solo va a depender de mí, no lo va a impedir un arrebato de soberbia pasajero, aunque debería aprender a controlarlos.

La realidad de la puerta cerrada, de la cruz apagada, de todo lo que me queda hoy por hacer, es como un caparazón que me protege, pero también puede ser una tenaza que me condicione y que me haga desconfiar sin motivo aparente de Matías. Las cosas no están para muchos experimentos. ¿Cómo es eso de primum vivere? Ni tampoco están los tiempos para llegar a la parálisis por un exceso de análisis, pero es preciso que nos decidamos a coger el toro por los cuernos, hacer un buen diagnóstico, analizar los escenarios más probables y tomar decisiones. ¿No es eso lo que me propone Matías? No voy a contarme –aunque las vista de argumentos– más excusas. Lo llamaré.

Ha sido un día caluroso, un día que se resiste a marchar. Mientras cierro la persiana y apago la cruz, un cielo azul tenue inundado de rosas, morados y amarillos va despidiéndose sin quererse ir; el sol no acepta de buen grado que, incluso en verano, durante el cual su reinado es casi absoluto, también deba dejar paso a la luna. ¡Cuánta belleza en esa discusión entre el día y la noche! Cada día acaba en un beso largo, en una dulce rendición en la que no hay vencedores ni vencidos.

Por la cristalera de mi despacho entra una luz oblicua. Encima de la mesa en la que escribo y desde donde le vi por primera vez, intento divisar la tarjeta de Matías. Como casi siempre el primer vistazo no tiene éxito; soy de los que sobreviven a su desorden y que no tienen otro remedio que definir un orden nuevo que no sirve a nadie más que a uno mismo. Otra rebeldía más de un cincuentón demasiado gruñón, una reminiscencia más de una adolescencia en la que celebraba como una gran victoria poder preservar mi habitación, mi mesa y mi armario del ataque sistemático de la gamuza de Julia.

Las mesas desordenadas son la morada de diminutos gnomos que se dedican a trajinar papeles, papelotes, revistas, periódicos, catálogos, tarjetones, tarjetas, recibos, comprobantes de pagos, facturas, albaranes, libros, fotografías. Es, la suya, una tarea agotadora. Sin pausa, con esa diminuta malicia que siempre mueve a los duendes, se dedican a joder al personal. Por esa razón, cuando encuentro la elegante tarjeta de Matías, me alegro tanto. Les he vencido otra vez. No soporto a esos personajillos graciosos de los cuentos. Tienen pequeños el corazón y también el alma. Son como si a la mezquindad y a la cortedad de miras les hubieran salido bracitos y piernitas, se colocaran un gorrito verde y se escondieran entre mis papeles. A veces tengo tentaciones de levantarme por la noche para aplastar a alguno mientras corretea entre mis papeles.

– ¿Matías?

viernes, 11 de noviembre de 2011

Retrato

Parece un tipo afable, de esos a los que los sábados les gusta no afeitarse por la mañana. Incluso, después de un rápido vistazo, puede parecer un actor francés de esos a los que les gusta comer y beber con los amigos en una escena en la que las risas y los gestos exagerados se suceden sin parar alrededor de una mesa larga bajo la sombra protectora de un almez frondoso.

Es de esas personas a las que, si quieres convencerlas de algo, te conviene mantener un encuentro, mejor aún si es el primero, alrededor de una mesa. No estoy convencido de que me llame, pero por si acaso ya he echado, junto a mi tarjeta, el anzuelo del salmorejo. Para hablar de negocios yo prefiero un despacho amplio en el que mi interlocutor no tenga otra alternativa que mirarme a la cara, es de la manera que me siento más seguro, cuando puedo aplicar con más eficacia mi método. Sin embargo, no estoy preocupado, ya tengo la suficiente veteranía para saber moverme en cualquier ambiente, y con el Sr. Pla intuyo que una comida relajada puede ser el inicio de una relación profesional fructífera.

Seguramente es un conversador interesante, aunque le pierde la pasión. No es conveniente hablar de tu profesión como si hablases de un buen plato, la gastronomía es cuestión que atañe a los sentidos, pero las profesiones y los negocios deben siempre tratarse desde la racionalidad. Me extraña la tendencia que tienen personas como el Sr. Pla –creo recordar que Francesc es su nombre– de mezclar una cosa con otra. Es de esos que piensan que el alma lo envuelve todo, todo lo importante, y lo que es seguro es que para Francesc –debo mirar si su nombre realmente es ése– su profesión lo es.

Goliat está más alegre que de costumbre. No le ha afectado que la espera en la puerta del bar haya sido más larga de lo habitual. Me estira el brazo con más fuerza, tiene prisa por llegar al objetivo de nuestro paseo matinal. Por los caminos de tierra del Park Güell, entre los arbustos y los árboles, el paseo le gusta más que el tramo que asciende por las calles asfaltadas junto al santuario de Sant Josep de la Muntanya. Un conjunto de edificios de estilo neorrománico con una cierta estética kitsh con una gran explanada desde la que tienes una vista panorámica sobre el barrio de Gràcia.

Una vez completado el recorrido por el Park Güell, situado en la vertiente que mira al mar del Turó del Carmel, iniciamos el descenso mientras intento recordar la ubicación de los documentos que tengo en casa sobre farmacias. No recuerdo si en el archivo del estante en el que tengo guardados los resúmenes de los proyectos y estudios realizados en el área de farmacia de la consultora tendré alguna cosa que pueda ser interesante. Creo que la mayoría son estudios para industrias en el campo de la introducción de nuevos productos y planes estratégicos para Administraciones Públicas. Tendré que repasar el archivo.

En el ascensor solo subimos Goliat y yo. Por el peso de ambos cabríamos alguno más, pero la presencia de mi perro es absolutamente disuasoria, nunca sube nadie con nosotros.

El piso de Matías es amplio y sin muchos muebles, los justos, pero elegantes. Desde que se separó de su mujer vive solo, con Goliat. Hoy cocinará un arroz con gambas y mejillones porque vendrá a comer su hijo Borja, y por la tarde irán al cine. Durante la semana, Borja vive con su madre, con la que Matías mantiene una relación cordial y educada. La mesa del despacho es de cristal grueso. Una lámpara articulada de aluminio negro con bombilla halógena, un portátil cerrado con la tapa acerada y un bloc de notas también cerrado es todo el paisaje encima de la mesa. En la pared del despacho una estantería, también de aluminio y cristal, está repleta de archivadores de distintos colores; uno distinto por estantería, rojo, verde y amarillo.

Pongo en marcha el ordenador para confirmar el nombre del Sr. Pla y efectivamente es Francesc. He localizado alguno de los artículos que firma como Francesc Pla, farmacéutico.

Los farmacéuticos no son muy proclives a revisar sin cortapisas la situación en la que está inmerso su sector. Antes del encuentro de hoy ya tenía esa creencia, y en algún momento de la conversación con Francesc me ha parecido que mi creencia se confirmaba. Existe una dosis bastante elevada de corporativismo en todas sus argumentaciones, pero también es verdad que no mayor que la que tiene cualquier miembro de un sector que ve como su situación se va deteriorando. Todos sobrevivimos gracias al instinto de supervivencia, que es la máxima manifestación de conservadurismo ancestral.

Me ha molestado un poco eso de las «recetas de nuestros manuales». ¿Acaso cree Francesc que los que nos dedicamos a la consultoría solo somos capaces de aplicar siempre recetas prefabricadas? Entiendo que he sido un poco brusco en mis comentarios, por lo que puedo haber generado un cierto rechazo, pero por los indicios que tengo y por las noticias que van apareciendo en los medios el horno no está para bollos y cada vez es menos importante la sutileza en el lenguaje. Debería entenderlo y una persona como Francesc, que se interesa por su profesión, no debería olvidarlo nunca.

Una sencilla búsqueda en Internet de estudios y artículos sobre la economía de la farmacia me proporciona un torrente caudaloso de información previa, que el lunes, después del fin de semana que voy a pasar con mi hijo, voy a revisar con tranquilidad. Tengo curiosidad, y por qué no aceptarlo, la desconfianza que el Sr. Pla ha insinuado en sus comentarios ha despertado esa picazón típica de los que estamos acostumbrados a ganar y nos encontramos con alguien a quien no parece impresionarle nuestra habilidad para ser unos vencedores habituales.

Voy hacia mi laboratorio para empezar un arroz que debe quedar perfecto. Coloco todos los ingredientes ordenados en el mármol de Carrara de blanco brillante y empiezo el sofrito que no contiene tomate, por supuesto. Así lo indica el manual de cocina que sigo desde que me separé de Mónica.

Continuará…

martes, 25 de octubre de 2011

Tarjeta de visita

Dedicado a mi amigo Andreu, él ya sabe por qué. No como otros.

Ahora que me he quedado solo con mi cortado tibio, me doy cuenta de que, mientras manteníamos nuestra conversación, el bar se ha ido llenando poco a poco de gente diversa; de clientes habituales que los sábados tienen el mismo horario que cualquier día porque trabajan también en sábado, ese día en el que muchos otros ya han logrado ser más ricos que Dios y no trabajan, de solitarios y solitarias que buscan reafirmar su soledad en mesitas pequeñas en las que apenas cabe el periódico que leen con algo más de profundidad que los días laborables y con eso ya tienen suficiente, de parejas de enamorados que aún mantienen el olor de una noche de besos y quieren continuar guardando su secreto, de gente del barrio aburrida, pero a los que ir al bar de siempre les protege de su aburrimiento porque se encuentran con otros tan aburridos como ellos. De esa gente que está ahí, siempre, esa gente que puedo describir, pero de la que no sé nada.

«Empuja la puerta de hierro forjado de la cancela que guarda el patio lleno de tiestos de geranios arrullados por el agua de la fuente, para salir corriendo a la calle.» Así me imagino a Matías de niño y eso es lo que escribo en mi libreta de notas azul mientras suena en mi iPod Samba pa ti, de Santana, y descubro en las notas claras de la guitarra, enredados como una hiedra, mis jóvenes sueños de enamorado; pero la realidad es que no sé casi nada de Matías, ni de su historia, sólo que sus abuelos tienen una casa en Iznalloz (ni siquiera sé si aún es de la familia). En mi libreta azul puede ser lo que yo quiera, pero Matías es solo un poco menos desconocido para mí que los clientes del bar que va llenándose poco a poco de gente de la que no sé su nombre.

La tarjeta que me ha dado lleva impreso su nombre en Bookman old style, que le da un porte clásico y serio; debajo, con la misma tipografía, centrada, escrita en el espacio limitado por la Ñ y la P de Puertollano, la palabra «Director». En el extremo inferior izquierdo están situados el nombre de la consultoría, que es RENTA S.A, impreso en Lucida Console y, encima, el logo corporativo, cuyo diseño me recuerda a un pájaro volando alto. Todo está impreso en negro. Es una tarjeta austera, pero muy bien impresa en un papel de alta calidad, calculo que es de un gramaje de 300 gramos, aproximadamente. No sé si las anotaciones de mi libreta azul me van a servir para escribir una historia, ni siquiera sé si voy a llamar a Matías. Todo el desayuno que hemos compartido puede perderse en esa despensa en la que se van acumulando encuentros huérfanos de historia, como cachivaches polvorientos. He terminado el cortado y, al levantarme, un grupo de tres operarios de la compañía de teléfonos, que están colocando fibra óptica en la zanja que despanzurra la acera frente al bar, ocupan rápidamente la mesa, desenvuelven los bocadillos del papel de aluminio que los protege y piden dos cervezas y una coca-cola, mientras comentan que las cosas están muy mal porque los de Moody’s nos han bajado la nota.

«El sol quema la calle empedrada, y Matías cruza la plaza con la pelota de cuero entre los pies, regateando a un equipo entero de contrarios que quieren arrebatársela. Se está imaginando el gol maravilloso que marcará en el partidillo con su pandilla de amigos. Levanta los brazos y espera el abrazo y la admiración de todos.» Mientras camino hacia casa, me imagino la continuación de las notas que he tomado. El relato podría continuar más o menos de esta manera que acabo de describir, porque a Matías siempre le ha gustado el triunfo, creo.

El ordenador me está esperando, frente a la ventana. El sol entra aún oblicuo, ilumina con una luz algo temerosa la mesa de mi despacho, aunque ya es bastante más vigorosa que la que me ha recibido esta mañana al salir de casa. Miro a través de la ventana abierta y, apenas sin darme cuenta, los ojos brillantes de Matías aparecen en mi memoria reciente, en la que también suena el eco presuntuoso de su frase: «Uno siempre cree que es único». ¿Qué sabrá Matías de nuestra problemática?

Me apetece retratar a Matías como a un personajillo casi desagradable. Me sube por las carótidas una efervescencia caliente desde la boca del estómago. ¿Cómo pude creer que me caería bien? Debe ser tan solo por lo buenas que estaban las tortillas. Saco su tarjeta de visita del bolsillo y la observo con displicencia y la lanzo sobre los papeles esparcidos alrededor del teclado, en el que aún no he apretado ninguna tecla.

Es unos cinco centímetros más bajo que yo, y tres tallas menos, pero no es un enclenque, ni mucho menos. Su cuerpo es bastante atlético y sus manos fuertes, con unos dedos largos, mucho más estilizados que los míos. Su rostro tiene unas facciones muy masculinas, pero no toscas. La mandíbula poderosa y unos labios muy bien dibujados. Me va a ser complicado traicionar a esta realidad. Matías es un tipo guapo, de esos que las mujeres encuentran atractivos. La realidad es esa y no otra.

No voy a poder negarlo, y si me paro a pensar, muchas de las cosas que me ha comentado son de la manera que él me ha dicho y no como a mí me gustaría que fuesen. Siento esa sensación de desánimo que te relaja los músculos cuando te das cuenta de que la rabieta que has empezado a alimentar se esfuma como las burbujas en una copa de cava dorado, y te quedas solo delante del espejo en el que no cabe ningún disimulo.

Lo más prudente y sensato es el olvido, no hay ninguna razón para decidir si Matías me cae bien o no. Ni siquiera voy a tener que romper su tarjeta, la voy a dejar perdida en medio del marasmo de facturas, recibos bancarios, cartas de publicidad, revistas de farmacia, álbumes de sellos, libros a medio leer (El cuadern gris, de Josep Pla, y Vidres a la sang, de Joan Salvat Papasseit). La aparcaré sin más en mi mesa de despacho.

lunes, 10 de octubre de 2011

Tortilla francesa

Matías tiene un rostro despierto. Me dan una cierta envidia esas personas que a primera hora de la mañana son capaces de borrar cualquier rastro de la noche en sus facciones y en el tono de su voz. Son como las mañanas que amanecen soleadas y claras después de una noche de tormenta. Yo siempre arrastro las ojeras y la voz pastosa hasta el cortado de media mañana.

– ¡Qué mañana más limpia! El chaparrón ha sido como una ducha fría. Te deja como nuevo.

– Yo solo me ducho con agua calentita. En verano también.

– Por eso te cuesta arrancar. Se ve en tu cara. Aún lleva la noche pegada. Deberías probar con el agua fría.

Su consejo parece una receta de libro de autoayuda. A los cincuenta un chorrito de agua fría no va a evitarme las bolsas de los ojos, pero no se lo tendré en cuenta. No creo que fuese justo empezar a restarle puntos habiendo compartido con él solo un par de bocados de la tortilla. Al fin y al cabo Matías ha sido quien me la ha recomendado y está en su punto.

– ¿Crees que los farmacéuticos padecemos el síndrome del batracio?

Le ha hecho gracia, lo noto por la sonrisa que ha aparecido justo en el instante anterior a introducir otro pedazo de tortilla en su boca, en su rostro ya de por sí alegre. Con el tenedor a cinco centímetros de sus labios me lanza otro consejo. Ya son dos.

– No sé si el síndrome se llama así, ni siquiera sé si tiene nombre. No seas tan negativo. ¡Te conviene la ducha fría! Ya te lo decía. Estoy convencido de que un sector como el vuestro está atento a lo que se cuece a su alrededor. No tengo la impresión de que sea un sector inmune al entorno ni que solo esté atento a su propio ombligo.

Es médico, pero tiene ese barniz de prepotencia de los consultores que han pasado por alguna escuela de negocios.

– Siempre tengo la sensación de que las características especiales de nuestro sector no encajan en las recetas que aplicáis en los manuales de vuestras escuelas. Somos una anormalidad en el mundo de la empresa y de los negocios. Aún y así tenemos que estar atentos a esas recetas, ya que, al fin y al cabo, dependemos de una gestión empresarial para hacer rentables nuestras farmacias.

– Es cierto, la regulación a la que está sometido vuestro sector no está en el índice de nuestros manuales. ¿Crees sinceramente que esta ausencia es un error, o lo que sucede es que se trata de una anomalía que el tiempo se encargará de solucionar?

– Lo que creo es que nuestras características especiales hacen difícil nuestra clasificación en un índice de manual. Pero también pienso que a menudo queremos llevar demasiado lejos nuestra especificidad y corremos el riesgo de pasar por raros en vez de especiales. Lo que tiene sus riesgos.

Aún no he probado el cortado que va enfriándose lentamente, pero el sol juliano que entra por la ventana me incita a pedir algo fresco para acompañar la media tortilla que aún me espera en el plato. Una buena cerveza de barril, en vaso largo, servida con una capa de espuma compacta de aproximadamente un centímetro.

– ¿Pedimos unas cañas? En verano, apetecen.

– Pide, pide. Yo no tomo cerveza. No bebo alcohol y la «sin» no me gusta. Siempre desayuno con un cortado.

Matías se cuida, su abdomen rectilíneo es una muestra. Levanto la mano derecha para llamar la atención del camarero, y cuando está cerca le pido una cañita –utilizo el diminutivo porque el abdomen de Matías me condiciona un poco– fría.

– Encontrar un encaje entre nuestra función de profesión sanitaria, la viabilidad empresarial de la globalidad del sector y reflejarlo en un contrato con el SNS, que es el cliente que nos aporta más del 75% del negocio, es el reto que tenemos ahora. Es evidente –ya me lo has dicho antes– que es difícil, pero no tenemos otro remedio.

– Me estás describiendo un proceso de reconversión. Estos procesos sí que están descritos en nuestros manuales, como tú los llamas.

Matías no deja pasar ni una. Está perfectamente entrenado para una conversación alrededor de un par de tortillas. Para él es un simple partidillo de pretemporada.

– Es una forma de hablar. No creo que los procesos de reconversión de los que me hablas sean homologables para aplicarlos a nuestras especiales características.

Ya que estamos, tampoco voy a arrugarme en un desayuno con un casi desconocido que me continúa cayendo bien, pero que ha logrado picarme un poco. La cañita fresca que acaba de llegar aún va a animar más la conversación.

Uno siempre cree que es único, pero lo que sucede es que cuesta mucho reconocer que lo que siempre ha funcionado ha perdido eficiencia y necesita un cambio. Cuando ejercía de médico y tenía que dar un mal diagnóstico, la primera reacción del enfermo siempre era negar la evidencia. No sois ni raros ni únicos.

Matías ya ha terminado con su tortilla y apura la taza. Mira hacia la puerta donde espera pacientemente su perro, que no ha cambiado de posición. Creo que pronto deberá continuar su paseo. Mi sospecha se confirma con el gesto que realiza para buscar su cartera y que levanta el brazo izquierdo para pedir la cuenta. Con un automatismo perfecto, entrenado durante muchas visitas a clientes, me deja una tarjeta, elegante y pulcra, mientras paga el desayuno.

– Tengo que irme. Goliat, aunque no lo parezca, está impaciente. Deberíamos continuar esta conversación tan interesante. Podríamos quedar a comer algún día. Conozco un restaurante, cerca de aquí, en el barrio, en el que preparan un salmorejo como el de casa de mis abuelos en Iznalloz. Llámame y quedamos… si te parece bien.

– Claro. Ha sido muy interesante, y el salmorejo es un plato que siempre me apetece. Lo siento pero yo no llevo tarjetas.

– Perfecto. Espero tu llamada.

Da la mano con esa seguridad impuesta de los que tienen también la obligación de parecerlo. Todo perfecto, incluso el nombre de su perro.

Continuará…

lunes, 19 de septiembre de 2011

Un valle de lágrimas

Se que esperáis (o no) a Matías, pero lo de este agosto obliga a un comentario especial, aunque en el fondo voy a contar lo mismo de siempre. Matías ha accedido a esperar un par de semanas.

Existen pocas cosas que se toleren menos que pretender ser el protagonista en un entierro y no ser el muerto, por lo que no sería muy inteligente por mi parte hacer grandes aspavientos ni rasgarme las vestiduras en un país sumido en una profunda crisis económica y que a golpe de déficit está descubriendo la necesidad de iniciar una segunda transición que desenrede el entuerto del «café para todos», un país que no es capaz de ofrecer trabajo a más de cuatro millones de ciudadanos y con muchos sectores de la economía sufriendo por su subsistencia, aunque los numerosos recortes que las farmacias vienen soportando estos últimos años, a los que ahora se añaden las dificultades en el cobro de la factura de medicamentos financiados por el SNS en diversas comunidades autónomas, son realmente dolorosos para los farmacéuticos y el dolor que más se siente es el que sufre uno mismo.

En este país más del 85% de los medicamentos que se utilizan están pagados por los presupuestos públicos, por lo que las farmacias sufren los efectos de la crisis –además del retraimiento del consumo en general– por los reiterados recortes, tanto los que afectan al precio, como los que lo hacen sobre el margen, así como por la puesta en marcha de políticas de prescripción enfocadas a la elección del medicamento con precio inferior. Con estas premisas es fácil prever que el camino que nos queda por delante transcurre por una cuesta pesada y exigente, por lo que tampoco nos conviene menospreciar esta situación si no queremos ser tildados, con razón, de tener una actitud manifiestamente ilusa. El sector farmacéutico hace más de cinco años que está inmerso en este escenario y las últimas novedades acaecidas este mes de agosto confirman que no va a existir una salida rápida del túnel.

Es preciso señalar que la gran preocupación y descontento del sector por esta presión reiterada se han visto agravados en el último trimestre por los incumplimientos de los plazos de pago que muchas farmacias de distintas comunidades autónomas están sufriendo. Solo cabe calificar estos incumplimientos de irresponsabilidades políticas de los encargados de gestionar las cuentas públicas (los impuestos de todos), que además, en un sector de empresas pequeñas como el de las farmacias, pueden tener efectos irreparables.

Una vez descrita la situación, y para no caer en la tentación de un desmesurado afán de protagonismo que puede provocar rechazo social por un exceso de victimismo, es importante insistir en la necesidad de que la nueva situación económica que se está dibujando y desgraciadamente consolidando genere nuevos planteamientos políticos que permitan al sector afrontar una situación que está ahogando a la red sanitaria farmacéutica que presta un servicio altamente valorado por la ciudadanía, y que a la vez constituye un sector empresarial de pequeñas empresas privadas que genera ocupación y que ha permitido externalizar eficientemente un servicio público como es la dispensación de medicamentos.

La situación actual no es compatible con la limitación impuesta de la capacidad de negociación de las farmacias de sus condiciones de compra de medicamentos, y menos aún si se impone la prescripción por principio activo, ni lo es con las restricciones excesivas de las posibilidades de rentabilización de los establecimientos de farmacia, ni con ordenaciones que favorezcan un minifundismo sin sentido y que limiten las posibilidades de incentivar farmacias más eficientes y competitivas. Es imprescindible encontrar vías que permitan mantener una calidad de servicio como la actual y que ofrezcan salidas a la viabilidad del sector más allá de la mera subvención, que solo puede ser un parche circunstancial.

No deberíamos caer en un pecado de omisión y hemos de ponernos manos a la obra si no queremos que la penitencia nos la impongan los dioses que viven en el nuevo Olimpo de los mercados, que ya sabemos como las gastan.

Creo que el momento también es oportuno para aprovechar este espacio de la revista para manifestar dos preocupaciones que van más allá de las propias y exclusivas de las de las farmacias.

Es preocupante observar como los anuncios de medidas reiteradas sobre los medicamentos trasladan a la ciudadanía la idea de que los medicamentos son una mercancía de la que solo es importante el precio. Los responsables políticos no deberían perder de vista que los medicamentos son un potente instrumento terapéutico que debe ser valorado primordialmente por su eficacia a la hora de curar o paliar enfermedades y que a su alrededor se genera una energía, industrial, investigadora, y emprendedora que es parte importante de la generación de riqueza del país. Buscar fórmulas que puedan medir esta eficacia y cómo incentivarla debería ser uno de los temas fundamentales del imprescindible debate sobre la financiación pública de medicamentos. Establecer una financiación selectiva de medicamentos mediante sistemas de copago basados en valoraciones objetivas realizadas por agencias independientes sería un sistema capaz de frenar tanto la oferta como la demanda de las opciones terapéuticas menos efectivas.

Otro de los mensajes que generan confusión es asimilar el importe de la factura de los medicamentos con fondos públicos con el coste del servicio farmacéutico concertado y que este es muy caro.

La realidad es que el modelo de prestación farmacéutica en España se basa en un contrato entre el SNS con las 22.000 farmacias españolas y que estas reciben por el servicio aproximadamente el 22% del importe de la factura pública que, a su vez, representa más del 80% de su facturación total. Las farmacias son pequeñas empresas privadas que contratan de media a tres personas, que realizan labores profesionales asociadas a la dispensación y al asesoramiento del uso de los medicamentos y sus propietarios gestionan el mantenimiento de los establecimientos, la logística del medicamento.

Sin tener claros estos conceptos y sin resolver el origen de todos los males que es la insuficiente dotación presupuestaria para el catálogo de servicios sanitarios ofrecidos, solo podemos esperar cataplasmas que aparte de ineficientes tienen graves efectos secundarios.


lunes, 5 de septiembre de 2011

Presentación

Estoy a punto de abrir la puerta de hierro y cristal del portal de casa. Está cayendo un intenso chaparrón, pero el cielo está abierto sobre el Tibidabo. Faltan cinco minutos para las ocho y, como no trabajo los sábados a partir de la verbena de sant Joan, me he vestido con unas bermudas azules con ocho bolsillos, una camiseta de algodón ligero y viejo que lleva estampado un tipo sesteando en una hamaca y unas brasileñas en los pies. Por un momento, tengo la tentación de subir a cambiarme de vestimenta; el motivo de mis reparos son la lluvia y el encuentro con Matías Peñafiel Puertollano.

No voy a subir a cambiarme. No voy a hacerlo a causa de la meteorología, porque estoy convencido que al salir del bar, después del encuentro con Matías, lucirá el sol y tampoco creo que a Matías le incomode mi vestimenta si me atengo a su forma de vestir habitual, al menos su forma de vestir a las horas que yo le veo desde mi ventana. No creo que fuese coherente que se sorprendiese ni que le importe la mía. Me arriesgaré. Intento caminar rápido los cincuenta metros hasta el bar, aunque con las chanclas no conviene acelerar el ritmo cuando el suelo está resbaladizo como esta mañana. En la entrada aún no está el enorme schnauzer negro. ¿Saldrá Matías a pasear con su perro los días de lluvia?

No hay muchos clientes en el bar a esa hora de un sábado del mes de julio. Me dirijo a la mesa situada en una esquina alejada de la barra del bar, cerca de una ventana por la que se puede ver a los clientes que entran en la panadería del barrio. Es la primera vez que espero a alguien así, me imagino que la situación es parecida a las citas a ciegas concertadas por Internet. No tengo mucha costumbre en eso de las citas, ni en las clásicas, las de toda la vida. Ya ha dejado de llover y me tienta la posibilidad de levantarme. No sé si fue una buena idea este encuentro. Pero el arrepentimiento incipiente no puede crecer, la presencia del perro de Matías en la puerta del bar lo frena de golpe. Ya está aquí.

– Un buen chaparrón de verano.

– Ha durado muy poco.

– Pero ha servido para refrescar. Es una de esas mañanas en las que todo parece mejor. Yo voy a pedir la tortilla a la francesa y pan con tomate de los sábados y un cortado. ¿Y usted?

– ¿Es buena la tortilla que sirven aquí?

– La mejor. En su punto de sal y jugosa por dentro. La hacen con cariño.

– Pues, lo mismo.

– Nuestra manera de conocernos ha sido bastante peculiar.

– Cinematográfica ¿No cree?

– Sí, no estoy acostumbrado a estas situaciones, pero tengo el presentimiento de que vamos a tener una conversación interesante. No sé si mi optimismo está provocado por una mañana como la que disfrutamos hoy. De cualquier manera, y para entrar en materia antes de que lleguen las tortillas, por lo que he podido leer ustedes ya están notando los efectos de esta crisis, también.

– Las farmacias somos lentas, ni seguimos el ritmo de las burbujas ni pinchamos como los globos, pero no somos ajenas al entorno, y ahora el entorno económico es muy hostil para cualquier sector. Porque el sector sanitario también es parte de la economía, ¿no cree? Ayer me comentó que se dedicaba a la consultoría, ¿no?

– Soy socio de una consultora especializada en el sector sanitario. Unos de mis clientes principales son quien les vende a ustedes y quien les paga. La industria farmacéutica y las administraciones sanitarias.

– Ya puestos… ¿le parece que nos tuteemos, Matías?

– Me parece lógico, y más ahora que vamos a compartir un desayuno de tortillas.

El rito del desayuno de tortilla sabatino es, para mi compañero de mesa, algo casi íntimo. Compartir esta mesa para él ya es una aceptación implícita del tuteo. Su vista se dirige hacia el camarero, que se acerca con la bandeja llena a rebosar con las dos tortillas de forma perfecta, franqueadas por tres rebanadas de baguette crujiente bien untadas de tomate, sembradas de los granos de sal justos y regadas de aceite de olivas arbequinas. Los cortados humean como a mí me gusta y tienen ese aspecto espumoso tan difícil de conseguir en casa. Empezamos bien.

– Nuestras lamentaciones están fundamentadas y la preocupación crece por momentos en el sector. Las previsiones más objetivas apuntan a una factura pública de medicamentos un 10% inferior a la del año pasado y a un estancamiento, en el mejor de los casos, del mercado privado. La farmacia va a decrecer en facturación alrededor de un 8%. Quiero ser optimista.

– Otros sectores están soportando ajustes mucho más drásticos. Pero es cierto que cada uno siente lo suyo. Es normal la queja y la preocupación. Intuyo que tu sector tiene una características muy especiales, por su dimensión, su heterogeneidad, su organización y su entorno regulado. Hacer un análisis objetivo de la situación no es sencillo. ¿Tenéis una buena fotografía? O, mejor aún, ¿ya habéis ido al radiólogo, para que os diagnostiquen si se trata de un esguince o de una fractura lo que os provoca ese dolor?

Me lo dice con una cierta ironía de buen vendedor mientras se acerca un pedazo de tortilla jugosa sobre media rebanada de pan con tomate.

Cualquier decisión estratégica debe estar basada en un buen diagnóstico. Las quejas y preocupaciones son síntomas de que algo huele a quemado, pero ya sabes lo de la rana.

– He tenido que oír comparaciones de los farmacéuticos con casi todo –incluso con los esturiones– pero no caigo en el parecido con las ranas.

Realmente la tortilla está en su punto.

– No se trata de una comparación. Se trata de ese cuento en el que una rana acaba cociéndose en el agua de una cacerola que va calentándose a fuego lento, pero ella no se da cuenta del peligro. Se va adaptando a la temperatura hasta su muerte en una sopa de rana. No se trata de un cuento especial para farmacéuticos, es un peligro común. Yo te aconsejo una buena revisión para tener un diagnóstico fiable, que vaya más allá de la intuición.

Matías sabe comer y vender. Me cae bien.

Continuará…

miércoles, 20 de julio de 2011

Conversaciones con Matías Peñafiel Puertollano


Siempre escribo en un ordenador portátil HP. Ya es un modelo un poco antiguo, pero no necesito más, en realidad me sobra y ya le tengo tomada la medida. Le he cogido un cierto cariño. El sonido tenue, muy tenue, al apretar las teclas es un sonido familiar e incluso los fallos del espaciador me gustan. Son esos pequeños defectos que me hacen sentir cómodo, como en casa. En casa, en mi rincón, mirando la calle, sin prisas, sin zapatos, me gusta escribir cómodo. Sólo me incomoda el rectángulo blanco dibujado en la pantalla de quince pulgadas.

Matías Peñafiel Puertollano pasea su perro cada mañana, entre las ocho menos cuarto y las ocho, a la hora que el camión de la basura está estacionado en la esquina vaciando el contenedor de cristal y el de plástico, aparece puntualmente, mientras estoy escribiendo frente a la ventana. Primero aparece su perro schnauzer gigante. Negro, con el pelo grueso. Luego, después de tres metros de correa azul y roja, aparece Matías.

Tiene un andar distraído. Confía tanto en su perro que no se le ve preocupado por nada. Su perro grande le abre el camino, cada mañana, se deja llevar por su compañero, que le guía con seguridad por su particular senda que recorre el barrio. En invierno viste un abrigo verde, zapatos de cordones con suela de goma y pantalones de franela gris perla, de esos que se ajustan a los tobillos. A partir del mes de mayo, pasea vestido con una camiseta de algodón holgada que disimula su tripa, unas bermudas que según el día son azul marino o verde oscuro y unas sandalias de esas que se utilizan para trekking.

Nunca le he visto andar acompañado por alguien que no sea su perro, por lo que me imagino que debe de vivir solo, aunque no puedo asegurarlo. No sé donde vive. Sólo sé que toma el café en el bar situado unos metros después de la esquina, mientras su perro le espera en el exterior.

Sé como se llama porque un día de esos en los que aprovechaba su paseo para tirar la bolsa de papel para reciclar y yo también me dirigía al contenedor azul, pude leer su nombre completo en un pedazo de sobre de una entidad bancaria que cayó fuera del orificio del contenedor. El pedazo de papel no pudo superar la barrera de lamas de plástico negras que obligan a presionar con una cierta decisión el papel destinado al reciclaje, cayó al suelo sin que Matías se diera cuenta y no resistí la tentación de leer y memorizar el nombre que había en la etiqueta adhesiva y así poder adjudicar nombre al personaje. Leí su nombre y apellidos y después introduje su pedazo de papel indiscreto en el contenedor junto con mi paquete de papeles de periódico, cartas comerciales, folletos publicitarios, catálogos de subastas, correos electrónicos impresos.

Hoy, a la hora del paseo de Matías, yo también me dirijo hacia la esquina acarreando tres bolsas de residuos. Primero me deshago de la de residuos orgánicos, después la de plástico y finalmente la de papeles.

– Sr. Pla, le ha caído una carta. No es bueno dejar su nombre y dirección en el suelo.

Con sorpresa y un cierto sobresalto, me giro hacia el foco del que surge una voz gruesa. No conozco la voz masculina que me interpela. Allí, detrás de mí, está Matías con su enorme perro negro, esperando su turno para deshacerse de sus papeles. ¿Habrá tenido tiempo de leer mi nombre en el papel rebelde?

– ¿Nos conocemos?

Aunque sepa su nombre y él el mío, no tengo por costumbre empezar conversaciones con desconocidos, de esta manera. Siempre he creído que las situaciones tan rocambolescas como la que estoy viviendo sólo suceden en las películas, pero ahora yo soy protagonista de una escena que podría ser perfectamente el fruto de la imaginación de un hábil director que pretende contar una historia y que necesita atrapar al espectador.

– He leído algunos artículos suyos en el periódico, le he escuchado en la radio y le sigo, de vez en cuando, en ese blog en el que cuelga los artículos en la revista El Farmacéutico. No sabía que vivía en el barrio.

– ¿Es usted farmacéutico?

– No soy de su gremio. Estudié medicina y desde hace veinte años me dedico a la consultoría especializada en temas sanitarios. Necesito estar informado de lo que sucede y de lo que se cuece en todo el sector.

– Encantado de conocerle señor Peñafiel.

– ¿Me conoce porque ha leído alguno de mis estudios sobre el sector sanitario?

Un fogonazo de sorpresa se asoma en la expresión de su cara. Su pregunta demuestra que es una persona educada e inteligente, y esa condición es la razón por la que no me pregunta a bocajarro: ¿Cómo sabe mi nombre?

Dudo unos instantes entre contar la verdad, mentir descaradamente y contarle que he leído sus estudios o inventar alguna historia más increíble aún que la situación que estamos viviendo, lo que acentuaría el surrealismo de la escena.

No voy a contarle lo de la carta extraviada porque creería que soy un fisgón. No puedo arriesgarme sobre sus estudios y quedar como un mentiroso. No me queda otra alternativa que inventar alguna historia. Voy a intentar que sea lo más creíble posible.

– Le veo pasear cada mañana desde mi ventana con su magnífico perro. La verdad es que me he imaginado muchos nombres, muchas profesiones y muchas vidas. Hace unas semanas entré en el bar y me crucé con su perro que estaba esperándole pacientemente en la puerta. El camarero –que está enamorado de su perro– había observado cómo lo miraba y me saludó con un expresivo: «¡Es majestuoso! El perro del señor Matías Peñafiel Puertollano siempre se espera aquí mientras su amo toma café en la mesa del rincón». Así supe su nombre.

La historia me parece suficientemente creíble.

– Parece un guión de esas películas en las que toda una historia nace de una casualidad. ¿No cree? Ahora tengo un poco de prisa, pero mañana podríamos quedar en el bar, tomarnos un café y conversamos un poco sobre su sector. A mí, me parece una buena oportunidad con un inicio esperanzador.

Realmente Matías es un señor educado. Parece un buen tipo.

– De acuerdo. Mañana a las ocho.

Continuará…mañana a las ocho.

lunes, 11 de julio de 2011

Policleto

Tengo la sensación de no tener casi nada que contar. Soy una piedra. Una sensación parecida a la que deben de tener, si se acercan a mí, los que esperan que les cuente algo, hoy soy más pétreo. Me siento como una escultura de esas que los antiguos artesanos acadios y jonios importaron desde Egipto a la Grecia hierática de los primeros tiempos. Nos las trajeron, a nuestra cuna, desde el país misterioso de las pirámides de Gizeh y las gigantescas esculturas del valle de los muertos donde aprendieron a encontrar el orden oculto dentro de las piedras. Quieto, callado, con la aspiración del orden eterno como único objetivo. ¿Desapareció esa civilización que aspiraba a dominar la muerte porque no pudo acabar dominando la confusión y la incertidumbre en la que estamos inmersos desde que nos expulsaron del paraíso?

¿Es soberbia sentirse así? ¿O la soberbia es pensar que es soberbia lo que sencillamente es vacío; un vacío como el del desierto africano, ese que te empapa por todas partes y te acaba enmudeciendo? ¿Es respeto y admiración por esa nada majestuosa que nadie debería osar violar? ¿O es realmente miedo a que allí, en el desierto, las palabras fácilmente pueden ser sólo ruido, ruido y nada más?

Aún no he podido averiguar la razón última por la que tengo días en los que no tengo nada que decir y en los que, si pudiera, no movería ningún músculo, en esos días solo me esfuerzo en mantener la sonrisa hierática del Kurós del Asclepeion de Paros, nada más. En esos días no me apetece escribir, ni pasear, ni leer, ni hablar, solo ver y oír. Ser un espectador de la vida y verla pasar, sin el ansia que comporta vivirla

Esos días no están ni en mi memoria, son paréntesis vacíos, silencios en un discurso, a veces caótico, que en esos días suena como un eco débil que me hace sonreír como al joven griego de piedra. Frío, sin la quemazón del sufrimiento, del dolor y del amor.

Ya en mis recuerdos más antiguos encuentro esa admiración por las figuras arcaicas, ¿Ya estaba entonces, escondida en mi alma, mi querencia por mi silencio, ya germinaba entonces, el miedo a no encontrar respuesta en el ruido que me envolvía y que aún hoy continúa rodeándome, más allá de mi figura hierática?

De esos días me quedan recuerdos que se confunden con los sueños más profundos, recuerdo el respeto, la envidia, el placer que sentí la soleada mañana que descubrí las pinturas románicas visitando la Vall de Boí. Los colores planos y brillantes de la imagen del Pantocrátor de Sant Climent Taüll dentro de la mandorla, con esos ojos grandes, inmóviles, mirando severamente a los míos, me hipnotizaron. Delante de esa imagen envuelta en un majestuoso manto azul con la mano derecha levantada con dos dedos apuntando hacia el cielo, me sentí petrificado, de una forma similar a la sensación de aislamiento que hoy siento. Concentrado exclusivamente en oír y ver pasar la vida.

Van pasando los días y no tengo respuesta clara a las preguntas que me he ido haciendo todos estos años. No he encontrado la sabiduría que se precisa para saber responderlas, pero tampoco he sido capaz de evitarlas. Debo esmerarme en encontrarlas antes de que la sonrisa también se vaya. Por ahora tengo que conformarme con saber que los paréntesis siempre acaban cerrándose y el silencio acaba rompiéndose por la música de las campanas.

Algo de todo eso sucedió en Grecia hace dos mil quinientos años. Un escultor griego de la escuela de Argos que conocía los secretos del bronce, un maestro contemporáneo de Fidias y Mirón se propuso romper la rigidez de los cuerpos de piedra arcaicos. El Kanon de Policleto marcó las pautas de la belleza de los cuerpos atléticos y los dotó de movimiento, ya no eran cuerpos aislados y fríos. Su Diadúmeno poniéndose la diadema del triunfo y su Doríforo en el que se manifiesta el contrapposto esplendorosamente, mediante la oposición armónica de las distintas partes del cuerpo, lo que le proporciona movimiento rompiendo la arcaica frontalidad, son esculturas que además de estar en su mundo, se relacionan con el mundo de los demás.

Puede parecer que Policleto quería romper algo con su búsqueda de la armonía escondida en las proporciones, pero no fue así; esos bellos cuerpos de atletas de mármol que nos hablan, conservan en su interior la fuerza de la sonrisa del Kurós. La esencia de la Grecia antigua, ese orden desenterrado de las arenas del desierto está en el corazón de las obras de Policleto. Policleto quiso que se relacionaran con el mundo para que fueran capaces de comprenderlo.

Intento aprender de Policleto. Su escultura nos enseña que no nos conviene vivir aislados del mundo, pero que la esencia, nuestro ADN, debe mantenerse. Policleto logró ese equilibrio y esa es la razón por la que la obra de un griego de Argos aún me emociona. En esa línea estrecha entre los principios y la adaptabilidad al entorno, entre el core business y el oportunismo de la oferta –pido disculpas por introducir esos términos tan de nuestros días en un artículo tan clásico, pero no quiero dar la sensación de antiguo con tanta Grecia clásica– está el secreto de los que perduran.

¡Ya esta! Me voy al Twitter, para estar conectado con lo que sucede en el mundo, voy a seguir los tweets sobre lo que está sucediendo en el #2CBs que se celebra en Madrid, me voy a apuntar a un seminario de comercio en la web y a un máster en gestión moderna de la farmacia y a todo lo que me parezca actual, intentaré estar conectado con las últimas tendencias, voy a estar atento a lo que se cuece en este mundo global, lo tengo claro.


(Creo que todo eso se va a quedar en palabras sencillamente útiles para este artículo)

Seguramente mucho más claro que saber mantener vivo el alma de la profesión, ese núcleo duro, eso que se esconde en las esculturas sonrientes de la Grecia arcaica, eso que transmite la mirada del Pantocrátor de Sant Climent de Taüll.

jueves, 23 de junio de 2011

Nuestros viejos

Nunca me han gustado los viejos, me incomoda la falta de hipocresía de sus arrugas. Son luces indicadoras de alarma. Son anuncios permanentes de los efectos nocivos del tiempo. Son tan reales que impiden cualquier posibilidad de olvidar el futuro. Cada vez me gusto menos, la vejez que cada vez siento más cerca y que veo instalada en los viejos es como el cilicio del tiempo. Hacerse viejo es como llevar un reloj en el que las manecillas se te clavan en los ojos. Una tortura de la que no puedes, ni quieres librarte.

Me acerco inexorablemente a un pantano oscuro del que no voy a salir y en él me va a costar ver el sol, un pantano en el que reinan las sombras de los recuerdos. El agua me parece más fría, los perfiles más difusos, las palabras más esquivas, las distancias más largas, las noches más cortas, la piel y los besos más secos. El tiempo me va carcomiendo poco a poco como la humedad salada de Barcelona se come las piedras de Santa María del Mar. El bullicio de los ruidosos visitantes del barrio del Born ilumina las calles antiguas, pero no puede silenciar el repicar pesado de los días húmedos cargados de salitre. La catedral gótica también envejece, mucho más lentamente que yo; posiblemente porque está más cerca de la eternidad que yo, pero no lo suficiente para evitar la lenta decadencia de las piedras. Algunos grandes hombres, santos o no, descansan entre sus piedras –¿es un vano intento de lograr la eternidad?–, pero lo cierto es que sus huesos van desmoronándose lentamente y su polvo se difumina entre el humo de las velas que tizna poco a poco las altas bóvedas góticas. Todo envejece con un ritmo propio, pero sin pausa.

He perdido muchas mañanas de clase entre las callejuelas del barrio de la Ribera, paseando por los rincones perfumados por el orín de gato y con las sábanas tendidas –a modo de parasol– cubriendo la pequeña porción de cielo en la que buscan el sol y el aire para purificarse del rastro de las noches. Perdía esas mañanas y no sufría por ese tiempo pasado durante el que yo no tenía otro objetivo que disfrutar de su paso, no me daba cuenta aún del rastro que va dejando cada segundo, no me importaba. Vivir sin tener presente el futuro es un placer reservado a los jóvenes. Ahora ya sé que no es cierto que no exista el futuro, ahora me doy cuenta que lo que hay entre el presente y el futuro, eso que no tiene nombre, ese viaje sin calendario, existe. Es un demonio escondido que aparece en nuestros sueños cuando envejecemos. El futuro está allí, y el demonio siempre nos acaba indicando el camino para encontrarlo.

¿Voy a aprender a ser viejo? Aún me lo pregunto a veces, aunque sé que es una pregunta sin sentido. No existe manual para saber envejecer. Te hacen viejo las incesantes punzadas del tiempo, sin remedio, sin ningún asidero en el que sujetarte, te vas deslizando en un tobogán más empinado a medida que vas cayendo, cada vez más rápido.

¿Encontraré algún consuelo? No existe ningún consuelo en ese camino en el que vivimos. Sólo podemos ahorrarnos la desesperación si no estamos solos, porque el consuelo está en la compañía de los otros.

No me gustan los viejos porque me da miedo envejecer y me veo reflejado en sus cuerpos, pero soy farmacéutico y cada día estoy cerca de ellos, son mis principales pacientes, los que necesitan más a menudo de mis conocimientos y de mi compañía. Sus ojos secos, sus úlceras, sus venas frágiles, sus corazones cansados, su frágil memoria, sus huesos doloridos son como lanzas que me hieren cada día, no puedo evitarlos. Sin embargo, también es cierto que su agradecimiento es sincero y me lo trasladan en sus palabras y en sus gestos, les gusta que esté cerca de ellos, en el barrio. Un agradecimiento que a menudo me encoje. ¡Puedo darles tan poco! No voy a conseguir ralentizar ni su reloj ni tampoco el mío, lo único que puedo hacer es hacer bien mi trabajo y escuchar lo que me cuentan, no tener demasiada prisa con ellos es lo que me piden. Perder un poco de mi tiempo, de ése que ahora ya no es el tiempo gratis de mis juveniles mañanas perdidas, es esa compañía la que les aleja un poco del pozo de la desesperanza.

He ido preparando el artículo poco a poco para poder hablar de la prestación farmacéutica a los pacientes crónicos polimedicados, esos que estratégicamente debemos esforzarnos en mantener, esos que deberían ser una de nuestras prioridades, nuestros viejos. ¿Quiénes serán nuestros clientes si las farmacias dejamos de ser referentes en su atención sanitaria?

Podría escribir sobre las proyecciones alcistas de este segmento del mercado que lo hacen muy atractivo y del peligro que puede suponer que otros actores tomen protagonismo en este mercado, pero no lo voy a hacer. No lo voy a hacer porque estoy hablando de algo más cercano, más real; algo de mi piel y de mi cuerpo. Los viejos son nuestros viejos y aunque sea por el egoísmo de saber que cada vez su vejez será más la nuestra no podemos olvidarlos. Me conviene que los viejos me gusten cada día más, que sea más paciente con ellos, que encuentre el tono de voz adecuado para su dureza de oído, tengo que darme prisa aunque sólo sea para aprender a envejecer.

Buenos días. ¡Cuántos días sin verte! Suerte que tienes un personal maravilloso. ¿Ya no te gusta estar tras el mostrador, ahora que sales en la tele y escribes en los periódicos?

–Hola María, no me critiques tanto, ahora tengo mucho trajín y estoy menos en la farmacia, pero Pep y Silvia os cuidan mucho, lo sé.

–Ahora te dedicas a cosas importantes, pero a mi me gustaba más antes.

–En eso estaba pensando cuando has entrado, en las cosas importantes.