martes, 10 de febrero de 2009

La importancia de llamarse Silvestra


No sabía que en Francia elaboraban vodka. Ya son las tres de la mañana y el bar aún está repleto. Mis amigos han acabado su gin tonic preparado con Hendrick’s, la ginebra de Girvan, con su correspondiente rodaja de pepino que brilla, como un sol verde, sumergida en la transparencia burbujeante de la tónica entre el hielo. Es una bebida estética, siempre y cuando el barman sea un buen profesional y la coloque en una copa redonda, donde resalta su frescura con todo esplendor. Es como una fiesta de jóvenes bulliciosos en un jardín con césped, en una mañana de primavera. Yo me he tenido que conformar con un vodka francés que me ha recomendado el camarero y que me ha parecido mejor que el finlandés que he pedido en la primera ronda. Me he tenido que conformar estoicamente con la espartana bebida porque el bar no dispone de tónica light y mi hemoglobina glucosilada se rebela si la tónica no está edulcorada con aspartamo.

Hoy estamos contentos, somos tres farmacéuticos que celebramos que un tal Bot, un señor abogado influyente en la Comisión Europea, parece que ha sido sensible a las razones que machaconamente los farmacéuticos le hemos ido contando desde hace dos años. Nos reunimos con regularidad el primer y el tercer viernes de cada mes en este clásico de la vida nocturna barcelonesa situado en un chaflán del Ensanche –«una cantonada de l’Eixample esquerra», para entendernos– y dos veces al año cenamos en el restaurante semioculto que tiene en la trastienda.

Los últimos encuentros no habían sido tan optimistas como el que hoy hemos disfrutado. Parece que, después de algunos meses de incertidumbre, el horizonte se va despejando y nuestros planes de reforma de las farmacias tienen más visos de concretarse. Lo que decida el señor Bot y sus colegas nos afectará, por lo que la incertidumbre ha reinado en nuestras últimas fiestas nocturnas.

El sábado se ha levantado con dolor de cabeza. Encapotado, plúmbeo. Gotas frías se entretejen en un tapiz húmedo, que te penetra insidiosamente por cualquier resquicio de la gabardina, para construir un decorado poco adecuado para mi optimismo. Me he levantado con suficiente tiempo para llegar con tiempo al bar Neutral. Podré leer el periódico mientras desayuno el bocadillo de tortilla a la francesa que Jordi prepara en su punto justo. Lo sorprendente del caso es que ya hace quince años que desayuno los sábados allí, y la tortilla siempre está en el punto justo, ese que te permite saborear el huevo cocido por fuera y jugoso por dentro. Es sorprendente que en el barrio casi todo ha cambiado excepto la tortilla de Jordi. Pocas cosas duran tanto como quince años. Una vez más, la tortilla inventada por los mismos que elaboran el vodka de ayer por la noche estaba en su punto justo.

Mientras abro la reja de la farmacia pienso que la próxima la instalaré automática, la actual es más cómoda de abrir que la vieja reja enrollable, pero aún se puede mejorar. Pongo en marcha el ordenador, que ya necesita una adecuación a las necesidades que implicará la receta electrónica, enciendo las luces que debo cambiar por otras de bajo consumo y que aporten más brillo a los productos expuestos y, por último, inauguro la jornada laboral encendiendo la cruz, lo único que no deberé cambiar puesto que el Ayuntamiento me ha obligado a cambiarla para adecuarla a las ordenanzas municipales. Me gustaba más la que tenía antes porque me la había diseñado expresamente mi hermana, que se dedica a eso del diseño, pero los funcionarios municipales no atienden a razones estéticas, ni mucho menos sentimentales ¡Qué le vamos a hacer!

Saco el proyecto de reforma de la farmacia de la carpeta amarilla y repaso los recorridos comerciales que los especialistas han diseñado para aumentar la rentabilidad del espacio del que dispongo. Si levanto la vista puedo observar la puerta y contemplar el día, que continúa triste.

Me levanto, porque Silvestra Ubach casi no puede con la puerta, demasiado pesada para ella. Llego justo a tiempo para acabar de facilitarle la entrada. Con el bastón aún le cuesta más abrir la puerta de cristal. Quizás el cristal semiblindado es demasiado pesado para Silvestra, con sus noventa y cuatro años a cuestas.

Es primero de mes y viene a por sus cremas. Un mes más, a por sus cremas de las que no sabe el nombre. No necesita saberlo porque yo ya me acuerdo por ella. Silvestra ya era cliente de mi madre, ella continúa viniendo cada mes, en estos quince años ha perdido a su marido y a un hijo. Le ha quedado grabada una tristeza honda, una tristeza perpleja. Durante el mes vendrá una vez más con sus recetas de paciente crónico. Su cadera le fastidia, pero el traumatólogo no ve necesario ponerle una nueva, una de esas de titanio.

Le doy sus dos cremitas y me reclama –¡cómo no!– algún regalito; ella sabe que es una buena clienta y yo también lo sé.

Cuando perdió a su hijo, pasó unos meses muy triste, una tristeza que le ha dejado una cicatriz eterna. ¡No sé por qué he tenido que vivir tantos años, para tener que perder a mi hijo!, me decía. En esos meses, cuando venía se quedaba unos minutos más, hablábamos un ratito y la acompañaba hasta la puerta para abrirle la puerta pesada y para pasarle la mano por los hombros. No sé, creo que a ella le gustaba.

El señor Bot no conoce a Silvestra, ni yo iría a contarle a ese funcionario europeo que no liberalice la farmacia porque Silvestra podría quedarse sin su farmacéutico de barrio. Me parecería una insensatez por mi parte. Silvestra quiere que esté allí cuando necesita sus recetas y cuando quiere sus cremas, no sabe nada del señor Bot; lo que quiere es que su farmacéutico la cuide, la escuche y la aconseje. Y quiere los regalitos cuando me compra las cremas. No puedo fallarle a Silvestra.

La diferencia entre el Sr. Bot y Silvestra es que lo que diga el abogado me afecta y lo que necesita Silvestra me importa.

lunes, 26 de enero de 2009

El olor del dinero


Se lo debía. No era justo que me negara otra vez a ir de compras. Me he esforzado para poder superar la aversión que me produce el roce con ese mar de lava multicolor y murmurante de los paseantes en busca de alguna cosa en que gastar el dinero. Nunca me han gustado las ceremonias y tengo la sensación de estar en una enorme ceremonia de reparto de premios al mejor comprador sabatino, formo parte, sin quererlo, de una fila ordenada que lentamente se acerca al premio deseado. Tengo la tentación de sentarme en el último banco, de esconderme en el que siempre está vacío y observar callado el espectáculo. Me gustaría convertirme en un observador lejano, sólo en eso. Pero se lo debo. Intento observar el paisaje sin tener que participar demasiado de él. Así me siento mejor. Me siento, es cierto, navegando por ese caudal magmático, sin participar de él. Una sensación, por otra parte, absurda y presuntuosa, ya que seguramente, mientras yo me siento fuera de ese río, algún otro me ve a mí como una pieza más de esa fila ordenada y dirigida.

En las orillas, las tiendas son reclamos fosforescentes. Una al lado de la otra. Cada una mantiene una lucha feroz con las vecinas para captar la atención de alguno de nosotros. Yo resisto bien las embestidas de los neones intermitentes y de los colores brillantes, incluso de la música que surge de alguna de ellas. No sé como alguien puede aguantar los decibelios que inundan el interior de una tienda que asegura tener el calzado indicado para cada pie. Me duelen un poco los míos, pero el martirio que supondría entrar en ese garito de ruido infernal es una barrera infranqueable. Un enjambre de jóvenes inmunes al ruido, que están vigilados por jóvenes vestidos a rayas negras y blancas, han osado entrar y chocan caóticamente entre ellos mientras buscan y rebuscan el calzado ideal para sus pies. Al menos, eso creen.

Nadie se para en el escaparate débilmente iluminado por una luz mortecina, parece una luz antigua, fuera del tiempo. Una vela en un festival. El local es de otro tiempo, decorado con muebles de madera oscura, el suelo es de un parqué lamido por el tiempo. Guarda el recuerdo de los pasos de muchos antiguos coleccionistas. Es una de las filatelias y numismáticas más antiguas de la ciudad. Tres sillones vacíos, forrados de cuero verde, esperan con nostalgia a algún cliente. Detrás del mostrador nadie espera a nadie.

Uno de los pocos clientes habituales de esa isla antigua que aún resiste el acoso del mar moderno es Rafael Bey. Cuando va de compras, abre la puerta que activa el timbre que avisa al veterano vendedor y toma asiento en el sillón más alejado de la puerta de entrada. Es químico y se ha especializado en restaurar billetes antiguos para colección. Es capaz de transformar un billete usado en uno que parezca acabado de salir de la imprenta. Con suma paciencia, consigue aportar ese apresto que tienen los billetes que aún no han sido usados. Son billetes planchados e inodoros. Han perdido la pátina que los cambios de mano en los que han sido protagonistas han dejado en su piel. Han perdido también el olor característico del dinero usado, el olor que, poco a poco, tantas manos han ido impregnando con su roce.

Rafael colecciona billetes, los restaura y los coloca en unas fundas de plástico transparente que permiten observarlos por ambas caras. En su colección tiene algunos ejemplares preciosos y valiosos, generalmente en el anverso se puede observar a algún personaje famoso del mundo de las artes o de la política y en el reverso alguna imagen alegórica. Son pequeñas obras de arte, creaciones que reflejan el virtuosismo de algún maestro grabador, pero están muertos, no huelen.

Los billetes de su colección carecen de ese rastro de ambiciones y de esfuerzos que impregna los billetes que corren de mano en mano. Los billetes que usamos cada día no son simples instrumentos para conseguir cosas y para hacer cosas, esos billetes vienen de alguna mano y van a alguna mano y esa historia también importa, y a veces importa mucho.

A menudo se tiene la sensación de que el mundo gira alrededor de uno –una sensación parecida a la que tengo cuando voy de compras–. Es una sensación peligrosa, porque lo que realmente pasa es que el mundo avanza, mientras uno continúa creyendo que todo está bajo control. Sin darte cuenta, alguien que crees un simple personaje de la película te ha usurpado el sitio en el patio de butacas. No se puede ser un simple observador, es peligroso si no quieres quedarte sin sitio. En la época que nos ha tocado vivir, a los farmacéuticos, nos debería importar la consolidación de los cimientos en los que se apoya un modelo de ejercicio profesional basado en la independencia, y saber que esta independencia no es algo gratuito, cuesta esfuerzo, necesita voluntad, cuesta dinero.

En el fondo, lo que en estos momentos se está dirimiendo en los despachos de Bruselas es si un modelo basado en esa independencia profesional y económica tiene futuro, o si sencillamente es un residuo de la historia. (No me gusta hacer demagogia, al menos en estos «planeandos», pero tiene narices que alguien se atreva a decidir sobre el rumbo de la historia sin sopesar la propia historia. ¡Pobre Europa si cae en manos de esos despachos!).

Es cierto que se han realizado estudios teóricos que aportan solidez a los argumentos de los que defendemos este futuro, que existe una labor de lobby intensa y estructurada, pero no es menos cierto que las decisiones de compra de cada uno de los farmacéuticos tienen una repercusión que va más allá del rendimiento inmediato que éstas le proporcionan.

No es coherente ni conveniente planificar una batalla por el mantenimiento de un modelo y olvidar todos los objetivos estratégicos cuando se trata de dinero, porque el dinero tiene olor. Sea perfume o tufillo.