miércoles, 23 de diciembre de 2009

Triaca


Los domingos por la mañana, cuando la mayoría está durmiendo, acostumbro a bajar hasta la portería de casa; a esa hora alguien, que también está despierto como yo, ha dejado el periódico. Mientras ojeo la portada y la contraportada entro en casa y enciendo la televisión. A veces, cuando el periódico no me atrae y en cualquier canal emiten algún documental de tribus antiguas, me quedo atrapado. Siempre me han gustado estos programas matinales, es como ir a visitar a un tatatatatatatarabuelo. Uno de los personajes protagonistas en todos esos documentales antropológicos es el jefe de la tribu y otro actor fijo es el brujo; el primero controla los mecanismos del poder y el segundo es el que controla los mecanismos del miedo, el miedo que tenemos a lo desconocido, al dolor y a la muerte. Sin darme cuenta estoy escribiendo utilizando el nosotros, no el ellos. Me doy cuenta al escribir que existen resortes que funcionan del mismo modo ahora que en los tiempos de mi tatatatatatatarabuelo.

Con los años, algunas cosas no cambian en casi en nada, pero otras evolucionan y hoy son radicalmente distintas a como eran en los tiempos en los que el jefe de la tribu y el brujo eran los únicos que cortaban el bacalao. Las sociedades modernas han evolucionado democratizando los mecanismos que sirven para alcanzar el poder y minimizando el poder del miedo mediante la socialización del conocimiento.

Está claro, aunque a veces me invada la nostalgia, que el mundo en el que voy a desarrollar mi profesión es éste y no el mundo de mis antepasados. Creo no equivocarme al decir que el ciudadano en el mundo actual demanda atención personalizada cuando está enfermo y cuando tiene dudas sobre lo que debe hacer para evitar estarlo. Ya no se trata de un individuo desamparado, atenazado por el miedo. Se trata de un ciudadano más alfabetizado sanitariamente, que exige información y atención y que las busca de los profesionales sanitarios, pero también en la red, en algún amigo o, sencillamente, se las vierten, sin pedirlas, en los medios de comunicación.

Ya en esos tiempos pasados, una de las herramientas útiles para afrontar la enfermedad eran las sustancias escondidas en la naturaleza. Misteriosas sustancias que sólo unos pocos conocían y suministraban elaborando con ellas unas pócimas que podríamos denominarlas las tatatatatatatatarabuelas de los medicamentos.

Tanto han cambiado las cosas desde esos tiempos que, en el hoy que nos ha tocado vivir, está sobre la mesa el debate sobre la bondad y la conveniencia de que la información (y la publicidad) sobre medicamentos llegue al ciudadano directamente desde el productor sin pasar por ningún filtro de los profesionales sanitarios –el médico o el farmacéutico, por ejemplo–. No se trata de llevar el agua a mi propio molino, el de los farmacéuticos, claro, porque esta tendencia afecta tanto a médicos como a farmacéuticos; sólo con mirar las campañas publicitarias de algunos de los últimos medicamentos de prescripción médica podemos observar síntomas claros de este fenómeno.

(Después de repasar el artículo, quiero asegurarme, por eso abro este paréntesis, de que quede claro que cuando hablo de beneficios me refiero, evidentemente, a beneficios para el ciudadano, aunque a veces tengo la sospecha de que los beneficios se buscan para los otros, lo que también es evidente, al menos, para mi.)

El debate sobre el acceso a los medicamentos en las sociedades modernas es un debate sobre el equilibrio que debe existir entre accesibilidad, conocimiento y responsabilidad. Un equilibrio dinámico que debe fructificar generando unas reglas de funcionamiento adecuadas para cada momento histórico en el que a las sociedades les corresponde desarrollarse.

Es cierto que la evolución de los roles de las profesiones, y más la de las profesiones sanitarias, sigue unos ritmos lentos, casi geológicos, y seguramente es prudente que así sea, pues se trata de profesiones que asumen responsabilidades en cuestiones tan esenciales que no han variado sustancialmente desde las épocas de nuestros antepasados, pero esta prudencia no debería transformarse nunca en inmovilismo. Es un error de bulto dejar que la realidad supere las reglas establecidas. Pienso que para regular aspectos tan sensibles como el del acceso a los medicamentos es importante tener una normativa capaz de amoldarse sin demasiados aspavientos al escenario real de cada momento que, por otra parte, variará cada vez con más rapidez.

Pienso que la clasificación de los medicamentos exclusivamente en dos grandes categorías, los que requieren prescripción de un médico y los que pueden ser adquiridos directamente por el propio usuario, no es suficiente para regular un acceso óptimo a los medicamentos.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Camarón


Cuando tengo la suerte de pasar unos días en Sevilla procuro aprovecharlos para traerme a casa un poco de esa luz limpia que la inunda. Clara, como el agua clara que baja del monte de Camarón de la Isla. El agua que te acompaña por sus calles con su canción que te arrulla con una brisa de perfumes de flores. Fresca. Como un cristal de cuarzo clavado en el corazón.

«Limpiaba el agua del río
como la estrella de la mañana,
limpiaba el cariño mío
al manantial de tu fuente clara.»

«Ay, como el agua, ay como el agua
Como el agua clara que baja del monte.
Así quiero verte de día y de noche.»

Sevilla es como el patio del fondo de la casa donde pasaba los veranos. Los días soleados me gustaba ir allí para correr entre las sábanas que bailaban con el viento y sentir las caricias de sus manos de bailadora ensortijándose en todos los rincones del aire. Me gustaba embriagarme con el perfume a limpio que pintaba de fuego blanco la atmósfera, cuando el sol las había purificado. Blanco como esas sábanas de los veranos de mi niñez, blanca como la luz de Sevilla.

Sevilla es como tener una amante en un puerto remoto, una mujer en una ventana transparente. Paseo por sus calles y me siento como en una ciudad bañada por el mar, el mismo mar que da olor a los rincones más íntimos de mi geografía, ese que dibuja las paredes de mi casa, pero Sevilla no tiene mar. ¡Qué más me da!

Sé que corro el riesgo de estar flotando en un sueño y que, por otra parte, cada segundo vivido va erosionando sin compasión el lugar donde uno vive. Aquí, en tu propia casa, en las calles conocidas, los días van poniendo las cosas en su sitio y los rincones sucios van mostrándose sin pudor cuando los pasos se repiten ¡Qué más me da! ¿Quién me va a impedir soñar?

«El sueño va sobre el tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del sueño.»

«Y si el sueño finge muros
en la llanura del tiempo,
el tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.»

Sevilla de los reyes, catedral donde duerme para siempre la sangre azul que riega los ríos de España. Sevilla de la Lola de los Reyes, donde los fandangos te rompen el corazón. Sevilla de Periqui Chico, donde los boquerones fritos bailan con la manzanilla en una fiesta interminable. Sevilla, me dueles, te quiero.

Según me cuenta un taxista, con el que hablamos del tiempo y de política y del Betis y de Lopera, estos días calurosos del veranillo del membrillo, en Sevilla se siente un calor más húmedo que el calor infernal de los días de verano –en los que te asas al cruzar la plaza de la catedral–, estos días de verano extraviados en otoño he tenido una buena excusa para volver a Sevilla, se ha celebrado el VI Congreso Nacional de Atención Farmacéutica organizado por la Fundación Pharmaceutical Care. Una ocasión para comprobar que un número significativo de farmacéuticos están interesados en reflexionar, en participar, en impulsar o, simplemente, en curiosear qué es eso de la atención farmacéutica y si realmente es el camino a seguir para continuar siguiendo.

Me reservo para las últimas palabras las felicitaciones a los organizadores de un evento de estas características y el éxito de participación logrado, pero quiero aprovechar las que me quedan para intentar explicar lo que realmente me preocupa después de pasar unos días fantásticos en Sevilla.

Hace años, algunos farmacéuticos iniciaron un camino en el que el concepto atención farmacéutica cristalizaba una aspiración vocacional, insisto, de algunos. Paralelamente, algunos, los mismos u otros, vieron en esa idea una vía de innovación de la profesión y creyeron que esa vía era la estrategia adecuada para construir un futuro razonablemente sólido y económicamente atractivo. Otros, durante estos años, estos sí que no son ninguno de los anteriores, no han tenido ni intención ni han sentido la necesidad de innovar, seguramente porque el deterioro económico del sector aún no ha llegado a su línea de flotación. No es mi intención, al menos ahora, revisar la historia de estos últimos –tiempo habrá para escribir esta historia–, lo que pretendo es analizar el momento que ahora nos toca vivir.

Durante estos años hemos estado reclamando poder salir a la pista de baile para marcarnos unos pasos, reclamando que ya habíamos recibido suficientes lecciones de baile, pero la hora del debut no había llegado todavía. Han sido unos años en los que nuestra principal preocupación ha sido que nos hicieran caso, que se dignaran a considerar la posibilidad de que la red de farmacias se coordinara con la atención primaria y contratara con el sistema sanitario una cartera de servicios asistenciales, servicios de cribado y de promoción de la salud. Han sido unos años en los que el discurso, cada vez más elaborado, ha ido calando lentamente en la manera de ver las cosas de los responsables políticos y al mismo tiempo ha servido para que el sector mantuviera, en unos años en los que la incertidumbre hacía pensar en la debilidad del modelo, una cierta estabilidad. Han sido unos años de precalentamiento, pero ahora se está acercando la hora de la verdad.

¿Tenemos la cartera de servicios definida? ¿Tenemos un catálogo de precios de estos servicios elaborado? ¿Tenemos una hoja de ruta y un calendario previstos? Y, ¿cuántos son los unos, los otros y los que no son los unos ni los otros? Con estas preguntas dejé mi soñada Sevilla y aún me acompañan en mi querida Barcelona.


Por cierto, me doy cuenta de que no me quedan palabras. Felicidades.

martes, 24 de noviembre de 2009

La baraja


Cinco tipos con el nudo de la corbata flojo y el último botón de la camisa desabrochado. Cinco tipos que parecen flotar en la penumbra que esconde los límites de un viejo local cerrado al público. Cinco tipos iluminados por una lámpara baja colgada de un techo que no se ve; es una lámpara fea, pero lo único que realmente importa es que la luz amarillenta que emite la bombilla ilumine la mesa cubierta por un tapete de fieltro verde.

La atmósfera que envuelve a las partidas clandestinas de póker me atrae como me atrae el vacío al atravesar un puente colgante. Es una atracción parecida al vértigo, esa sensación que te atenaza, pero al mismo tiempo te empuja.

Creo que empecé a interesarme por las partidas de póker viendo películas del oeste –siempre me ha gustado la expresión «película del oeste» para referirme a las películas ambientadas en la América del Norte del siglo XIX. Es una expresión que me vincula a la generación a la que pertenezco, la de los que disfrutábamos viéndolas en los primeros televisores en blanco y negro, y los sábados, en las sesiones dobles de los cines del barrio; y si teníamos suerte, en los cineramas del centro–. Eran unas películas que yo veía en el televisor Vanguard que teníamos en el comedor de casa.

Recuerdo que el aparato de televisión estaba en una esquina cerca del balcón del comedor, aunque mi madre, a la que le gustaba cambiar de vez en cuando la distribución de los muebles, la colocó en distintas ubicaciones. Estuviera donde estuviera, me gustaba mirar las películas del oeste en ese aparato. Era una caja recubierta de melamina que imitaba la madera, que tenía en el lado derecho una serie de botones blancos y marrones que debían hundirse, presionándolos con un cierto esfuerzo, para ponerla en marcha o para cambiar de canal; aunque el UHF no acababa de verse correctamente y ese botón no lo apretábamos muy a menudo. Recuerdo el ruido que hacían esos botones al ser apretados, no como ahora que los botones ya no hacen ruido, ni para poner en marcha el televisor, ni para cambiar de canal (ahora todos se ven bien); ese ruido le daba al aparato una cierta solidez de máquina mecánica, no como ahora que el canal cambia sólo al acercar el dedo, ahora todo es más mágico, más liviano, más etéreo.

Me quedaba extasiado mirando los planos que iban escrutando lentamente los gestos casi imperceptibles de los jugadores sentados alrededor de una mesa en un rincón de una cantina blanca, negra y gris. Casi siempre, después de las caras de los jugadores, esas secuencias iban mostrando las distintas combinaciones de naipes que tenían los jugadores en sus manos. Sobre todo disfrutaba cuando, poco a poco, el jugador iba deslizando las cartas, una sobre otra, para ver la esquina de la última carta escondida por la que estaba encima. Con una esquina era suficiente. Era un niño que ya empezaba a sentir la emoción de un «estreaptease», pero yo aún no lo sabía.

Otra de las cosas que me gustaba de esas películas del oeste era que siempre sabías quien era el bueno y quien el malo. Viéndolas te sentías seguro. El malo, que generalmente lucía una cicatriz en la mejilla, era el que hacía trampas en la partida, aunque era siempre también el que acusaba al bueno de hacerlas.

Los segundos en los que las miradas de los jugadores se cruzaban en un duelo silencioso –que súbitamente se rompía por el ruido de las sillas al caer hacia atrás arrastradas por el gesto brusco de los jugadores al levantarse para poder desenfundar sus revólveres y disparar las balas que siempre acababan en el estómago del malo que, en otro plano que admiraba casi sin respirar, caía de una forma barroca, como una columna salomónica que se desenroscara lentamente– eran como un éxtasis duradero, tenían toda la tensión que se acumula cuando se enfrenta cara a cara lo bueno con lo malo. Después de ver la película me gustaba mucho jugar a vaqueros y ser el malo para poder caer lentamente mientras contorsionaba el cuerpo y forzaba una mueca grotesca como lo hacía el malo en las películas; no entiendo por qué no premiaban más a menudo a esos actores que hacían de malo y que se morían tan bien, con lo difícil que debe ser morirse bien.

El mundo aquel, en blanco y negro, en el que yo vivía mientras miraba aquellas películas, era mucho más fácil de entender que los dichosos colores del mundo en el que me había tocado vivir. El mundo de los mayores era un mundo de colores, pero yo casi nunca acertaba con el matiz apropiado.

No era un niño al que le gustara mucho imaginar historias mientras jugaba con mis amigos y mis hermanos, porque yo no quería vivir en otro mundo, lo que realmente me hubiera gustado era entender bien el mundo en el que empezaba a vivir, pero era difícil. Por eso me gustaban tanto las películas del oeste, en ellas todo estaba muy claro.

Durante algunos años, cuando ya no veía películas del oeste, si acaso algún western crepuscular en los que ya morían los buenos, incluso pensé que al hacerme mayor encontraría fácilmente la frontera entre lo bueno y lo malo, pero pronto comprendí que las fronteras eran líquidas como olas en el mar, era muy difícil dibujarlas en el mapa de la vida.

Navegar entre las olas que marcan las fronteras es un trabajo ingrato, pero necesario. Las profesiones tienen la obligación de no cejar en el empeño de encontrar los límites. Ésta es la función esencial de los colegios profesionales y a ella no deben renunciar, aunque muy a menudo sea vista como una intromisión en la libertad individual, no podemos olvidar que estas instituciones tienen la responsabilidad de garantizar delante de la sociedad el buen hacer de sus colegiados, sin necesidad de resolver la partida como en las películas del oeste –a tiros, por muy bien que se muera el malo–. j

P.D.: Dedicado a mi amigo Xavier. Con él que nunca ví ninguna película del oeste, pero continúa intentando descifrar lo que está bien y lo que está mal.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Daucus carota


Los sábados por la mañana, casi todos los sábados, venía a comprar sus diez cajas de papilla de zanahorias. Casi siempre venía con su hijo Miquel. Miquel era un niño de un aspecto que hubiese pasado desapercibido si no fuera por el color de su piel. No era ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado, ni feo ni guapo, un niño normal que no parecía tímido, pero tampoco de los que lo desordenan todo en un momento. Era un niño que no tenía ninguna característica especial, de esas que te hacen fijar la vista en ellas. Sólo el color de su piel, que era de un color naranja intenso, lo hacía un niño distinto de los otros. El pediatra le había recetado papilla de zanahorias porque sufría unas diarreas de origen desconocido. Un día dejó de venir y no he sabido nunca nada más de él.

Si Miquel hubiese sido un niño obeso, cosa harto difícil con la dieta que le había recetado el pediatra, los compañeros de clase posiblemente le hubiesen apodado «butanito». Con los años la maldad y la imaginación infantil se van perdiendo; a mí, y ahora, no se me ocurre otro mote, pero probablemente sus compañeros le asignaron otro con el que debió convivir y sufrir al menos los años que duró su dolencia o hasta que sus padres decidieron cambiar de pediatra. La mente retorcida de sus queridos compañeros de clase probablemente había imaginado un apodo mucho más dañino que mi inocente «butanito», pero yo, que ya me he hecho mayor, voy perdiendo esa malvada habilidad que tienen los niños; una habilidad que va desvaneciéndose como otras muchas cosas.

Las papillas que se llevaba la madre de Miquel tenían un nombre que me parecía gracioso, un nombre de esos que quieren explicar de una manera fácil las propiedades del producto. «Zanasec» se llamaban. En aquella época, yo debía ser uno de los farmacéuticos que compraba más papilla secante a base de zanahorias. Cuando entraba la madre de Miquel ya tenía las papillas preparadas en bolsas de plástico, y cuando salía cargada, tenía una cierta sensación de angustia, angustia por Miquel. Me lo imaginaba delante de la papilla de zanahorias, con su madre insistiendo en que debía comérsela y él negándose a hacerlo, Seguro que llevaba en silencio el peso de la mofa y de las burlas de sus amiguetes de clase.

No creo que Miquel –espero que ya tenga el color normal y se haya normalizado su intestino– mueva ningún músculo para seguir una zanahoria. Me imagino que debe tener una cierta aversión a esta raíz dulzona de la umbelífera que vino de Asia. Tampoco creo que le sirva de mucho como acicate para continuar su camino; como sirve a los burros que, por lo que me dicen –aunque yo no lo he visto nunca– con un palo y una zanahoria les convences para que te lleven hasta donde quieras. Es una manera como otra de ir avanzando y avanzar es la manera de progresar, para los burros, al menos.

El burro es un animal por el que siento cariño. Parece un animal de buen carácter; bonachón sería un adjetivo adecuado. Debe de ser porque no se queja nunca, le lleven por el camino que le lleven, siempre va hacia delante con ese balanceo cansino de la cabeza que da la sensación de que, además de sufrir, va diciéndote que sí. Es un animal agradecido. Debe de tener sus malos momentos, pero cuando éstos llegan, es el momento –por lo que me dicen– de ponerle la zanahoria delante de su hocico y el balanceo cansino aparece de nuevo.

Cuando empezaba a preguntarme alguna cosa de la vida, yo debía tener entonces unos catorce años, recuerdo que pensaba, y no era presunción por mi parte, que los niños y niñas que jugaban felices y despreocupados eran burros. En aquellos días yo deseaba ser burro, porque los burros eran los más felices. Recuerdo perfectamente esa angustia agobiante por no encontrar respuestas a mis preguntas y la envidia que tenía de los que –yo creía– no se las hacían.

No sé si es por la angustia que sentía por Miquel o por el recuerdo de la angustia mezclada con la envidia que sentía a los catorce años, lo cierto es que las zanahorias no me gustan nada. Ni tampoco me gusta cuando me dicen que los farmacéuticos tenemos que callar, que lo nuestro es ir tirando, como los burros con la zanahoria delante.

Vivimos un momento en el que se están reformulando los papeles de las profesiones sanitarias. No es un debate cómodo para nadie, sobre todo no lo es para los que temen perder algún nivel en el escalafón. Para los farmacéuticos –que corremos el riesgo de ver solamente la zanahoria de la conservación del statu quo– es un debate en el que fácilmente podemos caer en la tentación de no querer participar.

¡Con lo bien que se está en el rincón oscuro de la habitación, allí no te ve nadie y nadie te pregunta, ni te exige!

Tener responsabilidades profesionales en el proceso terapéutico es la razón de ser de una profesión como la nuestra y en una sociedad como la nuestra. Algunos nos la quieren discutir –algunos profesionales sanitarios y algunos profesionales de la política– y a algunos de los nuestros, que han sucumbido a los encantos de la zanahoria, ya les está bien no asumir responsabilidades nuevas, pero debemos decir no, a unos y a otros.

¿No somos unos profesionales sanitarios capacitados para valorar la madurez de una posible consumidora adolescente de la píldora anticonceptiva de emergencia, y sí lo son los médicos? ¡Apaga y vámonos!

No me preocupa demasiado que la ministra de Sanidad haya cuestionado la capacidad de los farmacéuticos, pero sí que me preocupa, y mucho, que algunos farmacéuticos no vean que ahora es importante asumir estas responsabilidades. Debe de ser que están demasiado pendientes de la zanahoria. Son felices. ¡Qué envidia!

martes, 27 de octubre de 2009

Puertas al campo


Los últimos días de julio son como los días anteriores al fin del mundo. Me dice mi amigo Jordi. Todo el mundo quiere dejarlo todo listo porque después viene la nada. Viene agosto. Pienso que no es una comparación acertada. Los últimos días de julio son mucho peores. Si realmente el mundo se acabase –ya sea por un encontronazo galáctico (los madridistas no busquéis ningún doble sentido) con un meteorito gigante o por el exagerado consumo de combustibles fósiles (aprovecho para colar aquí la perplejidad que me provoca que nuestro mundo moderno se alimente de una sopa de jugo de dinosaurios pudriéndose en fosas de alquitranes antiquísimos)– yo no tendría esa sensación de urgencia tan agotadora. Estos días son peores porque después de agosto llega septiembre y con él la matrícula de las universidades, la factura de la VISA de agosto, los días de vacaciones pagadas y muchas cosas más.

Faltan dos días para que llegue la nada reparadora y me he propuesto ordenar, al menos aparentemente, la mesa del despacho de la farmacia. Al menos cuarenta veces –cuarenta es una cifra que ya da la sensación de muchas veces y escribir muchas veces me parece poco elegante– he intentado ordenar de una forma definitiva mi mesa, pero intuyo que eso del orden tiene que ver con la constancia y no con los impulsos o con las buenas intenciones.

Cada vez que hago un esfuerzo para ordenar mi mesa tengo un momento de honda satisfacción; al acabar de hacerlo me siento el rey de la farmacia (no sólo los Borbones sienten hondamente), la mesa me parece más grande y mi autoestima también crece un poco. Una mesa grande siempre ha sido un signo de un cierto poder.

Confieso que estos días estoy bastante irritable, acabo de ser un maleducado telefónico con una señorita que me llamaba –tengo la sensación de que me llamaba desde muy lejos– para venderme una conexión a Internet con la que conseguiría unas prestaciones magníficas, tan buenas que lo que transmitiría no serían mis palabras sino mis pensamientos. La he cortado bruscamente (la conversación, no a ella) en el momento que empezaba a contarme que se trataba de una oferta especialísima porque en vez de pagar se cobraba por contratarla. No ha tenido suerte al escoger el día ni la hora de la llamada, le he colgado (he colgado el teléfono, no a ella) sin reparar que estaba desperdiciando una de las mejores ofertas que nunca me han propuesto. ¡Qué malos son los últimos días de julio!

Empiezo mi tarea revisando una carpeta amarilla –amarilla no es un adjetivo apropiado para distinguirla porque todas son amarillas, pero esto de escribir tiene estas licencias–; empiezo con la carpeta de los albaranes de mi distribuidor. Mi abuelo los repasaba uno a uno y línea a línea, pero yo nunca lo he hecho; un exceso de confianza, quizás. Les doy un ligero vistazo y continúa mi malhumor. Debe de ser por los días en los que estamos o por la bajada de la facturación, sea por lo que sea, pero todo me parece muy caro.

En estos días en los que la mayoría parece creer que son los últimos días del mundo, casi no hay espacio para las satisfacciones, los días parecen un carnaval de preocupaciones en el que todos los problemas se desbordan, surgen de todos los rincones, como ratas saliendo de un barco que se hunde.

Debe ser por tradición, pero la carpeta en la que se van acumulando los papeles de mi distribuidor siempre ha sido una carpeta distinta de la destinada a los otros proveedores, aunque amarilla como todas las demás. Por tradición, posiblemente, pero no sólo por tradición. En una organización sectorial tan capilarizada como la nuestra, sin una distribución al servicio de las farmacias seríamos mucho más débiles, pienso yo –quizás también lo pienso por tradición–, debe ser eso, me dicen muchos.

¡Abajo las tradiciones! En estos días de ensayo general del fin del mundo parece que lo apropiado sería derribar los mitos que, generación tras generación, hemos ido construyendo. ¿Y si llamo a la chica del teléfono y pruebo esa nueva tarifa mágica? ¿Y si dejo de poner los albaranes de mi distribuidor en su carpeta y los coloco en la carpeta –amarilla, también– en la que coloco los albaranes de todos los demás proveedores? ¿No sería conveniente leer los anuncios que inundan mi mesa con las ofertas más variadas en las que me prometen el oro y el moro, en vez de tirarlos directamente a la papelera?

Estoy realmente encendido. El calor húmedo de Barcelona agrava aún más esa sensación de agobio de estos días que preceden a la reparadora calma del vacío veraniego. Un futuro cercano, pero que no es suficiente para enfriar mi mal humor.

Estoy realmente harto de tantas ofertas. ¿Por qué se empeñan en explicarme tantas maravillas si yo ya tengo de todo? Si hoy hubiese sido un día cualquiera del año, con esta simple reflexión ya me hubiese quedado más tranquilo, pero hoy es uno de esos días en los que dejas aflorar tu malhumor para que no te reviente el estómago si lo dejas dentro. ¡Voy a cambiar de compañía telefónica y también de distribuidor!

Como he colgado bruscamente a mi interlocutora telefónica, no sé ni siquiera como se llamaba (la compañía de telefonía, no la chica del teléfono). Probaré con el director de mi almacén distribuidor, a ese sí que lo conozco desde hace muchos años.

Sin ninguna introducción educada, le espeto:

– Voy a cambiar. Tengo encima de mi mesa una nueva oferta que es irresistible.
– Me sabe mal –noto que dice la verdad–. Hace ya tantos años que eres cliente nuestro. ¿Te has leído nuestro folleto de condiciones? Hemos remodelado nuestro plan comercial y nuestra cartera de servicios. Además, estamos en un proceso de mejora de nuestros circuitos logísticos para poder ofrecer un mejor servicio. ¿Has notado una mejora?
– Ahora que lo dices…
– Me gusta que los clientes me exijan. Es un buen sistema para no dormirse en los laureles. Para una empresa como nosotros –de tanta tradición, entiendo que quiere decir– es imprescindible no hacerlo, podría ser nuestra perdición.
– ¿Cómo haces para estar tan calmado estos días?
– Es parte de mi sueldo.
– Yo no sé hacerlo. ¡No me conviene escuchar ofertas!
– No es esa la solución. Debes escuchar y mirarlo todo. La competencia es buena, para ti y también para nosotros. Tú, a lo tuyo. Exígenos que seamos los mejores. Y nosotros, a lo nuestro.

P.D.: Dedicado a los que en estos días de ensayo general del fin del mundo no pierden la calma.

jueves, 8 de octubre de 2009

Despertar


A esta hora de la mañana el mar que se acerca tímidamente para lamer la playa tiene un color que aún no es suyo. Tiene un color prestado por el sol aún adormercido. Me he levantado pronto, no sé si por la luz tamizada por las rendijas de la persiana, por el colchón de mi cama que es un colchón diseñado para torturar mis lumbares o por el canto de las últimas sirenas, que han pasado toda la noche jugando entre las olas y que, según cuentan los que las han visto, cuando el mar tiene este color que no es el suyo marchan en busca de otras playas en las que encantar con su canto a quien se atreva a escucharlas. Un canto que se confunde –me confunde– con el sonido blando de las olas y recuerda –me recuerda– la respiración perezosa de los amantes cuando caen agotados de tantos besos.

La máquina que arrastra un tractor de un color verde envejecido por los golpes del viento salado emite un ronroneo –amortiguado por la distancia que hay entre el balcón de mi habitación y la playa– que se mezcla con los sonidos de la mañana mientras va ordenando lentamente la arena; un orden que, a causa de las pisadas de los bañistas que durante todo el día hundirán sus pies en la arena cada vez más caliente, irá evolucionando hacia un caos de huecos y montículos ubicados siguiendo un misterioso patrón que nadie podrá descifrar. Ahora que la arena ordenada todavía parece una alfombra ligeramente ondulada y estampada por las piedras que se reparten aquí y allá, guarda la frescura que poco ha poco ha ido atesorando durante la noche huérfana de sol.

El extremo oeste de la playa –la playa está orientada al norte, de cara a la tramontana, es como si el viento hundiera persistentemente la roca donde se asienta el monasterio cisterciense y el mar aprovechara ese hueco para colarse y poseerla– ya recibe las primeras caricias del sol, unas caricias que cada vez son más atrevidas, más contundentes. El sol empieza a amar a la playa con una pasión juvenil, que ya se intuye, desbordada. Un abrazo intenso que va a durar todo un día de agosto.

Me gustaría haberme despertado así, pero la luz del patio que separa el edificio de mi piso con el edificio vecino no es la luz del sol de la playa, es una luz maquillada por el humo de los talleres y por los neones de los anuncios de las tiendas. Es una luz que me dibuja con otra cara y con otro cuerpo. Me pregunto si es la luz distinta o si yo soy el mismo. ¿Me han encantado esos cantos de sirena? ¿Dónde se ha quedado mi otro yo? Mi yo, ése que se mece en las aguas de un mar de un color prestado por el sol y se deja querer por los abrazos de las sirenas, ¿ha venido conmigo o soy yo que me he ido en busca de otras playas y un espejismo de neón es el que se despierta perezosamente encima de la cama con somier articulado y colchón de látex?

Me siento pesado como la ciudad en la que –yo o mi otro yo– me he despertado. Me pesan las piernas por la humedad sucia de la ciudad, y me pesa la nostalgia del recuerdo de mi otro yo al que me imagino bailando con erizos y anémonas rojas, en algún laberinto de rocas que juguetean en los dominios del mar, que se deja seducir displicentemente como una joven que sabe que siempre va a bailar con el que ella quiera.

No me podré escapar de esa luz lechosa y espesa que me atrapará en esta ciudad como una mariposa clavada en una caja de cristal transparente. Una más de las muchas, todas iguales, que un coleccionista de vidas va colocando ordenadamente y va almacenando para no mirárselas nunca más. Mi otro yo no vendrá a rescatarme; ni yo voy a encontrarlo porque estará en una cala de mi memoria que sólo la conocen las sirenas.

Me siento solo, clavado en esa caja de coleccionista, no me queda ni el destello de mi playa. Mi playa –me gusta llamarla así, como un adolescente que cree estúpidamente que la heroína de su cómic favorito es su novia– no es mía, ella sólo pertenece al sol. A ella sólo le importa cuando llega el sol para prestarle el color al mar que, como cada mañana, la acariciará con pasión. Yo sólo puedo mirarla, pero nunca podré tenerla. Soy demasiado pequeño para ella, soy como una polilla de esas que revolotean desordenadamente alrededor de las farolas encendidas en las noches calurosas de agosto.

¿No soy yo de este mundo, en el que la niebla de los humos, de los ruidos y de la humedad sucia, son mis compañeros de viaje? Aquí está mi caja de cristal y yo en ella, éste es mi sitio, el que conozco y en el que no soy un extraño. Aquí, por la ventana por la que se cuela el olor de mis vecinos, la luz lechosa de cada mañana me marca el ritmo de mi vida, la misma que guarda el coleccionista desconocido. Aquí no me siento un extraño, pero a veces me pregunto cómo debe verme mi otro yo. Cómo me verá desde esa luz transparente, cómo me verá a través de esta niebla que me envuelve y me pregunto si llorará por mí cuando tenga un momento de reposo en su baile con los erizos, las anémonas rojas, las olas, las rocas y las sirenas.

Mi primer día de vuelta al trabajo acaba de empezar. Otra vez. j

Nota. Leído en un diario digital. Unos excursionistas que practicaban escalada en las rocas más abruptas del Cap de Creus han encontrado el cuerpo de un hombre joven en una cala escondida, no se conocen las circunstancias de la muerte. Uno de los excursionistas ha declarado que cuando encontraron el cadáver les sorprendió que el cuerpo estuviera cubierto de erizos y anémonas rojas y también la expresión de su cara. «Parecía que estuviese durmiendo después de una fiesta de baile y de besos». Comentó el excursionista con cara de envidia.

martes, 15 de septiembre de 2009

«Solanum lycopersicum»


Ya de jovencito me gustaba meterme en las callejuelas del Raval. No he sido un aventurero, pero un poso antiguo de algún antepasado guerrero debo tener escondido. No existe callejón oscuro del barrio viejo barcelonés que se resistiera a mi curiosidad de aquellos años. Siguiendo uno de esos ecos debilitados por tantas repeticiones, que me llegan de vez en cuando desde el barrio donde nací, me encuentro inmerso en un laberinto de puestos de verduras y hortalizas verdes, lilas, blancas y rojas que pintan un estampado primaveral; de pescaderías en las que una cama de hielo sirve para que las merluzas de palangre se ofrezcan desnudas, con ese brillo viscoso que tienen los habitantes de los misteriosos fondos marinos, a las miradas de todos, y junto a ellas, una caja de almejas pudorosas, esperan impacientes que alguien quiera sucumbir a sus encantos más escondidos. Más allá, en el mármol frío de las carnicerías, los grandes trozos de carne roja, a los que la sangre ya sólo les proporciona el brillo de la carne fresca –pero muerta– reposan pesadamente, son como esculturas abstractas que los carniceros van moldeando siguiendo los pedidos de los clientes.

El mercado de la Boquería está vivo. Ya no es sólo el mercado central de Barcelona, muy a mi pesar, ya es también una atracción turística. Tiendas de zumos de frutas de países lejanos, envasados en vasos de plástico con una cañita incorporada, frutas troceadas y colocadas en bandejas de plástico, preparadas para ser comidas sin el esfuerzo que representa pelarlas, compiten por llamar la atención de los turistas. Ellos no tienen mis recuerdos para comparar, como yo hago con mi memoria. Mi otro barrio también cambia. ¿Soy yo el que no cambia? Esa es otra de mis dudas permanentes.

Me escabullo por los laterales hacia el carrer de les Cabres. Adosada al mercado, se abre un pedazo de la plaza de Sant Josep que no está ocupada por el edificio del mercado. En ese pedazo de plaza a cielo abierto se colocan cada mañana las payesas.

– Parece que los tomates están más verdes de lo que es habitual.

Le pregunto a la payesa que regenta el tenderete de la esquina más soleada, donde los frutos rojos exhiben su redondez como si fueran tersas pieles coloreadas por el sol. Le pregunto, mientras cometo la osadía de palparlos para valorar su grado de madurez, un atrevimiento que me comporta recibir el puñal de su mirada inquisitorial. El aviso silencioso sirve para que no me atreva a tocar nada más. Ella se da cuenta de que su advertencia ha surtido efecto y me responde casi sin mirarme.

– Esta semana es semana de luna nueva y las tomateras van más despacio.
– ¿La luna influye en el ritmo de maduración de los tomates?
– ¿Qué clase de tomate quiere?…Tomate Raf, Montserrat, Cor de Bou, Pometa.

Esta vez, simplemente la payesa ha despreciado mi pregunta. Tengo la sensación de que la pregunta, que ella me ha lanzado por respuesta, está hecha por un profesor que sabe perfectamente que el alumno desconoce la solución, pero deja aflorar el sadismo escondido que, los que saben, ejercen con los que ignoran.

Está claro que no le he caído en gracia, pero los tomates que tiene son preciosos y acabo asumiendo con humildad que no debo haber hecho lo adecuado, ni tampoco la pregunta correcta.
Me cuelo por el carrer de Xuclà, junto a los muros de la Iglesia de Betlem, en dirección a la Plaza de Catalunya, el paso fronterizo que me conectará con la ciudad nueva. Voy cavilando sobre si los tomates de Montserrat, que he pagado a precio de filete de ternera gallega, quedarán mejor con unas anchoas de l’Escala, con ventresca de bonito o con una mozzarella, que venden en una tienda regentada por una pareja de italianos que se ha instalado en el barrio de Gràcia, regados con un buen aceite y sembrados de orégano.

Al llegar a la altura de la Gran Vía, la ciudad ya ha logrado borrar todo el olor de calle vieja a base de perfumarse de grandes tiendas y de oficinas de negocios, recuerdo que tengo que escribir sobre las preguntas correctas y mis dudas. Os lo debo. Lo haré, aunque os confieso que preferiría contaros como acabó realmente mi visita a la payesa de los tomates.

¿Nuestro modelo de farmacia es el mejor modelo? Sinceramente, no lo sé. Más dudas aún. ¿No será que la pregunta no es la correcta? Menos mal que la payesa de la mirada asesina ya no está delante de mí para fulminarme. Realmente los tomates de Montserrat están en el cesto, pero el tomate que se me viene encima es de mucho cuidado. ¡Y todo este lío por haber empezado a contar lo mucho que me apetece comerme un melón después de la paella!

Si analizamos los resultados de los distintos modelos existentes en los países de nuestro entorno podemos concluir que todos cumplen con lo que debería ser el objetivo fundamental de cualquier modelo de prestación farmacéutica. En nuestro mundo –el primer mundo– los medicamentos llegan a quien los necesita y no existen diferencias importantes en los niveles de salud implicados en el uso de los medicamentos.
¿Por qué entonces nos empeñamos en establecer una lista de buenos y malos modelos? ¿No sería más conveniente reflexionar sobre lo que debemos retocar del nuestro para que aún sea más eficiente y que los costes de un cambio superen con creces los posibles beneficios?

Me parece mucho más conveniente conducir la reflexión por estos cauces que establecer una cruzada que no lleva a ninguna parte. Seamos prácticos, en una sociedad evolucionada como la nuestra no tiene mucho sentido hablar de valores absolutos. Absolutismo, por otra parte, que los que defendemos nuestro modelo criticamos cuando lo ejercen los otros.

Los modelos de farmacia existentes tienen mucho que ver con la historia económico-social de cada país y se han ido amoldando a los sistemas sanitarios implantados por los distintos estados. El nuestro tiene que ver con un modelo de comercio capilar en el que los gremios tuvieron un papel regulador importante. El resultado de todo ello es una distribución de farmacias muy provechosa para el usuario y una gestión privada de una prestación pública.

No creo que exista ningún gestor sanitario al que le interese variar estas bases; no obstante, tampoco es aconsejable no impulsar cambios que agilicen la instalación de nuevas farmacias acordes con las necesidades de la ciudadanía, ni mantener rigideces que no permitan un normal desarrollo de un establecimiento que debe tener herramientas para poder ofrecer un servicio óptimo. Lo dicho, abrir el melón tiene mucho tomate.

viernes, 28 de agosto de 2009

«Cucumis melo»


Me apetece menos que antes pasear por el barrio. Me preocupa porque lo quiero. Estoy acostumbrado al barrio, pero empiezo a sentirme raro, empieza a costarme reconocerlo. Mi ciudad es una, pero son muchas también. Seguramente para los que se han criado en un mundo de conquistadores y de horizontes imperiales es una ridiculez, pero yo me siento cómodo en mi barrio y en mi casa. No me siento pequeño por sentirme parte de él, porque veo más allá de mi barrio y me gusta ir a comer y a pasear por otros barrios y me gusta que vengan a casa para hablar de sus casas y así sentir el latido del mundo. Pero el barrio está cambiando.

Mi barrio tiene de todo, calles anchas y pulcras en las que los paseantes caminan ordenados y callejuelas pequeñas en las que las voces de los vecinos surgen de las ventanas para componer la música de fondo en las plazoletas escondidas. En mi barrio se puede comprar en tiendas elegantes, en las que tienes que llamar para que un vendedor antipático te abra la puerta después de echarte una mirada en la que asoma un cierto matiz inquisitorial y también en otras, en las que los tenderos desparraman su género y su simpatía por las aceras, como un vestigio de los tenderetes de los antiguos mercados. Las grandes cadenas de supermercados, en las que las verduras están envasadas en estuches perfectamente rotuladas con su correspondiente código de barras y precio, van ganado posiciones; pero el viejo mercado en el que puedes pasear zambulléndote en un mar de olores cambiantes continúa vivo, es como un corazón viejo de alguien que continúa sintiéndose joven.

En estos días mi barrio está más triste. Esta crisis injusta, una crisis que se está llevando por delante y por detrás a los inocentes nuevos ricos –nos creímos y nos hicieron creer que el país de Jauja realmente existía, nos convencieron del cuento los mismos apóstoles que ahora nos dicen con expresión grave que el país de Jauja es cosa de niños–, una crisis que está cerrando tiendas, supermercados y que incluso clausura las puertas de algunas agencias bancarias de las que, hasta hace muy poco, brollaban las fuentes de dinero.

La tienda de Rosa ha sido una de las víctimas de la escabechina que está vaciando las aceras. La esquina en la que colocaba con amor las alcachofas en bandejas de madera, junto a las ciruelas moradas, verdes, naranjas y amarillas, está ahora mucho más triste. Su tienda era un lienzo de abstracción geométrica en el que se escondía un abrazo del sol con la huerta. Me gustaba pasar por delante de las frutas y verduras que cada mañana tentaban mis sentidos. Las mañanas soleadas, en las que Rosa tenía melones y sandías, su tienda adquiría una exhuberancia tropical, el misterio escondido en el interior de esas cucurbitáceas despertaba mi curiosidad.

– ¿Cómo saldrán hoy los melones y las sandías?– preguntaba a Rosa, si la tentación me vencía.

Yo ya no era un novato, pero nunca he llegado a conocer las claves para descifrar el nivel de dulzor y la jugosidad de las frutas que deben poner colofón a cualquier comida veraniega que se precie. Siempre me ha parecido que una comida de verano no era lo mismo sin una buena rodaja refrescante de melón o de sandía.

Hace más de treinta años que Rosa ha despachado en la tienda, más de treinta veranos palpando melones y sandías; años que le han aportado experiencia. Rosa se atrevía a escoger, pero siempre me acababa diciendo que el melón y la sandía se conocen realmente cuando se abren. Abrir el melón tiene siempre el riesgo de encontrarte con un pepino. Rosa era, lo debe ser aún, una vendedora prudente y se curaba en salud, seguramente es lo más aconsejable en este caso.

La prudencia siempre ha sido también una actitud presente en cualquier reflexión sobre la necesidad de modificar algunos aspectos de la ordenación farmacéutica. El entramado legal que sustenta la legislación regulatoria del sector de oficinas de farmacia es un intrincado edificio en el que la propia norma y el procedimiento administrativo que la concreta mantienen un frágil equilibrio en el que cualquier movimiento puede suponer un desmoronamiento trágico. Un misterioso mundo de normas y procedimientos en el que, si te pones a retocarlo, puedes encontrarte con un pepino de mucho cuidado.

La constante evolución de la sociedad aconseja que las regulaciones se adapten a los nuevos escenarios, porque no es sostenible por mucho tiempo que la realidad y la norma caminen por caminos distintos. Los políticos que tienen la responsabilidad de legislar, y los dirigentes farmacéuticos que la tienen de conocer en profundidad el sector y de explicar con claridad a los que legislan el funcionamiento del mismo, son los que deben tomar la decisión de abrir el melón.

Siempre he intentado alejarme de cualquier fundamentalismo y creo en el valor de la duda como mecanismo incentivador de la reflexión. La duda favorece el conocimiento de ideas distintas de las que ahora defiendo. Algunos pueden pensar que es una manera incómoda de ver las cosas, verdaderamente, a veces lo es, pero tengo la esperanza de que sea un sistema que debería hacerme aspirar a conseguir algún retal de sabiduría.

Cuando navegamos por un mar de dudas, tenemos la tentación de frustrarnos si no encontramos las respuestas que esperamos. Pero antes de empezar con una retahíla de quejas y de reclamaciones por no poder oírlas, es aconsejable contar hasta tres y cuestionarse si las preguntas planteadas son las correctas. Hacer las preguntas adecuadas y en el orden correcto es el mejor método para no caer en la frustración y la autocomplacencia.

No es un ejercicio fácil ni cómodo, pero después de un mes de contemplación tranquila del Mediterráneo, me atrevo a intentarlo, porque pienso que es mucho peor un melón podrido que un pepino, con el que, al menos, puedes hacerte una ensalada. Algo es algo. j

P.D.: Continuará con algunas preguntas y dudas, muchas dudas. No sé si sobre cucurbitáceas, porque aquí hay mucho tomate.

jueves, 23 de julio de 2009

La veleta


Tuve la oportunidad de conocer a un rector de los Escolapios de la calle Diputación ciertamente particular. Era hijo de cómico y un deportista apañadito. El padre Martínez-Soria reformó las viejas duchas de los vestuarios, entrenaba al equipo de gimnasia y era un judoka con cinturón de color oscuro, no recuerdo cuál, pero el suficiente para tumbar a cualquiera de nosotros. No recuerdo tampoco si nos daba clases de religión, pero alguna clase en la que hablábamos de la vida sí que la recuerdo.

Alguna vez me mandó a casa por algún comportamiento que no le parecía coherente en una persona de criterio. Él nos repetía que era importante tener criterio y mantenerlo. Años más tarde, en alguna de esas reuniones de antiguos alumnos, me he encontrado con algún compañero de clase que sufrió esta manera de educar como una imposición. Un sufrimiento que se había transformado en amargura treinta años más tarde. Yo no tengo esa sensación. Tuve suerte.

Una de las frases favoritas del padre Paco era que lo peor que una persona puede ser es un «veleta». Es evidente que estas afirmaciones, aunque bienintencionadas, pueden ser demoledoras para adolescentes desorientados, pero también es cierto que la búsqueda de un criterio, el esfuerzo de reflexionar antes de tomar una decisión y la voluntad de buscar la coherencia, son valores positivos.

No sé nada de pedagogía y no me atrevo a juzgar los métodos educativos de la escuela a la que fui. Seguramente ahora, cuando he tenido que escoger la de mis hijos, he buscado valores distintos, valores que en aquellos tiempos no parecían importantes, pero el padre Paco me dejó clavado en mi consciencia su principio preferido y el clavo aún no se ha aflojado, exijo a los que tienen la responsabilidad de dirigir los temas públicos que no sean unos veletas.

Por suerte y por el esfuerzo de muchos, algunos públicos y otros, los más, anónimos, vivimos en una sociedad que ha conquistado la democracia como el sistema más civilizado de convivencia. Un sistema que nos permite escoger a los que nos representan para realizar la tarea de construir las normas con las que nos dotamos para que la sociedad funcione eficientemente y con justicia.

Lo bueno de este sistema es que los que hacen las normas rinden cuentas en las urnas, pero a veces olvidamos que también rinden cuentas con la historia. Cuando se olvida la historia, cuando la historia no es más que una historieta de cuatro años y las elecciones son el único objetivo, salvar las elecciones es la razón última de las decisiones y el viento cambiante mueve caprichosamente las propuestas de los partidos políticos.

Criticar sin piedad las políticas de los que gobiernan es un ejercicio saludable, para eso estamos los que votamos, pero conviene que la crítica esté basada en un criterio reflexionado. Cuanto más eficientemente funciona el equilibrio entre crítica y responsabilidad, más madura es la democracia y más beneficioso es el sistema para la sociedad.

Una sociedad como la nuestra, que ha conseguido unos niveles de bienestar importantes y es de las que se encuentran en las posiciones de cabeza en un mundo tan desigual, tiene la responsabilidad de reforzar, independientemente de los políticos de turno, las bases sobre las que está construida, Nosotros tenemos el deber de exigirles que miren más allá del horizonte electoral.

La educación, la justicia y la sanidad son los cimientos sobre los que se construye una sociedad como la nuestra y temas sobre los que los políticos deberían ejercer en grado máximo su responsabilidad más allá de las disputas electorales; lícitas y saludables, pero que no pueden en ningún caso hipotecar la estabilidad de estas columnas básicas.

Si analizamos las políticas en educación y justicia, el panorama no es muy alentador, ya sea por los cambios constantes y carentes de coherencia de los planes educativos, ya sea por la politización excesiva e irresponsable de la justicia.

La valoración sobre las políticas del medicamento como parte importante de las políticas sanitarias no puede ser mucho más alentadora; si bien es cierto que durante estos últimos años se ha profundizado en la modernización de un mercado no homologable con los países de nuestro entorno, se ha normalizado el sistema de patentes y se ha depurado en gran medida el parque de laboratorios farmacéuticos, eliminando la gran mayoría de los que eran incapaces de aportar valor al mercado ya sea a través de la innovación ya sea por el ahorro de los costos; también lo es que no se acierta a vislumbrar una línea coherente de actuación.

A partir de la introducción de los medicamentos genéricos en España –una incorporación tímida en la que los gobernantes no se atrevieron a cambiar en profundidad las reglas de juego, en la que la marca continuaba teniendo más peso del que la lógica le atribuye, una incorporación que no llevaba asociada ninguna política de incentivación de su consumo para el paciente, en la que se ha negado el papel profesional que le corresponde al farmacéutico– la política de precios del médicamente ha ido dando tumbos.

La legislación sobre el medicamento ha provocado una bajada de precios que al menos debería considerarse la posibilidad de tildarla de temeraria, una normativa que ha improvisado la mecánica de aplicación provocando el caos y la desinformación, una normativa que no contempla las diferentes políticas autonómicas y que las condiciona, todo ello aderezado con la eliminación de la obligatoriedad de que el precio aparezca en el envase mucho antes de que el precio se incorpore al código de identificación del medicamento, un código que aún no se ha decidido cuál será, todo ello aderezado con el olvido más absoluto de que todas estas normas deberían contemplar el cambio de modelo de receta tradicional a la receta electrónica, un proyecto calificado de estratégico pero que no se ha tratado como tal por el Ministerio de Sanidad.

No creo que sea exagerado decir que todo ello parece un poco incoherente. Estoy convencido que el padre Paco enviaría a casa a más de uno.

jueves, 2 de julio de 2009

Las cosas por su nombre


No puedo aguantar la tentación. La programación televisiva de esta noche incluye la película Blade Runner, de Ridley Scott. Me voy a servir una cerveza Coronita con media rodaja de limón introducida en el caño de la botella transparente, voy a abrir una lata de olivas rellenas de anchoas, voy a encajarme en mi rincón del sofá, y voy a verla una vez más. Es una de mis películas fetiche. Creo que lo que me atrapa de ella es la atmósfera húmeda y oscura que describe un futuro en el que aún se puede comprar comida frita en los tenderetes de un barrio chino atestado de chinos y en el que los policías aún pueden lucir ese bigotito negro, sombrero y gabardina arrugada. Un atuendo que les hace personajes tan antipáticos a primera vista, pero que permite también aderezarlos de matices tiernos para que podamos quererlos; un poquito.

Voy a volverla a ver para ver a la escultural Zhora, bailarina de striptease replicante, atravesando a cámara lenta los escaparates de una galería comercial, mientras los pedacitos de cristal salen despedidos como gotas de espuma, para caer abatida por los disparos de un joven Harrison Ford, interpretando a Deckard. Rick Deckard es un contradictorio blade runner especializado en retirar replicantes, un cazador de máquinas humanoides. De una de esas máquinas engendradas mediante ingeniería genética acaba enamorándose, al menos yo pienso que es así, aunque otros, mi amigo Pepe entre ellos, no piensan igual. Mi amigo está convencido de que Rick es también un ser sin alma. Me gusta ver como Rick Deckard se mueve en esa zona fronteriza entre el amor y la muerte.

Voy a volver a verla para ver la cara de Roy Batty, el formidable líder de los amotinados Nexus-6, interpretado por el actor holandés Rutger Hauer, para ver la expresión de su cara cuando muere bajo la permanente lluvia, una cara en la que se refleja la grandeza y el deseo de quien, sabiendo que los otros no se la otorgan, anhela tener alma.

Empieza a las diez, estoy sólo en casa, mi esposa ha ido a la inauguración de una exposición y después irá a cenar con sus colegas artistas. Yo he preferido ver la película. A las diez y quince minutos la película desaparece súbitamente de la pantalla. Una cancioncilla estúpida y una voz irritante, la de una mofeta lila que acompaña a un canguro naranja que la invita a tomar unas copas en su apartamento, me deja atónito. Me quedo con la boca semiabierta, con una aceituna en la boca, con la irritación subiéndome desde la zona del píloro como si fuera un reflujo gástrico, para el que el omeprazol se muestra ineficaz. Me quedo con cara de tonto.

Lo de la pantalla es un anuncio que quiere venderme un ambientador con el argumento de que si mi casa no huele bien no van a querer venir ni las mofetas. ¡Qué agudeza!

Después de estos veinte segundos ya tengo la certeza de que me he equivocado. Ir a visitar la exposición de pintura hubiera sido más interesante. Mi esposa estaría más contenta y yo me hubiera evitado tragar varias tandas de anuncios impertinentes que me van a intentar convencer del coche que me hará más ecologista, del desodorante que me hará más atractivo, del político en el que debo descargar mi responsabilidad colectiva y del sobrecito que me permitirá ir a trabajar mañana, aunque esté con un trancazo importante.

Apago la televisión, estoy enfadado conmigo mismo. Me acerco al ordenador. Intentaré escribir el artículo del número 417 que tengo atrasado. Ya que he cometido el error de quedarme, en el que ya he incurrido alguna que otra vez, intentaré aprovechar el tiempo. El anuncio del medicamento es lo que me viene a la memoria cuando abro el fichero de Word sin estrenar, y la pantalla con el recuadro blanco me interpela. Si la inspiración es benevolente y encuentro las palabras, escribiré un artículo sobre la prescripción de medicamentos. Es un artículo que ya he empezado algunas veces, pero que nunca he terminado, seguramente por haber intentado ser lo más correcto posible.

El debate sobre la prescripción de medicamentos es un debate basado en la hipocresía. La hipocresía de los profesionales sanitarios y la de los legisladores. ¿Cómo es posible que un ministro de Sanidad lance la idea de convertir un medicamento hormonal como la pdd en un medicamento de libre consumo, y se cuestione la capacidad de profesionales sanitarios como las enfermeras y los farmacéuticos para decidir la conveniencia de la instauración de determinados tratamientos o sencillamente su continuidad? ¿Cómo es posible que en nuestro país sólo existan medicamentos que deban ser prescritos por un médico y todos los demás puedan ser prescritos por la televisión?

Cuando la alfabetización sanitaria de los ciudadanos hace posible que todos nos quedemos con la consciencia y la ciencia tranquila, promocionando medicamentos en la televisión basándonos en la seguridad de su manejo, no creo que sea una osadía irresponsable plantear cuatro líneas de trabajo como las siguientes:

1. Crear una categoría nueva de medicamentos que requieran la prescripción de un farmacéutico.
2. Establecer circuitos de comunicación entre profesionales que aseguren una visión global del seguimiento de los tratamientos.
3. Exigir que la dispensación de determinados medicamentos esté avalada por la firma de un farmacéutico autorizado.
4. Aprovechar las TIC para que los procesos y los registros sean trazables.

Lo que realmente es temerario es esconder la cabeza debajo del ala. La sociedad ha cambiado, las necesidades de los ciudadanos han cambiado y la presión asistencial crece exponencialmente. ¿Continuamos con debates estériles basados en disputas gremialistas o intentamos aprovechar de una manera racional y responsable todos los recursos que están a nuestra disposición?

Después de haber hecho implícitamente una crítica interna, pienso que me he ganado el derecho de hacerla también a los que les hemos cedido la responsabilidad de legislar. Una crítica contundente para los que utilizan cuestiones que afectan a la salud para obtener rendimientos electorales. ¡Qué agudeza, también!

jueves, 18 de junio de 2009

Espigolant


En el ochenta y siete nació mi primer hijo. Los días que ya he gastado desde entonces son una losa que va hundiendo la luz de aquel día en el oscuro pozo de la memoria. Me pregunto si la ilusión misma murió y lo que continúa viviendo es el recuerdo de ella misma. ¿Continúo viviendo el recuerdo de la ilusión? Tanta ilusión concentrada en ese instante mágico se va diluyendo en un río que no cesa. Un instante crucial en el que se encontraron, la raíz que más nos une a la tierra con el aire que nos libera de su gravedad, la condena newtoniana que nos amarra al polvo, el recuerdo impertinente de nuestro destino.

La vida fluye por el cauce del tiempo, con un ritmo que sólo controla él. A veces tumultuoso, a veces cansino. Viajamos sin conocer las razones del caprichoso río; de golpe nos encontramos descendiendo velozmente por los rápidos de una corriente descontrolada y, sin apenas darnos cuenta, toda esa vorágine parece que se calme y nos encontramos fluyendo por meandros de lento placer. Súbitamente, parece que el río no tenga ninguna prisa por llegar al delta. Parece que se rebela y que no quiere ceder todo el aluvión a un mar que le espera con una paciencia eterna.

A veces me veo mirando mi vida desde una platea vacía. Mi vida proyectada en una pantalla efímera que me atrapa en la noria constante de las manecillas de mi reloj. De mi vida.

Otras veces me escucho la sangre calentando mis venas. Borbotones de gritos, miradas calladas que gritan en silencio, besos que me aferran a labios vecinos. Mi vida abrazando mi piel. Mi vida vivida.

La vida es un juego que nos transporta constantemente de la platea a la pantalla, un juego en el que está prohibido escapar de la pantalla para volver a la butaca que hemos dejado vacía. Los recuerdos son un rastro que se mira, pero que no se toca. Sin embargo, existe un flujo mágico, un túnel escondido, una cola luminosa de lucecitas de colores que nos lleva a poder revivir lo vivido. Un vaivén que dibuja una vida más esférica, menos plana.

Me esfuerzo por reconocer algunas imágenes que aparecen en la pantalla cuando viajo hasta el ochenta y siete, el año en el que empecé a ser padre.

En el ochenta y siete ya era farmacéutico. No tengo claro –las sombras que oscurecen los recuerdos me lo impiden– cuales fueron las razones por las que ya era farmacéutico en el ochenta y siete. Recuerdo mis años en la Facultad de Farmacia de la Universidad de Barcelona, pero no recuerdo ni el primer día de clase, ni tampoco recuerdo mi último día, ese teórico día en el que aprobé la última asignatura.

Fueron unos años tranquilos, examen a examen, juerga a juerga; en esos días el río fluyó sin pausa, sin demasiada prisa. No tengo ni ganas ni tiempo para averiguar si podía haber fluido por otros cauces y mis recuerdos ahora serían otros. Una vida ya te interroga tantas veces para estar preguntándote sobre las vidas que no han sido.

Es curioso, hace unos días, en uno de esos viajes río arriba, encontré un trocito de profesión escrita en la Circular del Col·legi de Farmacèutics de Barcelona. Era en mayo del ochenta y siete. Espigolant se titula la sección que nació en esos días. No recuerdo nada especial, me acogió con los brazos abiertos, pero sin muchos aspavientos. Era una sección nueva con la voluntad de recoger novedades publicadas en revistas científicas que trataban de nuevos medicamentos, de tratamientos y de los resultados de los mismos.

Durante veintiún años, Espigolant no ha dejado de acompañarme todos estos días. En la farmacia, en las guardias –cuando las hacía–, en el despacho de casa, algún domingo por la tarde después del partido. Una sección que, sin estridencias, ha sido una voz tenue que ha ido recordándome, sin gritar, que yo era farmacéutico y que el medicamento necesita un profesional que se preocupe de descubrirlo, de prepararlo, de vigilarlo, de ayudar a utilizarlo bien y también a evitarlo.

Espigolant ha ido posándose sin prisa en mi historia profesional. Una historia como muchas, una historia anónima para casi todo el mundo. Una historia que pocos van a leer. Una historia con una geografía concreta, el barrio de la Sagrada Familia, junto al monumento más representativo del papanatismo más recalcitrante. Una historia de farmacéutico de barrio.

En muchas ocasiones la historia del farmacéutico de barrio puede parecer un paisaje de horizontes demasiado cercanos, limitada. Cuando este sentimiento me ha atenazado, poder tener a mano y leer Espigolant me ha servido de bálsamo. Ha sido como un golpecito cariñoso en el hombro, ese ánimo que te ayuda a dar el próximo paso, justo el paso necesario para continuar el viaje. Ahora que tengo la oportunidad de poder decirlo en un medio que permitirá que algunos compañeros puedan leer mis palabras, lo digo, gracias. También estoy satisfecho de poder decir a colegas que no han tenido la oportunidad de leer esta sección, que durante estos años la persona que ha estado detrás de Espigolant es Núria Casamitjana, una compañera que es la autora de este trocito de profesión. Una de esas pequeñas cosas que van dibujando poco a poco el presente, el día a día, la vida.

Con los años he ido aprendiendo que estar en la farmacia, cerca de las personas que van entrando repetidamente, esas personas que tan pesadas parecen los días en que las nubes grises encapotan el ánimo, es una parte esencial de la profesión que escogí o que me encontré. (Aún no estoy preparado para escribir sobre la verdad, si es que existe, de mi decisión, si es que lo fue, de ser farmacéutico. Seguramente no escribiré nunca sobre ello).

miércoles, 3 de junio de 2009

La brújula


«Todos los caminos llevan a Roma». Me lo creí durante algunos años, pero no era cierto.
(No resisto la tentación de apuntar que este año, al menos el camino que siguió el Barça, efectivamente llevaba a Roma).

Salía de casa de mis abuelos con la ilusión de los exploradores. Me perdía por los caminos que viajaban a través de los campos de trigo. Cuando era un niño era más osado que ahora. Navegaba por mares dorados que se movían mecidos por la brisa y que inundaban el aire de un perfume que aún me viene a la memoria cuando el verano asoma por la esquina del deseo. La expectativa del verano me continúa asaltando cada año, justo cuando acaba marzo. Cuando empiezo a vislumbrar la luz de la primavera, cuando descarto la camiseta imperio bajo la camisa, cuando las mangas cortas me dejan ya más libre.

Durante esos años inocentes, recorría los caminos que partían de los campos que rodeaban la casa en la que pasaba los veranos, con la esperanza de encontrar la ciudad imperial al final del viaje. El destino esperado era la capital de un imperio imaginario. Un espejismo fabricado en las sesiones de tarde dobles, en el cine de la plaza. En las películas de romanos descubrí las brillantes armaduras de las legiones y los cascos con plumeros rojos de los centuriones cabalgando en caballos blancos.

Mi inocencia me impedía pensar que no era cierto que aquellos caminos me llevarían a esa ciudad en la que los leones se comían a los mártires cristianos en la arena del circo. Un estadio en el que el pueblo romano gritaba y jaleaba –como los culés en Stamford Bridge– a un maléfico Nerón. Un personaje odioso, que en las películas siempre salía regordete y con una lira.

Mis excursiones por los caminos entre los campos de algarrobos nunca me llevaron a la ciudad eterna, pero siempre pensaba que el motivo por el que no había llegado al obligado destino era que no había andado suficiente, siempre creía que Roma estaba más allá de la última montaña.

Cuando volvía de mis excursiones entraba en la cocina, con una cierta desilusión que me iba moldeando. Julia me había preparado un bocadillo para merendar. Mientras yo no llegaba, ella me esperaba y lo guardaba en un armario. Me regañaba porque siempre llegaba tarde, pero siempre tenía mi bocadillo esperando. Sabía que me tocaba escuchar su regañina, lo sabía y también lo esperaba, era como si esperase un abrazo, era la manera de saber que ella cuidaba de mí. Recuerdo la tarde que me preguntó por qué siempre llegaba tarde y yo le contesté que intentaba llegar a mi destino.

– ¿A dónde quieres llegar? –me dijo.
– A Roma, a dónde si no.
Julia se puso a reír.
– ¡No digas sandeces! A Roma no se llega por esos caminos. Por donde tu vas, llegarás al parque de Marianao y, si espabilas un poco, a la ermita de San Ramón.

No quería creer a Julia, pero en un rincón de mi pensamiento sabía que tenía razón. Julia nunca me contaba cuentos. Cuando ella me contaba su historia, para mí era como un cuento de aquellos que te gusta que te repitan. Disfrutaba escuchando sus palabras que, de una manera reiterada, me explicaban cómo, de niña, dejó Quintanarrubias para ir a Madrid a trabajar en un sanatorio, con las monjas, en los años de la guerra y cómo después aprendió a cocinar en la cocina afrancesada de una familia de la Bonanova, en Barcelona. Julia aprendió muy pronto que los caminos pueden llevarte a destinos distintos a Roma. Estaciones en las que, no siempre, querrías apearte.

A menudo me pregunto si no es más aconsejable la ilusión que la reflexión. Mis tardes de cine y mis excursiones hacia destinos imposibles son recuerdos que insisten en esa duda; hay algo, en los días de verano de mi niñez, que alimenta mi duda. Un niño que no quiere marcharse se esconde en mis contradicciones, le oigo gritar.

Con los años he aprendido que es importante saber acallar esos gritos cuando de lo que se trata es de elegir a los que deben escoger el camino por el que debe avanzar la profesión. No es indiferente el camino que se escoge porque no todos llevan al mismo destino.

Son días de renovaciones en la cúpula directiva del Consejo General de Colegios de Farmacéuticos de España. Las decisiones que allí se tomen, las direcciones sobre las que se fijen las estrategias, incluso la imagen que la nueva directiva ofrezca de la farmacia española, afectarán e influirán en el futuro del colectivo. Por eso es importante acallar esos gritos.

La inexistencia de una confrontación electoral ha impedido que los candidatos presenten su hoja de ruta; sin embargo, es de agradecer la determinación de los que dan un paso al frente, aunque este mérito no conlleve que no debamos exigirles que nos anuncien los caminos que quieren tomar y estar atentos a los primeros pasos que dan.

La organización corporativa farmacéutica necesita una adecuación urgente de sus estatutos y una adaptación inmediata de sus estructuras a la nueva organización política del Estado y a la organización del sistema sanitario español. No es de recibo que el Consejo General asuma con la tibieza con la que lo ha hecho hasta ahora la estructura descentralizada de la sanidad.

No es suficiente introducir discursos que destilan una cierta comprensión de los cambios, es preciso que el Consejo demuestre que es una verdadera locomotora de los cambios y los primeros pasos deben cristalizar en unos nuevos estatutos y en una estructura presupuestaria que contemple la nueva realidad.

Es cierto que la inmediatez de la multitud de temas que están encima de la mesa de la farmacia obligan al regate corto y que la habilidad es necesaria, pero no podemos perder de vista que de lo que se trata es de ganar la liga y para hacerlo se necesita escoger un buen esquema de juego.¡Con lo bien que me lo pasaba imaginando las legiones de armaduras resplandecientes desfilando por los campos de trigo y de algarrobos en esos veranos cerca del parque de Marianao! Me voy al videoclub a por una de romanos.

jueves, 21 de mayo de 2009


Todos tenemos algún paraíso imaginado. Algunos tenemos la suerte de hacerlos realidad, aunque sea a medias. La posibilidad de hacer el turista nos acerca a ellos. Cuando hacemos el turista, somos como un niño aplastando la nariz en el cristal de un escaparate. Atenazados por tener el objeto de nuestro deseo tan cerca. Paralizados, con la cara pegada a la frontera transparente en un gesto que la distorsiona grotescamente. Una imagen que me recuerda mis paseos por el salón de espejos cóncavos y convexos, una de esas atracciones mágicas que tenían los parques antiguos.

Aún no he tenido oportunidad de acercarme a Racalmuto, un pueblo de Sicilia. La isla es uno de los paraísos que me gustaría conocer. Un trozo de tierra en el Mediterráneo. Una piedra seca jugando entre las olas del líquido amniótico en el que se han gestado mi mundo, mi lengua, mis cicatrices.

Cuando leo a Leonardo Sciascia me imagino la plaza de Rocalmuto, el pueblo donde nació, cerca de Agrigento, en la costa más meridional de la isla. Una plaza en la que, me imagino, se cruzan los gritos de los niños jugando en la calle con el médico y el abogado que van a trabajar a la oficina, cuando se dirigen a la farmacia de la esquina para comprar analgésicos y para hablar con el farmacéutico. A menudo la conversación continúa en el café, todos alrededor de la mesa en la que está leyendo el periódico el cartero que se toma el respiro matinal después del reparto de la correspondencia.

Mi amigo Miquel y su esposa Nené, que leen mis artículos, pero que no son farmacéuticos, me regalaron hace unas semanas A cadascú el que és seu (A cada uno lo que es suyo) una ligera novela de este escritor consagrado. ¡Cómo escribe! Mi imaginaria plaza se esconde en la atmósfera que envuelve las páginas de esa novela. Cuando me la regalaron, ya me avisaban en la dedicatoria que el autor también hablaba de farmacéuticos, como yo en mis artículos. Era cierto, la palabra sesenta y cuatro de la traducción catalana es «farmacèutic».

La presencia del farmacéutico en la historia es breve, después de diez páginas, el veintitrés de agosto de 1964 el farmacéutico Manno es asesinado. Pocos días después de haber recibido un anónimo misterioso. Manno no es asesinado sólo, cae abatido por un disparo; el mismo tratamiento que recibe el médico Roscio, con el que compartía su pasión por la cacería.

Con una ironía marcada por una cierta amargura, Sciascia va desenredando una madeja de relaciones sociales y políticas que están escondidas en las entrañas de lo que en principio parece un ajuste de cuentas provocado por un farmacéutico que ha cometido algún desliz con alguna joven clienta. Un crimen con el sello típico del país cuna de la mafia.

Un crimen que, por los primeros indicios, tiene como objetivo al farmacéutico y que alcanza por accidente al médico y a uno de los perros de los diez que les acompañan. Parece que ambos caen abatidos por estar junto al boticario Manno en su primera salida de la temporada de caza. Sin embargo, el desenlace de la trama otorga A cada uno lo que es suyo. La muerte del farmacéutico no es más que una tapadera del verdadero objetivo del arreglo, el médico.

¿Quería Sciascia decirme que en el casting de la película de la vida todo el mundo tiene su papel y que cuando se trata de la salud, el papel de protagonista siempre se lo lleva el médico? Esta pregunta va asomando con sigilo en mi pensamiento una vez ya he acabado de leer la novela. Cuando dejas un libro es como cuando acabas una copa de buen vino, todos los matices que ambos esconden van asomando y te acarician los sentidos o la mente.

El cosquilleo de la interrogación me incita a invitar a la lectura de la novela a varios amigos a los que cuando me devuelven el libro, una vez que me he interesado por si han disfrutado leyéndola, les pregunto también si les ha parecido que el autor envía algún mensaje sobre la relación entre médico y farmacéutico.

La verdad es que la mayoría me contempla y escucha con perplejidad.

– ¿Crees sinceramente que lo importante de la novela es la relación entre profesionales, no crees que se trata de una reflexión sobre los mecanismos de poder en una sociedad dominada por unos pocos en la que la mayoría juega un juego que ni conoce?

Seguramente tienen razón. Sin embargo, María, una farmacéutica ilusionada y apasionada me contesta que a ella le ha parecido, entre otras cosas, que Sciascia piensa que el vínculo entre médicos y farmacéuticos es muy fuerte y que debe continuar hasta las últimas consecuencias. En cambio, Pedro, que también es un farmacéutico ilusionado, aunque es difícil adivinar si también es apasionado, me comenta que está claro que para el escritor el farmacéutico está subordinado y condicionado por el médico.

La mayoría debe tener razón. La novela va más allá de este conflicto y el mundo también. Sin duda, el enfoque que hago sobre la asignación de papeles es una deformación profesional provocada por estos artículos. Debo esforzarme por paladear otras palabras, otras frases, otras ideas.

De todas maneras, como el cosquilleo continúa y a quien realmente la pregunta se le presenta como un eco interminable es a mí, no dejo de pensar en la necesidad de realizar una reflexión profunda sobre la relación entre médico y farmacéutico y en su imprescindible adecuación a las necesidades de las sociedades y a las exigencias de los ciudadanos que han evolucionado rápidamente y que ya ni siquiera son las mismas que existían cuando Sciascia escribió su libro.

Debe ser eso.

Voy a pasear por las paradas que las librerías han instalado por las calles de Barcelona. Es Sant Jordi. No sé si el libro que voy a empezar hablará de farmacéuticos. Seguramente, no. j

PD. A propósito de la novela de Sciascia –que aconsejo porque su lectura ha sido muy placentera– propongo que los lectores que quieran cuelguen en el blog «Planeando» novelas en las que aparezcan farmacéuticos. Un juego que nos puede proporcionar sorpresas. Cada libro es, al menos, una sorpresa.

jueves, 7 de mayo de 2009

El diccionario


La calle es estrecha y las aceras parecen de charol por el brillo del agua. La lluvia no ha dejado de mojar con parsimonia los adoquines desde la madrugada. La puerta de la librería de libros usados se abre hacia fuera. La luz en el interior es tenue, es de un amarillo paja que hace juego con el blanco envejecido de las hojas de los libros que ilumina sin desnudarlos. Es una luz pudorosa, respetuosa con los años y con las raspaduras de los libros viejos.

Un olor de polvo viejo me saluda cuando tiro del picaporte de la puerta de madera oscura y cristal translúcido. Un antiguo perfume de letras y palabras impresas, una fragancia llena de matices de tintas y de papel que se va diluyendo lentamente en el aire. Polvo de libros viejos.

Hace meses que estoy buscando La pell de brau, de Salvador Espriu, editado en 1960 por los Llibres de la Lletra d’Or, para regalársela a mi amigo Leopoldo cuando vaya a verlo a Vigo. Espero que le guste, que la añada a su colección de primeras ediciones de grandes autores y la saboree cerca de la ventana de su salón mientras cae la lluvia espesa de Galicia.

Parece que el abrigo gris del único cliente que se mueve entre las estanterías está completamente seco. Da la sensación de que el cliente no ha salido de los pasillos estrechos en todo el día. Está absorto, pasando lentamente las páginas de un libro grueso. De vez en cuando parece que levanta la vista del libro y la expresión de la cara refleja alegría con un brillo infantil en sus ojos. Parece la expresión que tiene un niño al abrir el regalo traído desde el lejano oriente por sus magos que pronto dejarán de serlo.

Tengo curiosidad por las historias que poco a poco van tejiendo la gran novela que supuestamente está leyendo, las descripciones minuciosas de paisajes misteriosos, los retratos de personajes que van mostrando facciones ocultas, las frases de ritmos redondos, y tengo envidia y curiosidad por saber más de la historia que debe estar disfrutando. Parece una persona afable y educada, lo que me incita a acercarme a él y preguntarle por el autor de su estimulante lectura.

– ¿De quién es este monumento de la literatura?–. Una estúpida manera de empezar una conversación, «monumento de la literatura» es un insulto a la inteligencia, una cursilada, un sacrilegio imperdonable en un santuario de palabras, pero a veces para iniciar una conversación se cae en esas estupideces. Me siento como un adolescente lanzando el anzuelo con el manido: ¿estudias o trabajas? Un rubor de vergüenza se encarama a mis mejillas, aunque la tenue iluminación de la cripta de papel lo disimula eficientemente.

El lector del abrigo gris me responde, con una elegancia exquisita, que el libro que está leyendo no tiene autor y no hace ningún comentario irónico sobre mi pregunta. Se lo agradezco. Me explica con sabiduría que los diccionarios son como cofres en los que se esconde un tesoro de palabras. Una urna que puedes vaciar lentamente mientras descubres piedras preciosas de colores imposibles.

Me quedo sin palabras en un mar de palabras. Debe ser esta mudez la que me impide presentarme como corresponde. No logro comprender del todo la fascinación que el diccionario provoca al lector del abrigo gris, que educadamente se presenta, él sí, como Fabián Badía Ensenada. También me cuenta que se dedica a la abogacía en un pequeño bufete, pero que su verdadera vocación es la de descubridor de palabras, por lo que, cuando tiene tiempo, lo que sucede a menudo, lee y relee un diccionario, saboreándolo como una copa de brandy antiguo, sin prisas.

El encuentro en la librería es un recuerdo que siempre está presente en todas las conversaciones que hemos tenido a partir de aquel día. Nos vemos y nos hablamos cada mes y Fabián me trae palabras, me enseña sus descubrimientos.

Hace ya algunos meses que Fabián parece menos apacible, como si algo le molestara lo suficiente como para romper esa serenidad que siempre refleja su fisonomía. Leo, como cada mes, su lista de palabras preciosas, pero hoy me interesa más saber lo que crispa las arrugas suaves que nacen en el extremo exterior de sus ojos.

Fabián me cuenta que cada día está más preocupado por la utilización indiscriminada de lo que él llama palabras paraguas. Palabras que sirven para parar el chaparrón. Escudos que impiden la utilización de las palabras realmente adecuadas.

¿La espectacularidad es la única característica de las buenas acciones de los jugadores de fútbol? ¿Dónde están la habilidad, la potencia, la inteligencia, la imaginación, el virtuosismo, la coordinación, la velocidad, la plasticidad, la belleza?

¿Cómo es posible que la transversalidad sea la solución mágica para todo, para la política, para las empresas, para las relaciones sociales, para las relaciones familiares? ¿Sirve la transversalidad para un barrido o para un fregado?

Me voy del encuentro preocupado y me olvido de la lista de palabras que me ha traído Fabián. Salgo de nuestro rincón en el Café del Centre, de la mesa redonda de mármol blanco situada en el fondo del local, detrás de un biombo de madera, pensando en las palabras paraguas.

Al llegar a la farmacia me encierro en mi rincón de lectura para descubrir algún espécimen de palabra paraguas en las publicaciones profesionales. Encuentro una. Realmente fea. Interoperabilidad. Tiene todos los síntomas de ser una de ellas. Se repite constantemente. La interoperabilidad parece ser el mayor motivo de preocupación en el despliegue de la receta electrónica, parece que todos los problemas se deban a la interoperabilidad perdida.
Pero, ¿como influirá la receta electrónica en los futuros conciertos con las consejerías de Sanidad? ¿Favorecerá la receta electrónica un mejor uso de los medicamentos? ¿Ayudará la receta electrónica a disminuir la carga burocrática que debemos soportar los médicos y los farmacéuticos? ¿Será un instrumento útil de coordinación efectiva de los profesionales sanitarios? ¿A nadie le preocupa la manera de financiar el proyecto? Parece que todo dependa de la interoperabilidad. A veces me pregunto por qué los diccionarios son tan gruesos si con una sola palabra podemos responder a tantas preguntas.

miércoles, 22 de abril de 2009

El jardín

Agradable. Parece que el césped está cortado a navaja. Una alfombra persa de lana verde brillante, en la que los arabescos están dibujados por parterres de begonias y petunias rosas, amarillas y rojo sangre. Ni una brizna de hierba fuera del sitio que le ha asignado el jardinero, el fiel jardinero que trabaja durante toda la semana. Trabaja con la delicadeza de un artesano, con la perfección de un relojero, su mundo está acotado por un tupido seto de ciprés recortado con escuadra y cartabón, una pared de tupido verde. Ordenado, esforzadamente ordenado, los paseos por el jardín transcurren por caminos trazados con cantos rodados, como cauces domesticados de riachuelos antiguos. Un jardín.

El jardinero fiel dibuja con marcial decisión la frontera de un mundo dentro del mundo, un mundo aparte, un oasis apacible, una burbuja esférica en un bosque de aristas, de ramas secas y de malas hierbas indisciplinadas que crecen entre el tomillo y el romero. Un bosque desordenado en el que las hormigas y las babosas encuentran los caminos no marcados. Un caos en el que la vida cada día habla con la muerte.

Un corte preciso, una intervención quirúrgica sin asomo de temblor marca un territorio en el que incluso el perfume de las rosas mantiene el aire protegido de la mezcla de olores del moho, de la madera pudriéndose y del orín de los perros y de los gatos que luchan por marcar su territorio. El fiel jardinero trabaja con sistemática delicadeza para que nada de todo eso entre en nuestro jardín.

Apacible. Los colores y los olores no chocan, se acarician sin ruido. Un corsé civilizado a cada sentido en su sitio. A la vista y al olfato. Incluso los pájaros parece que pidan permiso para posarse en los árboles podados por el jardinero fiel. A veces pienso que, por las noches, cuando no está cortando, podando, regando, el fiel jardinero tiene una pequeña academia de adiestramiento para pájaros, en la que les imparte clases particulares para adecuar sus modales a la normas de su jardín, para que sus trinos sean armónicos, para que sus cantos no rompan la paz de los sentidos. Una tarea encomiable, aunque de vez en cuando asoma un atisbo de duda sobre el trato que reciben los alumnos díscolos. Sólo pienso en ello de vez en cuando.

Una frontera impermeable, levantada con la tenacidad de un vigilante de prisión, separa el jardín del zumbido de las abejas que roban alegremente el corazón de las flores salvajes. Nuestro jardín no tiene miel, pero, al atardecer, cuando acaba de rastrillar, el fiel jardinero penetra en el corazón del bosque, en busca de la miel que atesora los corazones de las flores mezclados con los rayos de sol. Una miel que servirá para preparar unas tostadas que me podré desayunar mientras contemplo el jardín.

Suena el timbre. No espero a nadie, cuando suena el timbre y no se espera a nadie se produce una leve aceleración del ritmo cardiaco, un síntoma somático de que debemos estar preparados para aumentar la atención. Un síntoma de que alguien merodea cerca de nuestro jardín.

Su presencia ocupa una buena parte del umbral de la puerta, no es pequeño ni un gigante, los ojos le brillan detrás de unas gafas que se percibe que le acompañan desde hace años, ya son parte de su fisonomía, marcada por un potente bigote. Una leve curvatura de su espalda acerca su cara a su interlocutor, una postura que sugiere que el visitante está más dispuesto a escuchar que a decir, es como una leve inclinación que da a su figura la sensación de que se trata de una persona curiosa y educada.

Aunque la presencia del visitante es bastante tranquilizadora, el estado de alerta no disminuye.

– No necesitamos nada–. Digo educadamente, a modo de advertencia.
– No, no vengo a vender nada, estaba paseando por el bosque que rodea su magnífico jardín. Perdone, pero a través de una rendija en el seto (el fiel jardinero también falla de vez en cuando, sólo de vez en cuando) he visto que estaba desayunando solo y he pensado que a lo mejor le gustaría pasear por el bosque y poder conversar con usted precisamente de los que no tienen nada.
–Usted aparte de fisgar en el jardín de las casas ajenas, ¿a qué se dedica?
– Cuando empecé a viajar, hace ya algunos años, en Erding, un pueblo cerca de Munich, un farmacéutico bávaro me bautizó como Wanderprädiger, me explicó que la palabra significaba «predicador ambulante». Supongo que me definió de esta manera por la pasión que yo demostraba al ir desgranando las virtudes de los productos del catálogo de jardinería, por aquel entonces me dedicaba a la jardinería, era un buen vendedor de productos para tener los jardines a punto, aunque mi estancia en la Selva Negra empezaba a despertar mi curiosidad por los bosques.
»Me gustó el nombre Wanderprädiger. Ahora me dedico a predicar. Intento explicar que cerca de nosotros, de nuestro mundo, del primer mundo, justo detrás del seto, existe otro mundo, el cuarto mundo, el que ocupa el farolillo rojo en la clasificación de los mundos, un mundo en el que habitan los que no tienen hueco en ningún otro. Un mundo en la esquina, en el que el acceso a los medicamentos es difícil y que ni un sistema de protección social tan amplio como el nuestro cubre todas las necesidades. Desde ese momento voy explicando el proyecto de la Asociación Banco Farmacéutico. A eso me dedico.

Sin darme cuenta estoy caminando entre abejas, tomillo, hojas secas. Conversando con Alejandro, que me ha dado una tarjeta con la dirección de la Asociación Banco Farmacéutico. Cuando llegue a casa voy a mirarla. www.bancofarmaceutico.es.

viernes, 17 de abril de 2009

La geisha

Es una mezcla de vértigo y de deseo. La estepa vacía, el desierto sin límites siempre ha sido un paisaje que me ha seducido. Tiene algo que ver, no sé qué, con los rincones más escondidos de la piel de un amante. Un remolino que te engulle, que te arrastra hacia un fondo oscuro que no se ve. De vez en cuando intento rebuscar el motivo de esta pasión oculta, entre la hojarasca del bosque de la vida, pero es una pérdida de tiempo, si existe alguna razón, la vida es demasiado corta y el bosque es demasiado grande para meter la mano en esa alfombra húmeda de hojas que van pudriéndose lentamente. La vida es demasiado corta, demasiado misteriosa, demasiado húmeda y caliente para que un paseante perdido entre las sombras permanentes conozca sus secretos, para alguien que, a lo máximo que podrá aspirar, será a escuchar el ruido de sus pasos por ese mar de hojas rompiéndose y a sentir el olor dulzón de la vida al nacer de entre la muerte.

En la sequedad que se extiende entre Bujaraloz y Cadasnos, en ese páramo en el que, en verano, parece que la realidad tiemble entre la tierra y el aire, me siento una piedra, una piedra más del pedregal blanquecino que se pierde como un suspiro reseco por el horizonte difuso. Me gusta estar allí, sintiéndome una piedra, sin sentirme pequeño.

Una sensación de grandeza, tan extensa como esa nada que se pierde por la recta inacabable de la carretera blanda que huele a alquitrán recalentado, llena mi pecho.

Martín Almirante de Cervera es de familia de aventureros. Alguna vez que hemos coincidido en alguna reunión de antiguos nostálgicos de alguna cosa me ha asegurado que un antepasado suyo viajó a las Américas acompañando a Cabeza de Vaca por su periplo por la costa de Florida. Nunca he visto alguna documentación que soporte esta historia, pero su nombre es un indicio de la verosimilitud de la historia. Lo que puedo asegurar es que he visto el desierto del Sahara en los ojos de Martín. Le gusta dormir en las dunas después de admirar la nada de la arena quemada por el sol. Arena, sol y cielo. Sólo eso y él.

Envidio a Martín. Él ha estado en el desierto, en el desierto inmenso. Allí se ha sentido un grano de arena, pero su pecho se ha inflado del infinito, como yo en los Monegros, pero a lo bestia.

En algún momento de calma durante una de esas reuniones aburridas le describí a Martín esa sensación de grandeza que yo sentía en la estepa aragonesa. Esperaba que la conversación sirviera para que me contara sus sensaciones en el desierto. Esperaba descubrir en su relato algo de lo que se sentía en el escalón de más arriba, en el peldaño al que yo aún no he podido encaramarme. Martín es un buen conversador y su relato fue tan interesante como imaginaba, pero su respuesta me sorprendió. Para él lo importante no era lo que veía, lo realmente emocionante era que allí nadie le miraba, allí se notaba él y el vacío. Era él sin matices.

Se sentía sólo él, sin la prisión de la imagen de él mismo. El desierto era como un espejo sin reflejo, un mundo duro en el que la verdad no estaba enterrada por una capa de maquillaje compacto, una geisha sin su capa de polvo de plomo encima de la base de bintsuke-abura –una mezcla ancestral de la cera del Toxicodendrum succedaneum con pequeñas dosis de aceite de sésamo para hacerla más extensible y aromatizada con esencia de clavo–.

¿Estamos preparados para vivir de esta manera? Con el vértigo que nos produce este vacío. La crudeza de nuestra piel imperfecta sin maquillaje nos asusta y vamos fabricando un equilibrio de medias verdades que nos permite vivir sin tantas aristas, más cómodamente, más civilizadamente.

Hemos construido un mundo en el que la imagen que los otros tienen de nosotros es esencial para nosotros mismos, nos pasa a cada uno de nosotros y nos pasa también a los colectivos. Es difícil encontrar el equilibrio que nos permite ser nosotros mismos sin perjudicar la imagen que de nosotros tienen los otros. La respuesta está en el centro de una esfera, un espacio ínfimo en el que es difícil moverse sin caerse.

Detecto en el sector una preocupación desmesurada por la imagen que la sociedad tiene de los farmacéuticos. La profesión farmacéutica ha recorrido un largo camino de normalización durante las dos últimas décadas. Un recorrido desde un aislacionismo sectorial hacia la transparencia y la normalidad. Los farmacéuticos somos unos profesionales con problemas que nos afectan, con intereses sectoriales, con fricciones con otros profesionales, con todo lo que le sucede a cualquier profesional. Los farmacéuticos estamos normalizados.

No podemos caer en el engaño de estar más preocupados de nuestra imagen que de profundizar y reflexionar sobre lo que realmente somos. Es importante preocuparse de lo que decimos de nosotros, pero lo es mucho más hacerlo de lo que hacemos o incluso aún más de lo que queremos hacer.

La verdadera fuerza que los farmacéuticos tenemos es la fuerza de nuestra proximidad con el cliente/paciente y nuestra capacidad de escucharlo, de comprenderlo y de solucionarle problemas. Ninguna campaña de imagen nos aportará más que esa labor y pocos, muy pocos, pueden atreverse a debilitar nuestra imagen si conservamos estos valores.

Seguramente es importante que los expertos nos ayuden a resaltar todo lo bueno que tenemos, seguramente es importante que nos ayuden a disimular los defectos que también tenemos, pero lo que no es posible es que creamos que lo esencial es como nos maquillamos. La vida de las geishas es muy dura. Ellas envejecen como todos.