martes, 11 de diciembre de 2007

Incierto Heisenberg


Por la tarde, una telaraña envuelve la luz. Son las cuatro menos cuarto. Septiembre no había tenido aún ni un solo día espléndido. La pesadez del ambiente monótono no puede apagar del todo un esplendor que se intuye escondido en algún rincón.

David Nurda camina automáticamente. El automatismo del paseo le relaja de la tensión de sus cavilaciones, se dirige hacia a su farmacia. En el momento en que va a cruzar la plaza, cambia de acera. Prefiere no pasar por delante del bar, donde seguramente Joan Vorraí estará compartiendo un café con el carpintero, asiduo cliente de la barra del bar y del mostrador de su farmacia. Hoy se tomará el café en la rebotica, donde tiene una cafetera que utiliza a menudo las noches que se queda de guardia.

La plaza está ocupada por los viejos que viven en la residencia geriátrica. Como los girasoles, van buscando el abrazo tímido del sol, parece que quieran revivir aquellos abrazos que ahora son más difíciles de recibir.

Gibatella dispone de una residencia geriátrica de setenta y cinco camas que siempre están llenas. La lista de espera para poder ocupar alguna de ellas es larga. En algunos casos, eterna. Es un edificio funcional inaugurado hace tres años en la zona urbanizada alrededor del supermercado. Su arquitectura tiene un parecido sarcástico con los modernos tanatorios que van construyéndose en las inmediaciones de la corona de autovías que circunvala mi ciudad. El alcalde que gobernó en Gibatella durante dieciséis años inauguró la residencia dos meses antes de las últimas elecciones. Ya tenía decidido no volver a presentarse. Estuvo acompañado durante todo el evento por la concejala de Sanidad y Asuntos Sociales a la que había designado como su sucesora. La alcaldesa de Gibatella es una prueba fehaciente de que el método sucesorio no es incompatible con la democracia, del mismo modo que la residencia es una muestra más de que no sólo el urbanismo ha sufrido cambios en Gibatella.

El entramado complejo de relaciones interpersonales e intergeneracionales que constituye el esqueleto social de Gibatella ha sufrido más de una fractura, aquellos viejos acompañados de cuidadoras llegadas de otros mundos y con otras lenguas evidencian que el papel de los mayores ya no es el de los antiguos sabios de la tribu. La vida es distinta. En la plaza se respira la añoranza en cada esquina.

Nuevas costumbres, nuevas necesidades, nuevos negocios, como el baile de la vida y la muerte, como ha venido sucediendo siempre. Ahora, sin embargo, los cambios se apelotonan, del mismo modo que la cascada de noticias que nos llegan de todas las partes del planeta inunda con una inmediatez difícil de digerir la platea en la que estamos expectantes. Unos cambios que algunos no son capaces de ver, algunos no quieren ver, algunos querrían impedir, algunos quieren comprender y casi todos intentan, con éxito dispar, aprovechar.

Cuando la residencia se abrió, David ya intuyó el papel que el farmacéutico podía efectuar en un colectivo de personas con dos características especiales: estaban ingresados en un mismo centro y requerían un consumo importante de medicamentos que requería de un especial control. Le pareció una buena oportunidad para poner en práctica toda la teoría sobre la atención farmacéutica. Se puso en contacto con la dirección del centro y les propuso un acuerdo en el que se comprometía a preparar y controlar la medicación de las personas ingresadas. Sin embargo, las conversaciones no fructificaron debido a las diferencias de criterio sobre el precio de los medicamentos.

Sin duda, Joan Vorraí era mejor negociador que David, por lo que el suministro de medicamentos a la residencia ya es una parte significativa de la facturación de su farmacia. Logró un acuerdo beneficioso para ambas partes. David no estaba molesto con Joan. Conocía los mecanismos del sistema, aunque intuía que, en el sector en el que se desarrollaba su actividad, el precio no podía ser el único baremo para acceder a un determinado negocio. No tenía ganas de hablar con Joan, notaba su estado de ánimo bajo, nubes grises rodeaban sus pensamientos, cuando eso sucedía no era un buen compañero de café. Prefería degustarlo solo.

Joan me ha llamado esta mañana, han vuelto hace unos días de su viaje a Japón y baja a Barcelona, tiene acordada una visita con la empresa que se encargará de la reforma de su farmacia. Hemos quedado para comer en un restaurante situado en el centro, cerca de la manzana de oro del modernismo.

La mesa donde espero a Joan está en un recodo acogedor de la decoración negra y blanca; en el rincón que nos han reservado se atenúa esa desagradable sensación de clínica que te asalta al entrar en alguno de estos modernos comedores. Espero poco a Joan, es puntual. Su gesto al caminar y su manera de darme la mano indican que las cosas le funcionan. Cuando Joan está inmerso en algún proyecto es recomendable, casi medicinal, estar cerca de él. Desborda entusiasmo en cada palabra, la ilusión define su mirada.

– No acabo de entenderte. Siempre me estás hablando de las estrellas, y cuando tienes la oportunidad de ver un detector de neutrinos, dices no.

– Este año hemos tenido muchos gastos y las vacaciones han sido modestas.

– Otra vez será. Vale la pena. Te lo recomiendo. Durante el viaje, he visto farmacias japonesas y me he traído alguna idea interesante para la reforma que empiezo en diciembre. Ah!, casi me olvido, recuerdos de Lluís de Clara. Los encontré justo ayer, al cerrar la farmacia.

– Gracias. ¿Cómo te van la reforma y los proyectos?

– Cada vez estoy más convencido de que el futuro está en las farmacias grandes, más metros, más servicios, más productos, más horas. Tenemos que aprovechar nuestra posición para reforzarnos, ahora que podemos y ahora que aún estamos a tiempo.

Después de un buen güisqui de treinta años, de madera oscura, en el que están destiladas todas las neblinas escocesas, nos despedimos.

– No olvides invitarme a la inauguración de la farmacia. Y no olvides enviarme el folleto del detector de neutrinos japonés.

Después de hablar con Joan, siempre tengo la sensación de que no estuve suficientemente atento a las clases de Físico-Química sobre el Principio de Incertidumbre de Heisenberg. Me admira la seguridad de Joan, su decisión. Tengo que preguntarle si entendió los principios de la Mecánica Cuántica y pedirle que intente explicármelos.

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