jueves, 29 de noviembre de 2007

Gibatella


Gibatella ocupa el extremo sur de la planicie central del país, en la que muere dulcemente la sierra litoral, es el lugar donde vive Clara, mi amiga sensible a los neutrinos. Continúa siendo un escenario inmóvil para los gorriones, pero, cada vez con más frecuencia, suceden pequeños cambios que ponen en peligro el equilibrio establecido. La evolución de su urbanismo había seguido, hasta el presente siglo, un ritmo casi geológico. Sin embargo, esa sensación de estabilidad, cercana en algún momento a la angustia que provoca todo lo que está atado y bien atado, tenía los días contados. Las jóvenes generaciones deben acostumbrarse a marchas forzadas a que la fisonomía de Gibatella varíe con el frenesí de los decorados de una comedia de enredo.

A principios de siglo pasado, Gibatella era un pueblo organizado alrededor de la plaza presidida por el Ayuntamiento. La llegada de la carretera comarcal hirió, hace ya muchos años, esta organización. El tajo ya había cicatrizado completamente y la carretera es actualmente un elemento imprescindible para entender su personalidad. Incluso el eje comercial, históricamente ligado a la plaza del mercado, se había trasladado definitivamente a sus aledaños.

Esta cicatriz asfáltica se ha convertido en un rasgo característico de su imagen y un motor importante de su economía. Lo es tanto que el proyecto de una variante proyectada para alejar de su centro los inconvenientes del incremento de tránsito de vehículos provoca el rechazo frontal de los comerciantes, votantes mayoritariamente del partido conservador en el poder. Este rechazo es compartido por los movimientos conservacionistas de izquierdas, que consideran que la tala de árboles que conlleva la obra de construcción del nuevo vial no se compensa con la mejora de la calidad de vida de los habitantes de Gibatella. El resultado de esta extraña alianza es que las obras estén permanentemente en fase de proyecto. Una muestra más de que lo que me dijo aquel viejo militante era cierto: «En política se hacen extraños compañeros de cama».

Uno de esos sutiles cambios imperceptibles para los gorriones se produjo hace siete años cuando se abrió en las afueras, entre la zona residencial y el polígono industrial, un supermercado de una cadena propiedad de gente influyente en los círculos cercanos al poder. Una pequeña convulsión que, con el paso del tiempo, había modificado las costumbres establecidas. La persistente realidad de su presencia influía en los hábitos de compra de un segmento significativo de los vecinos y claramente deterioraba la economía de los pesos pesados del comercio del pueblo: las panaderías, las tiendas de electrodomésticos, las carnicerías y, en general, a los comerciantes que durante tantos años habían constituido la tupida red comercial que aprovisionaba de mercancías al pueblo.

Hace ya treinta años que Gibatella tiene dos farmacias. Suficiente tiempo ya para que sólo los más viejos las conozcan por «la de siempre» y «la nueva». Son, sencillamente, la farmacia de arriba y la de abajo.

David Nurda i Grabe y Joan Vorraí i Repià, los dos farmacéuticos del pueblo, observaban aquellos cambios con una cierta intranquilidad, pero desde la distancia que les proporcionaba su estatus de hombres de ciencia. Aquella sombra de incertidumbre era motivo frecuente de conversación entre compañeros de profesión, cuando coincidían a las cuatro de la tarde, tomando café en el bar de la plaza.

Sus conversaciones siempre mantienen un equilibrio perfecto entre la curiosidad disimulada, la complicidad gremial y el temor a la competencia. Nunca son un ejemplo de sinceridad, seguramente porque no deben serlo para que puedan encontrarse tomando café.

David es hijo de David Nurda i Robràs y de Teresa Grabe i Ledesmas, su padre era el anterior titular del establecimiento centenario, que ya antes regentaba el abuelo de David, el señor boticario David Nurda i Nogasc. Reconocido por la inmensa mayoría de la sociedad gibatellense como un gran hombre. Era fundador de las tertulias con el rector y el médico, en las que se dictaba criterio cuando surgían conflictos entre vecinos. Este ejercicio de autoridad moral se compaginaba perfectamente con las partidas de «butifarra» que compartían, casi a diario, con el amo del bar de la plaza, que suministraba el anís y el café de los carajillos. Casualmente, este contertulio era el abuelo del dueño actual del bar de la plaza, en el que ya no está permitido jugar a las cartas, vista la escasa rentabilidad de este tipo de clientes. La madre de David era gallega, hija de terratenientes. Los padres de David se conocieron durante el servicio militar del padre de David, en su estancia obligada en la marina de guerra en El Ferrol, por aquel entonces del Caudillo.

Joan es hijo de Joan Vorraí i Sosbans y de Pilar Repià i Martínez. Llegaron a Gibatella cuando él tenía diez años. El aterrizaje de la familia en Gibatella se produjo en el momento que pudieron abrir la farmacia, quince años después de acabar la carrera, amparados en una sentencia del Tribunal Supremo. Esta etapa de su vida les sirvió para proporcionarles un extenso conocimiento del derecho administrativo farmacéutico. Un verdadero laberinto para la inmensa mayoría de farmacéuticos y del que sólo son capaces de encontrar la salida los tenaces, los experimentados, los que tienen suerte o los que tienen tiempo y dinero para forzar hasta el límite la Ley. Los padres de Joan eran de los primeros, tenían una tenacidad a prueba de cualquier obstáculo.

Aquel pesado proceso, que les permitió acceder al negocio y al prestigio profesional y social, era un episodio olvidado, pero mantenía una brasa en lo más íntimo de la conciencia de Joan, justo en la frontera con su subconsciente, que provocaba un estado latente de alerta durante las conversaciones que mantenía con David mientras degustaban el café de la tarde.

La ubicación de cada farmacia determinaba de una manera principal las respectivas clientelas, aunque existían fidelidades construidas por matices casi indetectables en el trato y en los servicios que prestaban cada una de las dos farmacias. Joan apostaba más decididamente por una gestión eficiente de su espacio comercial como alternativa a la competencia de otros sectores interesados en el mercado de la salud y a la constante disminución de márgenes y de precios de los medicamentos, mientras que David veía con buenos ojos la intensificación de su papel asistencial, como estrategia de consolidación de su posición de profesional sanitario, diferenciándose de la función de distribuidor minorista de medicamentos.

Se acaba un día más en Gibatella, las luces se apagan. David y Joan apagan también las cruces intermitentes. Cuando paseen hacia sus casas, seguramente se cruzarán con Clara, que estará disfrutando de las luces celestiales. Gibatella está tranquilo, tiene un buen servicio farmacéutico, sin sobresaltos, como les gusta ver a los gorriones.

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