lunes, 13 de diciembre de 2010

Bilbo


Una capa de polvo negruzco la cubría cuando me acerqué a ella por primera vez. Hace más de veinte años. Conocí antes a la brillante San Sebastián y paseé antes por la arena húmeda y compacta de su playa de La Concha que por la ría del Nervión o del Ibaizabal. Lo más probable hubiese sido que, después de conocer el esplendor y la elegancia de Donostia y de haber disfrutado de la panorámica de la ciudad que me había proporcionado el primer paseo en la Montaña Suiza del parque de atracciones del Monte Igueldo (Abro un paréntesis – Ya no quedan parques de atracciones que me atraigan. Ahora están de moda los parques temáticos, pero a mi me provocan una reacción alérgica que en algún caso puede llegar al shock anafiláctico. Ni siquiera mi Tibidabo me tienta ya, como no logró tentar el diablo a Jesús en el pasaje, contado por Lucas en su Evangelio, en el que se inspira el nombre de la cumbre más alta de la Serra de Collserola «…et ait ei tibi dabo potestatem hanc universam et gloriam illorum quia mihi tradita sunt et cui volo do illa». Desde que los nuevos artefactos digitalizados han arrinconado como reliquias olvidadas la sala de los espejos cóncavos y convexos, y desde que el viejo avión, que sobrevolaba Barcelona con pequeños círculos dibujados por el brazo metálico que no le dejaba marchar más allá, ya no es la estrella del parque, éste ha ganado en espectacularidad, pero esa montaña que vigila atenta mi ciudad y que se empezó a urbanizar por el impulso de Salvador Andreu y Grau creador de la pasta Pectoral, que con los años se han convertido en las Pastillas del Dr. Andreu que aún vendemos en nuestras farmacias, ha perdido su infantil magia que me emocionaba. Ese medicamento noucentista tan longevo se empezó a fabricar en el laboratorio de su botica situada en el número 6 de la Baixada de la Presó. Me gusta creer que ese laboratorio era heredero de un local que ya existía en 1360, en la antigua calle Especiers, un obrador propiedad del boticari Guillem Metge, padre de Bernat Metge, autor de Lo Somni, uno de los máximos exponentes del humanismo escrito en catalán – lo cierro), mi reacción de simple turista hubiese sido la de una cierta desazón, pero no fue así. Bilbao me atrajo nada más verla por primera vez al llegar por carretera, en un viaje anual organizado por el grupo de motoristas del que formaba parte hace unos años. Desde ese día oscuro, me atrajo esa mezcla de industria pesada resiguiendo el margen izquierdo de la ría, metida con calzador en medio de suaves colinas verdes, y el señorío que rezumaba su Gran Vía y el olor de las viejas piedras mojadas de las calles del barrio viejo. Ese día tuve la impresión de entrar en una ciudad real en la que la vida, el trabajo y la tierra se fundían en una amalgama de metal ardiente.

No acaban de ponerse de acuerdo los escritos que he leído sobre cual de las dos corrientes que alimentan la ría de Bilbao es la principal, la que merecería dar el nombre a la ría, y cual de las dos es la que vierte sus aguas en la otra, la secundaria. Aunque no tengo información sobre el grado de enconamiento del debate teórico sobre la primacía de un río sobre otro, no creo que las aguas que bañan como lametones lentos Bilbao reivindiquen, a su paso por la ciudad, la exclusividad de la nobleza de su origen y por tanto la propiedad del nombre. Son aguas vascas.

El Ibaizabal nace en el valle del mismo nombre, cerca de Elorrio, alimentado por las aguas salvajes de los arroyos de los montes Amboto y Udalaitz atraviesa el Duranguesado, y en Basauri su cauce empieza a caminar hacia el Cantábrico paralelo al del Nervión, un río que recoge las aguas que bajan de los Altos del Corral, Bagate y Urkabustaiz y de la sierra de Gorobel, una muralla rocosa que cae abruptamente hacia Euskadi y que desciende suavemente hacia Castilla. Todas esas aguas de los montes vascos que bajan briosas por los valles llegan calmadas, señoriales, para dar un último beso a las láminas titánicas del Gugghenheim. En esa moderna basílica del arte, empotrada, como si se tratase de un meteorito metálico caído del espacio interestelar, en la orilla de la ría, he podido pasear, estos días del Congreso Nacional de Farmacia, por el interior de las estructuras de hierros espirales con las que Richard Serra quiere explicarnos de lo que está hecho el tiempo.

Bilbao parece un sitio adecuado para debatir sobre los temas que realmente importan, o deberían importar a la profesión, es una ciudad real, bien puesta, para hablar de problemas reales.

Sin embargo, tengo que reconocer que, después de asistir al evento farmacéutico que se celebra cada dos años, me ha quedado la sensación de que el Congreso no ha acabado de estar a la altura del momento que vive la profesión o que la profesión no sabe salir de la espiral, como las de hierro de Richard Serra, en la que se encuentra instalada. He tenido la sensación de que se intuye la necesidad de tomar decisiones, pero que en el fondo se está esperando un milagro que nos libere de la necesidad de tomarlas.

Ha quedado claro en este congreso que nuestros colegas europeos también sufren recortes similares a los que nosotros estamos sufriendo, todo parece indicar que las administraciones sanitarias no están dispuestas a pagar por la prestación farmacéutica lo que pagaban antes de la crisis, ha quedado claro también que la profundidad de los recortes ha abierto heridas que llegan al hueso, ha quedado también patente que nuestro sistema ha generado un elevado número de farmacias (mini-farmacias me gusta decir, mejor que farmacias rurales ) con dificultades reales de subsistencia, todo eso ha quedado muy claro. Y en este contexto, se ha apuntado la necesidad de elegir un camino de futuro basado en aumentar el catálogo de servicios profesionales prestados por las farmacias que serían contratables por la administración sanitaria, pero tengo la sensación de que el nivel de precaución y de prejuicio sobrepasa excesivamente lo aconsejable en una situación que requiere explorar con rigurosidad y realismo una situación de crisis tan profunda.

PD: Ya nos lo relató, hace unos miles de años, Plutarco en el capítulo de su obra Vidas Paralelas dedicado a Licurgo. Elegir es difícil, pero necesario.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Historias en un taxi (y IV)

He acertado dejando la moto aparcada en el chaflán donde he iniciado el trayecto que según el taxímetro me va a costar más de doce euros; está cayendo un aguacero invernal, de esos que vierten el agua fría y pesada, no es el agua clara que parece flotar en el aire de los días de primavera, y también he tenido suerte, aunque resulte bastante más caro que la línea verde de metro, que es la que me acerca más al Camp Nou, con el coche que me ha tocado, y por qué no decirlo, con el taxista que lo conduce. Siempre me ha parecido una injusticia que pagues lo mismo por el servicio a un taxista que tenga el coche en condiciones, como en este caso, que a algunos que lo más positivo que podrían hacer es llevar su trasto al desguace.

El limpiaparabrisas ha acelerado hasta el límite máximo la velocidad de su vaivén. Me ha parecido que el taxista no ha accionado ninguna palanca ni botón para dar la orden adecuada, por lo que supongo que el modelo de automóvil dispone de uno de esos sensores de lluvia que incorporan algunos coches actuales que toman automáticamente la decisión y que, a los que hemos visto películas de ciencia ficción en los años setenta, nos hacen creer que conducimos artilugios casi mágicos.

– Me bajo en la próxima esquina.
– Va a quedar como un pingajo. Suerte que lleva el chubasquero. Yo llevo uno parecido, sin tantas cremalleras, en el maletero del coche, para los días como hoy. Nunca se sabe.
– Es muy práctico, aunque no queda muy elegante.
– Lo importante es no mojarse.

Lo dice a modo de resumen. La seguridad y la rotundidad con la que ha entonado el último comentario, dicho como si fuera una sentencia, ha tambaleado ligeramente el esbozo que me había hecho de él. ¿No era tan importante para él la presencia y la imagen de las personas?, ¿lo fue cuando fue niño y el tiempo le ha moldeado poco a poco y la vida le ha enseñado a destilar sus jugos?, ¿o lo que sucede es que él también se ha hecho un esbozo de mí y lo importante para él es la imagen elegante de las personas respetables y yo no encajo en esa categoría?

A finales de agosto, cuando las sombras de los peñascos de Cap Ras se intercalan con los rayos de sol inclinados, que calientan suavemente la roca en la que estoy leyendo la Trilogía de Deptford, de Robertson Davies, un cormorán extiende con elegancia sus alas negras para secarse al sol, ha parado de zambullirse en las aguas de un color azul oscuro y brillante, un azul preciso; me parece que me mira con un orgulloso descaro desde una roca próxima. Con las alas mojadas extendidas al sol y su pequeña y afilada cabeza mirando a su alrededor sólo está preocupado por evitar las salpicaduras que las olas le van enviando al chocar en su roca. Me ha visto, pero no le inquieta mi presencia. Me parece que sabe que no puedo volar.

No puedo resistir la tentación y antes de bajar, cuando estoy pagando la carrera, le pregunto:

– Me había parecido que a usted le gustaban los trajes y los coches elegantes, como los del boticario. En cambio, ahora parece una persona más preocupada por lo práctico que por la imagen.
– No se engañe, yo quería un «Haiga» porque creía que con él conseguiría la novia más guapa. Lo que no fue así. Me casé con mi mujer, a la que conocí mientras hacía cola un día que llovía, así, como hoy, para comprar entradas en un cine, le ofrecí guarecerse bajo mi paraguas, y no me hizo falta ningún coche para enamorarla. Después he mantenido esa ilusión, la del coche, seguramente por nostalgia. Si has tenido una infancia feliz, tienes nostalgia de esos años. Seguro.
– Pues del farmacéutico se acuerda perfectamente.
– Me acuerdo de muchas cosas de mi infancia. Ya le he dicho que fui un niño feliz, ahora que ya soy viejo es cuando me acuerdo a menudo de mi boticario. Es un chaval joven, muy espabilado y atento. Se acuerda de mi nombre cuando voy a buscar la receta de las pastillas de la tensión y me pregunta siempre por mi mujer. Parece un poco bohemio, pero es un tipo del que te puedes fiar.
– Por lo que me dice, no se parece en nada a don Fernando.
– El que realmente ha cambiado he sido yo. Don Fernando es sólo un recuerdo de mi infancia y el farmacéutico del barrio, me parece que se llama Antonio, en cambio abre cada día su farmacia que está en la esquina, lo tengo cerca. Me es útil. Lleva a reparar su coche al taller que yo le recomendé. Tiene un coche de una buena marca, pero mi mecánico es un figura y mucho más barato que esos talleres oficiales en los que todo el mundo va en bata blanca. Como en una farmacia.
– ¿Cuánto le debo?
– Trece cincuenta.

Siempre he sido muy sensible al precio de las carreras en taxi, y mi expresión no lo disimula.

– Más vale pagar un taxi que no gastárselo en antibióticos para el resfriado.

El chaparrón ha dejado el mar como una balsa, la brisa fresca ha despedazado las nubes oscuras y el sol va escondiéndose detrás de las montañas situadas enfrente del terrado en que estoy sentado para admirar una vez más la puesta de sol. Recuerdo la lluvia de ese día de primavera y mi carrera bajo la lluvia, desde la puerta del taxi hasta la del edificio donde está ubicado el CatSalut. La vida continúa, lo sé y no necesito ningún taco de diminutas hojitas numeradas para recordarlo.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Historias en un taxi (III)


No creo que pueda seguir el ritmo de la conversación. He topado con un gran experto en milquinientos y no tengo el día para soportar una conferencia sobre la evolución del primer «Haiga» español, ni mucho menos estoy en disposición de ponerme a reflexionar sobre el paso del tiempo con alguien que confiesa su preocupación por el tema y no tiene reparos en constatarlo voluntariamente cada mañana. Por segunda vez en unos minutos tengo la oportunidad de finalizar nuestro diálogo, pero la ocasión se trunca cuando, la que parece ser la esposa del taxista, llama por la emisora de radio para preguntarle si le espera para comer juntos, lo que provoca una pequeña discusión doméstica, de ésas que configuran la personalidad de una pareja que ya lleva muchos años de convivencia. Nada más colgar, como si quisiera justificar la pequeña discusión, me comenta mirando de reojo el retrovisor, como si quisiera asegurarse de que me convence:

– Hace treinta y dos años que estamos casados y continuamos discutiendo como el primer día.

Podría tratarse de una descripción de un hartazgo compartido, pero no. Me lo dice porque tiene la necesidad de compartir con alguien la suerte que ha tenido. Para certificar lo que a mí ya me había parecido, me dice:

– No sé si podría vivir sin ella al lado. Ni dormir sólo, ni dejar de notar su preocupación por mí. Seguramente es egoísmo, pero necesito notar que me quiere.

Sin saber la razón –dentro de esos cubículos rodantes suceden cosas realmente extrañas– el taxista vuelve a hablarme de Don Fernando.

– Don Fernando Concha Paniagua era viudo.

Me sorprende el cambio de tema. Es imposible que crea que soy farmacéutico y que le apetezca entablar una conversación sobre mi profesión. No llevo ninguna insignia, ni cualquier otro distintivo que pueda hacerlo intuir. Ni tampoco creo que hoy sea mi imagen la que el taxista tiene de los farmacéuticos.
Seguramente el taxista ha asociado a Don Fernado y su viudedad con el terror que debe sentir al pensar como sería su vida sin su esposa. Debe de ser eso. Las conversaciones entre desconocidos son como laberintos en los que te introduces sin saber la salida, ni los rincones que encontrarás al doblar la esquina que has escogido, ni la razón, al fin y al cabo, por la que has escogido un camino u otro.

– Enviudó joven de una mujer que había conocido en la ciudad cuando estudiaba la carrera. De ella tengo un vago recuerdo, la recuerdo adosada a él, una especie de ábside discreto, aunque es cierto que ha pasado ya mucho tiempo; yo era muy chico entonces, y Don Fernando era una figura que impresionaba por su porte y su tamaño. Eclipsaba a quien tenía cerca. Se volvió a casar al cabo de unos años. Su segunda esposa era, como él, muy elegante, vestía siempre unos trajes chaquetas de tejidos discretos que le realzaban el porte. Una señora. Cuando él conducía su «Haiga» y ella le acompañaba parecían una pareja de película. De hecho, creo que debió ser ella la que le propuso comprar el milquinientos, uno de la serie C, estoy convencido de ello. Era el coche más elegante en esos momentos, aunque yo no cambio mi monofaro por aquel.

El comentario sobre la forma de vestir de la esposa del boticario me devuelve la sensación que he tenido cuando el taxista me hablaba sobre el maletero de los milquinientos. Parece claro que la apariencia fue lo que deslumbró al jovencito que entonces era, el taxista que ahora se desenvuelve con agilidad y suavidad –lo que es de agradecer– por las calles cada vez más colapsadas. «Yo quería tener uno como el del boticario». Esa era la cuestión.

– Es curioso que después de tantos años tenga un recuerdo tan diáfano del farmacéutico de su infancia. Debía de ser un personaje importante en el pueblo. Él y su esposa. Por cierto ¿Cómo se llamaba ella?
– Dolores. También era alta. Eran tal para cual.

El pueblo aún está desperezándose de un día abrasador. Hoy el sol ha sido inclemente durante todo su reinado. Sólo las chumberas con sus frutos rojos como pezones han resistido, inhiestos, bajo el calor claudicante. La ceremonia de abdicación a favor de la noche es una celebración de colores suaves a la que todos estamos invitados y a la que acudimos con una sensación de alivio. Ha sido un día en que no apetecía hacer nada, simplemente suplicar un poco de clemencia al rey que nos estaba subyugando. En algún momento he tenido añoranza de los días lluviosos de la pasada primavera, la misma que hace muy poco maldecía por lo fría que era. Mientras observo –protegido por el toldo de tela a listas verdes y azules separadas por ribetes amarillos que protege la terraza– a las familias volver de la playa con todo el sol en sus cuerpos, me he imaginado a Don Fernando y a Dolores con sus trajes, los he imaginado sudando sus trajes elegantes, mientras pasean por el paseo de tablas de madera de teca, encendidas por el sol, que resigue la línea de la costa en la que se adosan los pantalanes repletos de menorquinas amarradas preparadas para la invasión de las calas del Cap de Creus.

– Yo nunca estaba enfermo. La botica del pueblo era para los viejos. Sólo recuerdo el olor a hierbas extrañas y a azufre, era un olor característico, pero yo prefería el olor de la panadería. Para ellos, para los viejos, la botica de la plaza era como una basílica que espera la visita segura de los fieles peregrinos. Casi siempre eran recibidos por el mancebo y sólo cuando necesitaban una pócima de esas…
– Una fórmula magistral…
– Eso, don Fernando aparecía con su bata blanca hecha a medida, con el nombre y apellidos bordados en el bolsillo cerca de su corazón, en el mismo bolsillo que se colocaba el pañuelo plegado con tres puntas en sus trajes grises. Sí, era un personaje importante.
(Continuará)

miércoles, 13 de octubre de 2010

Historias en un taxi (II)


– ¡Vaya día para moverse por Barcelona!
– Y, en moto, aún peor.
– Hay gente que no aprende. ¡Lloviendo, y en moto, están chalados!
– Sí, los hay –dudo un instante, antes de calificarme– que son inconscientes –el adjetivo encaja, y no es excesivamente peyorativo–… Voy a la Travessera de les Corts.

No tengo ganas de entablar una conversación sobre las motos y la lluvia, ni tampoco quiero argumentar mi decisión matinal, tomada después de ponderar las posibilidades de que la lluvia volviera a caer sobre la ciudad mientras circulo y la perspectiva de moverme durante todo el día en trasporte público abarrotado de –si se confirma la posibilidad de precipitación– chubasqueros mojados. Justo en este momento, en el que podría haber callado y abortar definitivamente cualquier conato de conversación, un Seat milquinientos con una matrícula de Madrid de las antiguas, con numeración novecientos mil y pico se cruza, majestuoso, en nuestro camino. El taxista parece una persona razonable, por lo que opto por iniciar una conversación que creo más cómoda y adecuada que la que podría entablarse entre un motorista en situación de inferioridad manifiesta con un taxista que ya, por lo general, son un gremio que no siente una simpatía especial hacia los del club de las dos ruedas:

– Me gusta este coche ¿Lo ha visto? El padre de mi vecino de la infancia tenía uno de color crema. Era un coche importante. Era un 1500 C bifaro. Parecido a éste.
– Todos los milquinientos C son bifaros –puntualiza sin avasallar– y tenían el maletero más cuadrado que los modelos anteriores, lo que aumentaba su capacidad, pero perdían esa suave curva de su parte trasera, esa silueta sensual que enamoraba. Eran unos maleteros más grandes, pero con menos encanto. (Me lo cuenta como si estuviera describiendo a una chica joven que, con los años, se ha transformado en una mujer elegante que sabe vestirse con un buen traje chaqueta cortado por un buen sastre, pero que ya no se atreve a enfundarse en unos pantalones ajustados). Prefiero el milquinientos monofaro. Yo tengo uno, negro, con una matrícula de Barcelona que no llega a los seiscientos mil. Quinientos cuarenta y seis mil setecientos cinco, para ser exacto. Precioso. Lo compré hace unos años y lo restauré. Ahora está impecable.
– ¿Le gustan los coches clásicos?
– Siempre, desde que era un niño, quise tener un «Haiga». Un coche grande como el que tenía el boticario. Don Fernando era un señor alto y que siempre vestía con elegancia, con su traje gris de cuatro botones y su «Haiga» negro. Hace unos años, once o doce, encontré uno, era parecido al del boticario, estaba medio escondido, aparcado entre dos columnas en la zona más oscura de un garaje del barrio, cubierto por una lona marrón. Pregunté por el preció al encargado y ese mismo día pagué lo que me pidió en billetes de mil pesetas. Compro las cosas cuando tengo el dinero y no discuto el precio, así compré también el terreno que estaba adosado a la casa de mis padres. Tenía otro pretendiente, pero tardó unos días en conseguir la hipoteca.

Aunque me ha picado la curiosidad, no sé si es prudente preguntarle por Don Fernando y empezar una conversación sobre mi profesión. Debo medir las posibles consecuencias de un debate sobre la evolución, en los últimos cincuenta años, del lugar que han ido ocupando las profesiones en el escalafón social. Me ha parecido, por la entonación que ha utilizado al describir a Don Fernando, que lo ubicaba en la cima de su clasificación particular. Es cierto que, el taxista, no me había descrito al boticario exclusivamente por el dinero que suponía que tenía, lo que le permitía tener un cochazo impresionante, me lo estaba describiendo por la imagen de autoridad que desprendía su traje gris y su «Haiga». ¿Era eso lo que le atraía o, quizás, ambicionaba? Tampoco me apetecía preguntarle cómo se vivía sin depender de los bancos y sin esa sensación de nerviosismo, parecido al que se siente antes de un examen importante, cuando entras en el despacho del director de la agencia bancaria. Todos vivimos en el mismo mundo, pero es evidente que podemos vivirlo de maneras muy distintas.

Los días ventosos de verano –esos días en los que la tramontana aparece para jugar con nosotros (ella se reserva su furia aterradora para los días oscuros del invierno), con su pasatiempo playero, parece que quiera decirnos simplemente que continúa ahí, pero que es tan poderosa que se siente generosa y no quiere maltratarnos durante los días de vacaciones –paseo por el camino hacia el Far de Sarnella y me siento pequeño. Hoy, mientras la tramontaneta eriza de blanco las olas de la bahía de Port de la Selva me he acordado de Don Fernando y lo he imaginado, andando por el Camí de Ronda, inclinado hacia delante, agarrado a su traje gris para que no se lo robe el viento que viene del norte, luchando contra el viento juguetón para llegar a su «Haiga» aparcado cerca del Far de Sarnella. Me lo he imaginado y lo he visto tan pequeño como yo me veo.

– ¿El motor funciona correctamente?

Prefiero hablar de coches más que de boticarios con traje gris de cuatro botones. Aunque no me ha quedado claro si los cuatro están colocados en vertical o en esa formación en cuadro de los trajes cruzados.

– El motor de 1481 c.c. va de maravilla. Mi «Haiga» es de los que aún llevaban frenos de tambor. Son menos potentes que los de disco que incorporó la siguiente serie y no puedes apurar tanto como con éste, pero para mí, como el primer milquinientos no hay ninguno. Bueno, para ser exactos los primeros milquinientos los montó SEAT aprovechando los bastidores del 1400 C con un nuevo motor diseñado por el ingeniero Aurelio Lampredi; un manitas que había diseñado motores para Ferrari. A mí me enamoran los que fabricó SEAT a partir del 67 o 68, ahora no lo recuerdo con total exactitud. De vez en cuando tengo esos pequeños lapsus de memoria que me inquietan. Esos lapsus son como anuncios en los que el lema es «la juventud se está marchando». Sí, como esos que te repiten machaconamente que la primavera ha llegado. Suerte que, a veces, como este año, la tele se equivoca, y la primavera aún no está aquí. Si falla la tele, todo puede fallar.

Lo dice con una sonrisa irónica que intenta esconder el miedo. (Continuará)

jueves, 30 de septiembre de 2010

Historias en un taxi (I)


No sé si las estadísticas sobre la meteorología de esta primavera confirmarán mi percepción, pero tengo la sensación de que ha sido un invierno lluvioso, frío y tan pertinaz que la borrasca se ha quedado pegada encima del rincón del mapa donde vivo como un chicle en el asfalto. Como mis cuñadas, que no acaban de irse nunca, aunque hayan dicho adiós tres veces. Yo soy más drástico, si digo que me voy, me voy. Con las estaciones prefiero, si pudiera lo exigiría, que suceda lo mismo, debe de ser por la influencia de la televisión; ya desde niño, cuando en la tele se anunciaba que había llegado la primavera, yo me lo creía a pies juntillas y, aunque me costara algún resfriado que otro, desde aquel mismo día ya no quería ponerme ningún jersey de lana.

Cuando paseo por la playa –¡qué lejos quedan esos días fríos y lluviosos!– con los pies mojados, descalzo, vestido con un bañador y una buena camiseta de algodón –uno de los placeres del verano son las camisetas de algodón gastado, esas que parece que tengan memoria, y que se adaptan a tus características morfológicas; a menudo la vocecilla que tengo colgada de mi oreja derecha me recuerda que las convenciones sociales obligan a estrenar algo en verano, pero la del izquierdo no para de gritarme que no hay nada como las viejas camisetas de algodón para sentirse el tío más feliz del mundo–, tengo la dormida certeza de que esos días fríos volverán, pero escribiendo ahora de ellos aún disfruto más de estos días calurosos de verano.

La amenaza de lluvia es evidente, un día más, pero mi agenda marca un día complicado, por lo que he preferido utilizar la moto (he escogido la palabra moto para no escribir scooter, aunque esta palabreja que habita en el limbo de los anglicismos describe mejor ese bidé con ruedas que tan de moda se ha puesto en la ciudad) para desplazarme con más rapidez por Barcelona. A primera hora, tengo concertada una visita con el director de una agencia bancaria, me lo ha recomendado un amigo, para un asunto referente a un crédito. En estos tiempos de tacañería bancaria, el recurso olvidado de la recomendación vuelve a estar al orden del día, aunque a diferencia de etapas anteriores, en las que los guardianes del dinero eran menos quisquillosos, no tiene la eficacia de antes. La visita ha sido formalmente exquisita, Gerard Izquierdo Gómez, según indica su tarjeta, es un tipo tan estándar que casi no tiene ninguna característica especial a la que pueda recurrir para describirlo; ha sido capaz de ser amablemente inútil, una virtud que debe de haber sido decisiva para lograr su puesto. No parece que la recomendación me vaya a servir para lograr mi objetivo.

Mientras los peces se mueven con su zigzag sincopado entre mis manos y mis pies, me olvido, aunque sea por unos momentos, de los despachos escuetos y funcionales de los directores de banco, y disfruto de mi olvido observando cómo el mar se pierde en el norte, por detrás del Cap Norfeu.

Al salir del banco, ya caen las gotas con la suficiente frecuencia para decir que llueve. Mi próximo destino está en el barrio de Les Corts, cerca del Camp Nou. Por suerte, llevo en el maletín de la moto el chubasquero plegable… arrugable, sería más exacto. Es de un color azul impreciso, está cosido de cremalleras de plástico gris. Tiene un aspecto un poco vulgar, pero es uno de los mejores inventos para los que nos movemos en moto (realmente debo de tener un problema con las formalidades de la vestimenta, me gusta sentirme cómodo). La lluvia es cada vez más fuerte y el chubasquero no es lo suficientemente amplio para cubrir los pantalones, que empiezan a estar mojados. La prenda de plástico tiene unos bolsillos ubicados en la zona lumbar, y en ellos se esconden unas perneras impermeables, pero es demasiado laborioso, en plena Plaza de Catalunya, detenerse para colocártelas. Al llegar a la Gran Vía, asqueado de la lluvia, decido aparcar la moto en uno de esos triángulos reservados para ese fin que están pintados en los extremos de los chaflanes. Después de sacarme el casco, de bloquear el manillar y de colocar el candado en la rueda trasera, oteo el mar de vehículos para cazar alguna luz verde circulando. Cuando veo una acercarse hacia mí, levanto el brazo y agito levemente la mano. Me parece que grito lo suficientemente alto para hacer el ridículo: ¡Taxi! Ese gritito es un vicio inútil que repito con asiduidad; su inu-tilidad es manifiesta, ya que el taxista no puede oírme, ni por la potencia que imprimo a mi voz (podría gritar más alto para aumentar las posibilidades de que me oyera, pero no sé si me sentiría cómodo siendo observado, como si fuera un bicho raro, por los peatones que pasan a mi lado parapetados bajo los paraguas o guarecidos por los balcones. El ridículo aún sería mayor), ni por el ruido ambiental reinante en la ciudad.

El interior del vehículo amarillo y negro que me ha tocado en suerte es bastante espacioso y limpio. Su interior es de un tejido de color gris mucho más agradable que las imitaciones de piel. No me siento cómodo en los asientos forrados de esa variedad del plástico pegajoso que imita la piel, curtida por el roce de innumerables y desconocidas posaderas. El ambientador es de notas herbales, perfuma sin ofender. Justo enfrente del lugar que ocupo, en diagonal al conductor, cerca del taxímetro, el taxista ha pegado un calendario diminuto con un número impreso: en negro los días laborables y en rojo los festivos. El número que indica el día del mes está situado entre el día de la semana y el santo del día; es uno de esos almanaques de los que cada día se va arrancando el primer papelito con el objetivo, absurdo según mi opinión, de saber durante toda la jornada en que día se está viviendo. No entiendo esa afición por controlar la merma imparable del taco de hojitas numeradas, ni tampoco que el primer gesto matinal sea tirar a la basura una hojita más. Es una muestra palpable, en tus mismas narices, de cómo se te va vaciando la vida.

Siempre me fijo en esos diminutos contadores de días; lo hago desde que un taxista me contó que los compraba cada año para ver si alguna mañana tenía la sorpresa de que apareciera, otra vez, el mismo número que el que iba a tirar a la basura. Sin embargo, me confesó que durante todos los años de profesión –ya era un conductor veterano– nunca se había repetido, ni el número ni el día. El fabricante de calendarios tenía un buen control de calidad. (Continuará)

lunes, 13 de septiembre de 2010

El unicornio


Wild Horses, Couldn’t drag me away,
Wild, wild horses, We’ll ride them someday
(The Rolling Stones)

Parece un caballo. Tiene cuatro patas acabadas en pezuñas afiladas, con las que puntea el suelo, justo después de esos tobillos fuertes y delicados, de bailarín, que no acaban de corresponderse con unas ancas voluminosas.

Le gusta mirar a los caballos galopar y ver como los músculos grandes se contraen y sus movimientos hacen brillar el pelo corto mojado de sudor, y los cabellos de la crin enredados como caracoles negros acaban desenroscándose en tirabuzones en los que el viento y el sol se sumergen y salpican el aire de chispas brillantes.

Parece un caballo, pero no lo es. Todo él es menos poderoso, parece más un dibujo de un caballo. Su galopar no tiene la fuerza de un caballo, es armonioso, pero sin fuerza, amanerado. Parece que no toque el suelo. Sus patas se mueven sin que sus músculos se contraigan, no parece tener músculos poderosos. Aunque lo intente, no puede oír la música que sus pezuñas deberían componer al romper la tierra, una canción de tambores lejanos que recuerdan las películas de Tarzán en el cine de barrio. El pelo de la cola es largo y dorado, como el de la crin, y brilla, pero no por el sudor que los empapa por su esfuerzo, tiene un brillo de estrellas y de purpurina, como el brillo de los escaparates de las tiendas por Navidad. ¿Hacia dónde va ese caballo sin ser un caballo? ¿Dónde está ese prado verde por donde la imagen de dibujos animados pasea mientras deja tras de sí un rastro de estrellas doradas? Se pregunta Bernat.

Ni sabe dónde está el prado de césped infinito, ni sabe dónde está él. Parece que esté sentado solo en una grada vacía de espectadores y repleta de recuerdos de grandes gestas olímpicas. Está en un estadio suspendido en el aire, un estadio en el que se exhibe, con un aire parecido al que envuelve a los reyes mientras saludan a sus súbditos moviendo con un ritmo acompasado sus reales manos, un caballo blanco coronado por un cuerno retorcido como una columna salomónica de un retablo barroco. Está sumergido en un cuento de hadas.

Si está completamente despierto, tiene la plena consciencia de que los unicornios son animales mitológicos, lo sabe. Puede leer libros sobre los mitos y mirar las innumerables páginas sobre los animales mitológicos que puede encontrar en la red. Puede disfrutar de la tranquilidad y la seguridad de lo que es normal. Está despierto y está recordando un sueño que no sabe cuándo ha empezado, como todos los sueños.

Cuando estaba inmerso en la visión onírica, el unicornio podía ser la imagen de un caballo, un caballo blanco con un cuerno retorcido que galopaba dejando tras de sí un estela de purpurina. Pero, en la frontera sinuosa que limita la vigilia del sueño, es el lugar donde la incertidumbre de lo que no encaja en el mundo que conocemos nos estremece. En esos momentos sentimos la extraña intranquilidad que aparece cuando los fantasmas nos invaden al abandonar el ensueño. Bernat a menudo vive en esa frontera.

(Podría haber escrito simplemente: el unicornio provoca –a Bernat, y a mí también– intranquilidad, porque es un caballo raro, pero tengo que llenar el espacio que ocupan mil palabras, y además, por qué no decirlo claramente, la manera de decir las cosas es lo que realmente me gusta. ¿Soy raro?)

Bernat Rebernat i Tabern contesta el teléfono que tiene en su despacho con un escueto monosílabo, un simple «sí» con un ligero matiz interrogativo, cuelga sin decir nada más, se trata de una llamada de las múltiples que recibe para ofrecer una línea telefónica, pero ya se ha cansado de esperar la oferta que le garantice poder hablar con los personajes de sus sueños y ya no espera que intenten engañarlo para colgar. Está pegado a la pantalla del ordenador. Su ventana particular a los múltiples foros en los que se debate sobre cualquier tema sanitario. Participa en ellos con el seudónimo de «Osito Panda» que le encaja bastante bien. Su cara es afable, redonda y con esa expresión de dulce tristeza que reconforta a quien la observa. Tiene una panza bastante prominente y, aunque no le gusta la caña de bambú, no para de comer, como el tragón bicolor del bambú, galletitas saladas. Ésas que van envueltas en papel amarillo.

No es un huraño, pero tampoco ha necesitado adquirir ese barniz de amabilidad impostada que los muchos años de contacto con los vecinos del barrio le deberían haber proporcionado. Conoce a bastantes de sus clientes por su nombre. Muchos de ellos le han visto corretear por la farmacia en pantalón corto. Está convencido de que su extraña aversión a vender le ha proporcionado una posición de confianza con sus vecinos. Aunque a veces, ahora menos que antes –en parte porque ya tiene la hipoteca pagada– tiene la tentación de vender una dieta milagrosa a Teresa, la jefa de la tienda de fotocopias que está situada veinte metros más adelante, en la misma acera, y que cada verano quiere perder cinco kilitos de más, que dice muy seriamente que le sobran. Bernat no es un gran galán con las mujeres, pero cada verano la convence de que no le hace falta, y éste también la acabará convenciendo.

Bernat se ha pasado su vida aconsejando y vigilando discretamente la salud de su clientela, ha conseguido ser un referente, discreto, pero un referente de la seguridad del barrio. Ése es Bernat, ése que nunca lleva la bata puesta porque le ha quedado pequeña, ése que quiere notar que el barrio le quiere, pero que regatea las frases bonitas, no porque no sepa decirlas, es porque no quiere que le quieran por decirlas.

Bernat es uno de esos tipos raros que se imaginan un mundo mejor, pero que intentan vivir en el mundo de la mejor manera que pueden, porque lo que realmente le gusta a Bernat es la vida. Los tipos así son como caballos salvajes a los que todo el mundo quiere domesticar, pero como no pueden acaban por convenir que son unos caballos raros con cuernos retorcidos.

lunes, 30 de agosto de 2010

Paréntesis


Después de estos días cerca del mar todo es más suave. Apacible es una palabra que describe bien mi estado de ánimo. Los recuerdos, aún los más cercanos, se dulcifican en la memoria apaciguada. Han sufrido un proceso de erosión como las piedras redondas de las calas, sus cantos más ariscos han ido sucumbiendo a la caricia de los días, como los cantos a la de las olas. Tan dulces son que necesito hacer un esfuerzo para encontrar algo de acidez cuando vuelvo a saborearlos.

Julio fue (¿Fue, es el tiempo de verbo más adecuado para describir la dimensión del tiempo transcurrido entre la verbena de Sant Joan y la Diada Nacional de Catalunya? Seguramente me gustaría que así fuese y que el hilo que une el ayer con el hoy se hubiera roto, porque ese ayer fue duro realmente. «Julio ha sido» se ajusta más a la realidad; aunque me pese mucho aceptarlo, lo que he vivido estos días ha sido sólo un paréntesis. ¡Se vive tan bien entre paréntesis! ¿No estaré equivocado y lo que vivo realmente es lo que está protegido por esos dos vigilantes del jardín en medio de la selva? ¡El próximo artículo lo escribiré entre esas lunas enfrentadas! El poso dorado, que el calor atenuado de los atardeceres en la playa ha dejado en mi piel, me ayuda a sentirme cariñoso y tengo ganas de cuidar, de mimar incluso, a las palabras que tan a menudo maltrato. Esa ternura debe ser lo más parecido a la felicidad que puedo sentir, aunque a veces me cueste tanto dejar aflorar mi lado más tierno) un mes sofocante.

(El problema de utilizar paréntesis largos es que pueden hacerte perder de vista lo que estaba escrito en la antesala de la entrada al microcosmos que contienen. Con la intención de ayudar a los extraviados por el lapso en el discurso, repito sin interrupciones la frase que tengo la intención de utilizar –«Julio fue un mes sofocante»– para volver hacia atrás en el tiempo, que es una manera como otra de obligarme a escribir sobre algo relacionado con la farmacia.)

Me siento pegajoso. Parece algo irreal, lejano, el leve frescor de la mañana. Ha sido un día más de tensiones y de esfuerzo para no ganar nada, una batalla para no retroceder un poco más. Es el sudor lo que me ahoga después de ir poniendo piedras en la muralla.

(Eso es lo que fue julio y parecido a lo que voy a encontrar cuando salga definitivamente de este paréntesis que he vuelto a abrir, con la misma ansia que tiene el que retrocede para volver a besar a su amante después de la despedida, ¿No hay manera de alargar el abrazo, no la hay tampoco de que la reina de la noche se vista siempre de cuarto menguante?) No.

Julio es el mejor mes para hacer vacaciones, hace años que lo sé, pero no hay manera de que me organice, y lo que podría ser un encuentro con un verano vigoroso acaba siendo un laberinto sin salida del que todo el mundo quiere escapar. Este julio ha sido como todos, sofocante y vertiginoso, pero ha tenido el inconveniente añadido de ser el primer julio de la crisis, más concretamente, el primero de la crisis aceptada y el primero en el que las medidas de recorte implantadas a toda prisa, después de que el método avestruciano fracasara, recayeran también, con toda rotundidad, sobre las farmacias.

Parecen incontestables los resultados de los análisis que se han publicado estos últimos meses. Después de la aplicación de todas las medidas decretadas, la farmacia española va a entrar, por primera vez en treinta años, en una economía recesiva. La situación es preocupante y el sector deberá afrontar la partida que debe jugar con el futuro con unas reglas de juego distintas a las que le han sido útiles hasta ahora. Las recetas que le han permitido mantener una situación equilibrada ya no van a ser las mejores para ganarla. No va a ser suficiente el esfuerzo de poner piedra tras piedra en la muralla.

Cambiar de manera de jugar requiere un planteo riguroso, porque los cambios nunca son fáciles y cualquier cambio supone riesgos. No se trata de hacer una apuesta irresponsable, se trata de balancear correctamente el riesgo del cambio con el peligro de no cambiar. Este análisis de riesgos y beneficios debería ser la primera etapa –una etapa de reflexión exhaustiva– de un plan estratégico imprescindible para un sector que no puede caer en el peor de los errores: caer en la ceguera producida por no querer mirar.

Si hacemos el simple ejercicio de comprobar los datos básicos de la economía del sector de las farmacias con una visión global, llegaremos fácilmente a la conclusión de que está en juego el control de un sector con una facturación de 20.000 millones de €, por lo que cualquier reflexión en el seno de los que ahora lo controlan debería partir de una premisa fundamental: la sostenibilidad de su negocio. El objetivo final de cualquier iniciativa generada después de este proceso de reflexión imprescindible debería ser el fortalecimiento de los fundamentos en los que se sustenta el modelo de negocio, para hacerlo más sólido y más adaptable a los cambios, en definitiva más competitivo.

El reto del plan estratégico del sector debería ser diseñar un modelo en el que se ponga de manifiesto claramente –mediante un sistema de remuneración coherente con el modelo– que la exclusividad del control de la dispensación de medicamentos está basada en la aportación de valor profesional por el farmacéutico, que esta aportación se potencia con una gestión empresarial competitiva, y que la regulación del sector cumple, mediante la concertación, con el objetivo de garantizar una prestación farmacéutica universal y equitativa.

A menudo estos planteos teóricos son criticados precisamente por su alejamiento de los problemas reales, el día a día es lo que preocupa y lo que ocupa. ¿Son sólo un paréntesis de elucubraciones? Pues yo digo que debemos abrir el paréntesis.

martes, 13 de julio de 2010

Meandros


No sé si es por esas tapas de cartulina con publicidad que forran las revistas caducadas que cubren desordenadamente las mesas bajas de las salas de espera de los médicos y de los administradores de fincas o por el silencio incómodo que envuelve a la congregación de desconocidos que, paciente o impacientemente, espera que la secretaria entre por la puerta y diga en voz alta su apellido –es un equipo esperando la alineación para el partido, un equipo de egoístas que esperan sólo ser el primero de la lista–, o por las láminas impersonales que decoran las paredes de esas salitas impersonales. Sea por lo que sea, el tiempo espeso que he perdido en las interminables esperas ha desequilibrado mi organismo. Aunque mis neuronas intentan enviar mensajes en los que se repite que hacer cola y esperar es un ejercicio de estoicismo y de educación, esos periodos interminables de lentos segundos han sensibilizado mi sistema inmunitario. Soy alérgico a las esperas.

Esta sensibilización ha llegado a tal extremo que me he visto obligado a desarrollar un método que me ha permitido paliar los efectos nocivos que me provoca la simple expectativa de espera. Cada vez me sienta peor esperar para que me visiten, para que me atiendan o para que mi compañero llegue al restaurante en el que hemos decidido compartir mesa. El tratamiento profiláctico que me estoy administrando consiste en intentar hacer el cálculo exacto del tiempo preciso –objetivo harto difícil para los que debemos trasladarnos en la jungla del tráfico de una ciudad grande– para recorrer el camino que une la partida y la llegada, un ejercicio de cálculo que ahora ya aplico casi inconscientemente antes de salir hacia la cita prevista. Con los años he llegado a un nivel de precisión elevado. No me ha resultado sencillo, pero soy exigente, y aprovecho cualquier oportunidad para entrenar duramente. No pierdo ninguna ocasión para calcular con precisión el tiempo que espero consumir para llegar a cualquier sitio, aunque nadie me espere. Mi ambición es llegar a ser un virtuoso en el arte de resolver una ecuación con múltiples variables: distancia, meteorología, vehículo utilizado, horario, recorrido a seguir y otras incógnitas muy específicas que intentan ajustar la hora de llegada al minuto.

Últimamente, he introducido en mi sistema de cálculo algunas ecuaciones con números irracionales para que mi predicción pueda ir aún más allá. Pretendo calcular, incluso, el posible retraso en el que va a incurrir mi futuro interlocutor. Evidentemente, el riesgo de error es grande y en mi caso, que pretendo disminuir al máximo la probabilidad de llegar antes del momento justo en que se concrete el encuentro, es realmente enorme. Estoy en ello.

Por otra parte, reconozco que la profundidad de la obsesión que he desarrollado, insisto, generada por la incomodidad de la reacción alérgica y, sobre todo, por el intenso miedo que sufro ante la posibilidad de padecer un choque anafiláctico mientras leo cualquier ajada revista de economía después de llevar hojeadas las de coches, las de motos y las de cotilleos, en la salita de cualquier despacho, en el que sólo podré disfrutar de la triste visión de una imitación de una pintura que intenta decorar un pared sin otra pretensión que la de evitar la sensación de abandono que previsiblemente van a sufrir los visitantes (en algún caso he tenido la suerte de que la imagen sea una litografía, aunque por lo que la estadística me indica esta posibilidad no depende de la sensibilidad artística del propietario del despacho, sino de la tarifa-hora que aplique el profesional que me está haciendo esperar), me ha generado muchas dudas que estoy intentando despejar. Me he visto obligado a hacer análisis introspectivo para averiguar la verdadera naturaleza de mi aversión a esperar.

¿Cómo es posible que haya somatizado de esta manera tan violenta mi rebeldía frente a la espera cuando quiero alguna cosa? ¿Cómo es posible que aún no sea efectivo el tratamiento de paciencia que los años te van administrando como si fuera un gota a gota de experiencias, una vía abierta en las venas por donde discurre mi vida? ¿Cómo es posible que después de tantas lecciones dictadas por las olas durante los paseos por las rocas de espuma de piedra negra no haya aprendido más de su labor incansable, de su casi eterno ir y venir, de su caricia, de su presencia inagotable?

¿No será, el origen del desorden de mi histamina, un aviso que me envía mi propio cuerpo sobre los peligros de llegar demasiado pronto, de la tristeza y la soledad que puedo sentir en una mesa vacía, del aburrimiento de esos minutos interminables en los que las copas esperan con su fría transparencia?

Cada vez estoy más convencido de que mi cuerpo me quiere avisar de los peligros de los excesos de velocidad. No es la espera el peligro que debo evitar, sino el anhelo excesivo.

¿Cómo es posible que después de descender entre las rocas y los saltos de agua aún me cueste apreciar la navegación por los meandros río abajo, lentamente hacia el delta, donde el agua verde se mezclará con las olas que tanto me ha costado escuchar?

Me comprometo a aprovechar mis paseos junto a mis maestras, peinadas de espuma. Voy a estar atento a sus consejos. Intentaré no contar más el tiempo que el sol va a acompañarme en mis sueños en la cala Tamariua, intentaré gozar con el recuerdo de su visita en mi piel mientras el azul del Mediterráneo va disfrazándose de verde oscuro. Intentaré escrutar los huecos escondidos de las rocas, ahí está el secreto de la paciencia, el misterio que me permitirá fluir hasta el delta para poder volver a acariciar estas rocas y esconderme en sus rincones. Buenas vacaciones.

viernes, 18 de junio de 2010

Manifiesto


Después de analizar globalmente la ristra de medidas decretadas por el gobierno del señor Zapatero que inciden directamente y de forma muy negativa sobre la economía de las farmacias españolas no cabe otra postura que la crítica contundente.

El sentido común debe hacernos reconocer que cualquier administración responsable tiene la obligación de ahorrar recursos y ahora, cuando la economía y los desequilibrios presupuestarios se han agravado de una forma alarmante, ya no es sólo una prioridad, es una necesidad. Una necesidad ineludible, los farmacéuticos, que somos ciudadanos con sentido común, lo entendemos.

Esta comprensión no puede mitigar la crítica y la perplejidad por la constante falta de decisión para desarrollar políticas valientes y coherentes durante los años en los que el crecimiento económico permitía afrontar las inversiones para realizar cambios estructurales en el sistema sanitario y en los que la racionalización de los recursos hubiese sido más eficaz que en estos momentos difíciles en los que las prisas, las urgencias y las improvisaciones generan incertidumbre y en los que no hay tiempo para medir las consecuencias negativas de las medidas adoptadas a golpe de decreto. Es frustrante sufrir las consecuencias de la falta de decisión y de la improvisación de los que tienen las herramientas en sus manos y no las utilizan adecuadamente.

El sector del medicamento y concretamente el de las farmacias está en el núcleo del sector sanitario, que es uno de los pilares imprescindibles en los que se sustenta nuestro modelo social y también es uno de los motores con capacidad de impulsar la economía, capaz de innovar, de generar puestos de trabajo y de generar, a su alrededor, mucha actividad económica. Resumiendo, un sector generador de riqueza. Un papel importante en la sanidad y en la economía del país que no ha sido incompatible con una actitud responsable respecto a la sostenibilidad del sistema, ajustando durante los últimos años sus márgenes, para favorecer el control del crecimiento de la factura pública de medicamentos. Concretamente, las farmacias han disminuido sus márgenes más de cinco puntos en los últimos diez años.

Esta contracción continuada de los márgenes se ha visto acompañada por una congelación del precio medio del medicamento lograda mediante bajadas de precios muy por debajo del precio medio ponderado de los medicamentos de los países de nuestro entorno. El resultado de estos descensos exagerados ha provocado, en algunos casos extremos, situaciones tan grotescas que pueden generar desconfianza al usuario, lo que es una amenaza para un sector en el que la calidad y la confianza son valores fundamentales.

En este contexto la farmacia ha sabido encontrar recursos para tener un papel crucial y decidido en la introducción y normalización de los medicamentos genéricos. Desde su posición de proximidad al ciudadano como profesional sanitario experto en el medicamento ha ayudado a generar confianza y a que los cambios culturales de los ciudadanos respecto a los medicamentos se produjeran de una forma fluida.

Los farmacéuticos no esperamos ningún premio por hacer bien nuestro trabajo, pero es descorazonador que de una manera urgente y sin el necesario diálogo, el gobierno decrete medidas que representen una disminución del rendimiento de las farmacias de entre el 10% y el 25%. Un recorte drástico que va a tener graves consecuencias en la capacidad de las farmacias de mantener los puestos de trabajo y en la oferta de servicios que están dando en la actualidad.

Las medidas decretadas son objetivamente nocivas para el sector, pero son además indiscriminadas porque no tienen en cuenta el esfuerzo que han venido realizando las farmacias de las comunidades autónomas que han controlado más el gasto mediante la promoción de los medicamentos genéricos, que es un índice inversamente proporcional al precio medio de la receta; ni son tampoco sensibles con la economía de las farmacias más modestas, que en muchos casos son imprescindibles para poder ofrecer un servicio tan extenso y capilar. Estas farmacias van a estar gravemente perjudicadas y tendrán dificultades importantes para resistir el efecto de las medidas.

Si la crítica a las medidas es rotunda, también lo tiene que ser la seguridad al afirmar que en estos años de ajustes constantes las farmacias no han dejado de invertir en mejoras estructurales y en tecnología, han acometido proyectos tan importantes como la receta electrónica, han continuado creando puestos de trabajo de calidad y han mantenido una actitud dialogante y de colaboración con la Administración sanitaria que ha hecho posible impulsar iniciativas y proyectos que inciden positivamente en los niveles de salud de la ciudadanía. Los farmacéuticos estamos satisfechos de este bagaje, pero decepcionados por la poca valoración que el gobierno hace de él. La dureza de las medidas adoptadas no puede tener una valoración más positiva.

Los farmacéuticos somos plenamente conscientes que la gravedad de los momentos está provocando que muchos de nuestros clientes estén pasando una situación difícil, nuestras quejas no son ajenas a esta realidad, pero también sabemos que los ciudadanos prefieren una farmacia capaz de ofrecer un servicio como el que ahora están recibiendo.

Los farmacéuticos también están quejosos con las medidas de contención adoptadas por el gobierno…

La voz del periodista que conduce el programa matinal suena familiar. El café con leche humea junto al periódico y a un par de tostadas con tomate y jamón. Los farmacéuticos somos protagonistas de las noticias de las ocho que la emisora de radio que escucho cada mañana está emitiendo. Mientras escaldo la lengua con el café con leche excesivamente caliente, siento esa mezcla de satisfacción con un puntito de orgullo que te invade cuando eres protagonista, aunque en nuestro caso, lo seamos por una queja rotunda.

He tenido una sensación parecida –aunque por motivos muy distintos– a la que sentí cuando salió publicada en el periódico del barrio la foto de mis jugadores en la que están celebrando el campeonato de liga en el vestuario del pabellón municipal de Alpicat. Aún y siendo situaciones antagónicas creo que existe un punto de contacto entre las dos, en ambos casos ni la foto ni la noticia son lo que verdaderamente importa. Ni la foto puede reflejar el esfuerzo realizado durante la larga temporada, ni un buen comunicado de prensa puede explicar la complejidad de la situación ni va a modificar la realidad con la que voy a encontrarme dentro de una hora cuando encienda la luz verde de mi farmacia.

Estoy convencido de que lo importante para ganar la liga ha sido el trabajo en las más de ciento cincuenta sesiones de entrenamiento y que lo que marcará mi futuro como farmacéutico va a ser mi capacidad de adaptación para poder ser competitivo.

Ningún tertuliano parece muy preocupado por los efectos de los recortes en las farmacias. Seguramente hay demasiadas quejas estos días.

martes, 8 de junio de 2010

Los otros


Nadie sabe que yo no veo a nadie. Es uno de esos días que camino sumergido en una burbuja que sólo yo veo; una burbuja de cristal blando que me acompaña como una sombra. Es una sombra transparente que me envuelve y me aísla, no se trata de ese otro yo incansable y cotidiano que me persigue por donde el sol le indica y que sirve a los otros para avisar de que estoy a su lado. Sé que los demás están ahí, recuerdo que están ahí, porque hay días en los que no estoy inmerso en ese caparazón que hoy sólo me deja ver el sol y las estrellas pero no a ellos. De esos días desnudos, conservo el recuerdo de la imagen que tengo de los otros y es ese recuerdo el que se mantiene incluso en los días como hoy, en los que un tul espeso me impide verlos. Me siento solo.

No es una soledad melancólica, no es un sentimiento de abandono; es una soledad que noto, es una soledad tangible que también tiene sus ventajas. Los días que me zambullo en mi burbuja soy más pequeño, más liviano incluso, lo que me permite vivir como un descubridor de mundos escondidos. En esos días, todo fluye más deprisa, una soledad aceitosa lubrica el engranaje del reloj de mi tiempo oxidado y facilita su funcionamiento, evitando que las voces de los demás suenen como el chirriar de ruedas dentadas.

Hoy es uno de esos días. La coraza invisible en la que rebota cualquier signo de los otros ha provocado que mi viaje en metro desde el barrio en el que vivo hasta el corazón del barrio donde nací haya sido bastante llevadero. Hoy es uno de esos días en los que los cuerpos aún adormecidos de los otros se acercan tanto como cualquier otro día, pero incluso estando tan cerca de ellos hoy sólo noto la soledad de mi cuerpo. Es inquietante percibir que alguien está tan cerca y no verlo, es como vivir con el recuerdo de los otros cuerpos al lado del tuyo. Sin embargo, cuando te acostumbras, puedes ahorrarte su pesadez y centrarte en la gravedad del tuyo.

Al abrirse las puertas del vagón, un río de recuerdos andantes se desborda por el andén y la corriente fluye hacia un extremo de la estación donde van apretujándose irremediablemente para empezar la ascensión hacia la Rambla de las Flores. Los escalones rallados por cicatrices metálicas van escondiéndose sin pausa dentro de la boca dentada que espera abierta al final de las escaleras mecánicas que me transportan hacia arriba. Subo agarrado a la baranda móvil de goma negra, y casi sin darme cuenta, cuando el escalón en el que estoy ubicado es engullido por el final de la escalera mecánica, empiezo a andar por un pasillo iluminado por una luz triste de fluorescente. Al llegar al final de ese túnel iluminado por esa luz mentirosa, empiezo a subir por una escalera fija de piedra. Como no veo a nadie, puedo centrar mi atención en el canto redondeado de los escalones. El brillo satinado de lo que antes eran esquinas angulosas me indica que los pasos de los otros –una prueba más de que están ahí– hace años que las van redondeando. Los otros son como el viento que esculpe sin parar las rocas que, con desvergüenza juvenil, muestran sus aristas al mar y al cielo. También esos cantos rocosos van redondeándose, van envejeciendo.

Un rumor de roces, de pisadas, me acompaña mientras subo por las escaleras. La música incansable de las suelas de los zapatos limando lentamente el granito de los escalones suena como el sonido de infinitos martillos etéreos realizando una labor minuciosa de artesanía intemporal. Ser tan pequeño, tan liviano, me permite ver las nubes de corpúsculos de feldespato, de mica y de cuarzo que se levantan por la acción de ese ejército de martillos golpeando sin cesar los cantos de los escalones de granito. Paseo por un universo que pasa desapercibido para todos, menos para mí. Puedo ver nubes que parecen nebulosas de polvo interestelar, las veo porque hoy puedo navegar por esos nimios universos que se esconden detrás del espejo en el que se reflejan los rostros de todos los demás.

Supongo –siempre ha sido así hasta ahora y no hay nada que me haga pensar que hoy será distinto– que mi frágil caparazón no va a resistir la vida vertida en las calles del barrio donde nací, una vida desordenada, a veces salvajemente desordenada. Después de salir por la boca estrecha de la estación de metro, cruzo el paseo que desciende directo, atravesando como una cicatriz de árboles y de ruido el laberinto de calles antiguas de mi vieja ciudad, y sorteo como puedo la riada que conecta el orden cartesiano del Eixample con el mar oscuro, denso y redondo del puerto. Penetro en el corazón del Raval por la calle Sant Pau y camino por la acera adosada a la fachada menos noble del Gran Teatre del Liceu. El aroma especiado que huelo en el ambiente me indica que mi sombra aislante ya puede estar desvaneciéndose poco a poco. No estoy seguro de que se mantenga íntegra y esta incertidumbre se traduce en un temblor casi imperceptible en la piel. Tengo una sensación parecida a la que siento cuando estoy traspasando la frontera entre el sueño y la vigilia, ese trayecto incierto en el que parece que podemos decidir, en un ejercicio reiterado de ingenuidad, la dirección del tiempo.

La realidad siempre acaba resquebrajando esos momentos que tan sólo son un espejismo. Ni los otros van a dejar de existir por mucho que nos recubramos de un caparazón impermeable, ni el tiempo puede cambiar de dirección para revivir un instante vivido. Si queremos continuar siendo parte del mundo debemos comprender que no podemos ser ajenos a él, aunque sólo sea porque no es una buena estrategia.

Estar solo es triste, aunque a veces sea cómodo, pero aislarse es estúpido.

PD: Debería escribir de farmacia, ¿o ya lo he hecho?

martes, 18 de mayo de 2010

Licurgo


Hace más de dos mil años –esa lejanía puede llevarnos a pensar erróneamente que en esos tiempos tan lejanos las palabras aún eran ruidos, pero no era así– en una ciudad que ya no tiene ciudadanos, Queronea, una ciudad de Beocia situada en la desembocadura del río Cefiso, el actual Mavro Potamó, nació Lucius Mestrius Plutarchus.

Plutarco no emitía ruidos, era un sacerdote del templo de Apolo en el Oráculo de Delfos, por lo que era el encargado de interpretar los augurios de las pitonisas, pero todo indica que esta tarea no le ocupaba la mayor parte de su tiempo. Su buena posición económica le permitió viajar a Egipto y a Roma y tener amigos poderosos e influyentes y, lo más importante para nosotros, recibir la educación adecuada y tener el tiempo necesario para escribir. Además de sacerdote, magistrado y embajador, Plutarco era historiador, biógrafo y ensayista, fue una verdadera suerte que este griego al que, al final de su carrera, el emperador Adriano nombró cónsul romano en la provincia de Arcaya, dedicara parte de su tiempo a escribir palabras que han podido llegar a nuestros días.

La palabra crisis que ya utilizó Hipócrates algunos siglos antes de que lo hiciera Plutarco, tiene varias acepciones en griego. El padre de la medicina utilizó esta palabra para describir la fase de la enfermedad más penosa, pero Plutarco la utilizó sabiamente en su obra magna Vidas paralelas, en el capítulo que dedicó a las biografías del mítico espartano Licurgo y del rey romano sucesor de Rómulo, Numa Pompilio, con otro significado:

«Equineto de i krisis tonde ton tropon
Ekkliisas athristhisis andres eret kathirgninto plision isikima»
Hacíase la elección de esta manera:
Reunido el pueblo, elegía ciertos hombres de probidad.

Es sorprendente comprobar que hace ya más de veinte siglos una palabra tuviera más de un significado y que, en la actualidad, lo que ha ocupado el debate durante meses no haya sido la discusión sobre su significado, ya sea una descripción del estado del enfermo –en este caso el paciente era, y es, la economía del país– o para indicar el proceso de elección del camino de salida, sino la conveniencia electoral de su utilización. ¡Qué cosas tiene eso que algunos con fina ironía han bautizado como política demoscópica!

Una vez más, la cruda realidad ha puesto a nuestros políticos en su sitio. (De vez en cuando, imagino un escarmiento para los que tildaban de antipatriotas a los que, hace dos años, empezaban a hablar de crisis. Los imagino atados a una silla visionando sin parar sus declaraciones negando la grave situación en la que estábamos inmersos, ¿tengo un lado oscuro, sádico?)

Superada la excesivamente larga fase de negación y que ya no tenemos más remedio que utilizar con profusión la palabra, deberíamos empezar a pensar, espero que estemos a tiempo, en las palabras que Plutarco puso en boca de Licurgo.

Los farmacéuticos que hemos sufrido el agrio ataque de la crisis a través de las dificultades presupuestarias de nuestro principal cliente –la Administración Pública–, que se han empezado a manifestar mediante los incumplimientos del plazo de pago y los recortes del precio de medicamentos financiados, tenemos la plena convicción de que también estamos inmersos en la crisis, estoy convencido que ya no queda nadie que pueda negar esta realidad.

Tan importante como los esfuerzos del sector para convencer y presionar a la Administración para que sus medidas de recorte sean lo menos lesivas para nuestras economías, lo es, elegir bien el camino acertado para enfocar un futuro con expectativas de crecimiento. Es el momento oportuno para estar también ocupados en un proceso de crisis como el que nos describe Licurgo.

Aviso a quien haya llegado hasta aquí que quedan trescientas palabras y no voy a plantear ninguna solución, tan sólo voy a insistir en la necesidad de asumir realmente una serie de conceptos, a mi modo de ver imprescindibles, para afrontar este proceso crítico. Lo aviso por si el lector se quiere ahorrar el esfuerzo de leerlas.

1. El negocio basado en el margen del medicamento tiene unas perspectivas peores que las que podía tener hace veinte años.
2. Hace una década que las farmacias del mundo están sufriendo la disminución de sus márgenes de intermediación.
3. La capacidad de la industria farmacéutica de patentar nuevas moléculas de mayor precio que sean valoradas por los reguladores como coste/eficientes ha disminuido drásticamente.
4. El tamaño y el modelo societario de las farmacias son determinantes para el análisis de la estrategia a seguir.
5. El valor añadido que los profesionales aportan está basado en sus conocimientos y habilidades, y el valor añadido es lo que al final se acaba pagando.
6. No existen modelos mejores y peores, el modelo mejor es el que es coherente con los objetivos que se buscan.
7. La búsqueda de salidas a una mala situación no puede hacer perder de vista la función sanitaria de las farmacias. Perder la identidad es el primer paso para perder la razón de ser.
8. No es posible encontrar una vía de progreso que ignore el valor del farmacéutico como profesional sanitario ni que no contemple un modelo empresarial adaptado a un escenario económico más exigente que busca la eficiencia y el ahorro de recursos.
9. Nadie va a venir en nuestro rescate, al contrario, algunos esperan ver pasar nuestro cadáver.
10. Somos muchos, pero muchos menos que la mayoría.
11. El sector debe dedicar recursos suficientes (intelectuales y económicos) al proceso de reflexión y a consolidar al sector como un sector influyente y capaz de generar riqueza.
12. No podemos apelar al valor de lo colectivo sólo cuando vemos peligrar lo individual.
13. Elegir siempre tiene el riesgo de la equivocación, la única manera de evitar el riesgo es no hacer nada.

Manos a la obra.

(Son doscientas noventa y nueve palabras, la última no la puedo escribir yo.)

lunes, 10 de mayo de 2010

El barrio


Nunca antes había estado en Barcelona. Pedro es de Bilbao y tiene las manos muy grandes, con unos dedos que parecen más anchos en las puntas que en la base, no sé si es casualidad o, como dice mi amiga Isabel, si se trata de una característica diferencial de los vascos, lo único que puedo asegurar es que las manos de Pedro impresionan cuando te abrazan. No tengo una opinión formada sobre si el tamaño de las manos constituye un hecho diferencial, ni ésa, ni cualquier otra característica morfológica, y aunque así fuera, no me preocuparía en absoluto. Mi indiferencia sería la misma que tengo cuando me clasifican de cerrado, de interesado o de trabajador o de lo que sea, por el simple hecho de decir que me llamo Cesc y que hablo en catalán y que leo y escribo, y que pienso y quiero, y que susurro con las mismas palabras con las que me abrazaba mi madre. Pedro es vasco porque él lo dice y porque cuando fuimos a comer unas gambas en Palamós lo primero que me dijo al acercarse a la playa fue:

– «Este mar no huele».

No tengo ninguna duda, en cambio, que el olor del mar en el que has jugado de niño mezclado sabiamente con el olor de la masa de las croquetas extendida en un plato cubierto con un trapo de algodón blanco para que se enfríe y poderla moldear cómodamente entre dos manos dándole la forma y el tamaño adecuados para, a continuación, freírlas en aceite de oliva después de rebozarlas en un plato sopero repleto de harina de galleta, como si fuera el niño que fui retozando en la arena, es el olor de lo que significa la palabra mar y la palabra croqueta. Mi mar y mi croqueta.


Siempre que escribo sobre mi geografía y mi historia (una manera más elegante de decir mi mar y mi croqueta) –debe ser posible hacerlo de alguna geografía e historia de todos, pero mi poca destreza con las palabras me impide lograrlo– una vocecilla insidiosa me martillea el oído izquierdo, ¿o es el derecho? «No seas provinciano, el mundo es muy grande para circunscribirlo dentro de un marco tan estrecho, lo que puede llevarte a un localismo limitante. Puede parecer que vivas en un cantón. Debes ampliar tu visión».


Confieso que la vocecilla puede ser tentadora y convincente; puede ser un susurro cuando estoy tierno y una orden castrense cuando estoy terco y guerrero. «Soy ciudadano del mundo», me digo después de escucharla y un sentimiento de culpa me invade. ¿No me he esforzado suficiente, o será por mi carácter cerrado aparejado con mi condición de catalán, y que esa tendencia de mantener siempre el puño cerrado, que dicen que tenemos, ha contagiado a mi cerebro?


Sin embargo, ayer cumplí cincuenta, alguna ventaja debe tener hacerse viejo, y aunque algunos me dicen –muchos con palabras educadas, pocos me castigan con la indiferencia y algún descerebrado con insultos– que aún no he madurado suficiente, ahora sufro menos que antes. Debe de ser que con los años he perdido oído, también, y sólo oigo la vocecilla insidiosa cuando grita mucho.


Algún ilustrado, con la buena intención que se supone a los que la cultura ha redondeado, cuando le cuento que me emociono cuando leo a Espriu, me receta que debo leer más a Lorca. Como ya tengo cincuenta y ya nadie me va a decir cómo debo domesticar mis emociones para aspirar a ser universal, voy a continuar emocionándome leyendo a los dos, pero no podré evitar, ni quiero tampoco, que las lágrimas vertidas en Synera me sean cercanas, aunque sé que todas las lágrimas son igual de saladas y que, caigan por el rostro que caigan, pueden ser muy amargas cuando no te importa que los demás las viertan.


Yo ya he escogido mi método para intentar vivir en este mundo y aunque sé que es fácil caer en la soberbia de creer que tenemos el derecho de diseñar el mundo a nuestra medida, voy a intentar no caer en esa tentación y espero que los demás también lo intenten. No es cierto que ser consciente de que has nacido en un barrio pequeño te haga a ti también pequeño. Ni tampoco es cierto que sea preferible vivir en una urbanización perfecta de casas iguales a hacerlo en un barrio desordenado a los ojos de los demás, pero del que conoces todos los atajos.


Me sulfuran los que, como la vocecilla insidiosa, y basándose en una supuesta amplitud de miras, quieren derribar mi barrio. No necesito que me dibujen unas calles más anchas para salir de él, conozco los caminos para hacerlo sin perderme y nunca olvido el camino de vuelta. No doy para más, mi manera de hacer la ciudad mejor es plantar rosas rojas en el balcón de mi casa. ¡Que no me toquen mis rosas! Parece que el olor de mis rosas es demasiado perfumado para un mundo que tiende a lo universal, pero que no va más allá de lo uniforme. ¡Qué aburrido y que cobarde!


Esta fijación por lo global, que en el fondo no es más que un síntoma de nuestra incapacidad de reconocer lo pequeños que realmente somos y del esfuerzo que representa ser verdaderamente consciente de que los otros existen, me intranquiliza.


La resaca de Sant Jordi es un día brillante de primavera, sábado. El Paseo de Sant Joan a las ocho de la mañana huele fresco y limpio. Me voy al trabajo, a la farmacia cerca de la catedral inacabada e inacabable –ahora gravemente amenazada por las obras del AVE según los creyentes descreídos de los ingenieros del siglo veintiuno–. Mi primer cliente es una mujer envuelta en un pañuelo que casi no habla español, ni catalán, por supuesto.


Lleva una receta que no incorpora el preceptivo número de identificación; interpreto que padece una lumbalgia severa. Mediante dibujitos esquemáticos intento informarle que debe tomar un comprimido de antiinflamatorio después de cada comida. Realmente el barrio es pequeño y el mundo muy grande.

PD: Certifico que el artículo no está traducido del catalán, que no lo he encargado a ningún «negro» y que no voy a traducirlo al catalán para poder releerlo tranquilamente en casa.

viernes, 23 de abril de 2010

Omisión


Cuarenta y cinco segundos es el tiempo que tardo en salir del ascensor, cerrar las dos puertas de madera y cristal biselado, a continuación, la de rejilla metálica, pulsar el interruptor que acciona el mecanismo de apertura de la cerradura semiautomática, bajar los tres escalones de mármol situados en medio del vestíbulo, abrir la puerta de hierro del portal antes de que vuelva a accionarse el mecanismo para cerrarla y llegar hasta el chaflán del paseo con la calle. El mismo tiempo que tardo en bajar desde la roca vieja en la que me he acomodado para leer Les veus del Pamano, de Jaume Cabré, mientras el sol y la sal me queman la piel, hasta el saliente del que me lanzo para zambullirme en el rincón de mar que el verano pasado descubrí paseando hasta el faro de Sarnella. ¿Existe alguien que se haya atrevido a contar con ritmos distintos esos cuarenta y cinco segundos? Algún libertino puede haberlo intentado, pero hasta ahora todos han fracasado en su intento, porque el ritmo del tiempo nos lo ha impuesto el gran tirano; nos ha sometido a la dictadura de un tiempo monocorde, sin matices.

Cruzar la calzada, cuando el señor verde me da permiso, ocupada por un carril bus y por dos carriles destinados a los vehículos privados, que desciende en dirección al Parc de la Ciutadella, atravesar el pavimento rojizo del paseo –vigilando, con más precaución si cabe por la ausencia de semáforo, que no descienda algún ciclista o algún joven encima de su plancha de skate–, atravesar otra calzada (esta vez debo asaltar en primera instancia los dos carriles normales y después el carril bus) que asciende en dirección al Parc Güell, recorrer el chaflán opuesto al que he partido, mientras observo el escaparate repleto de Ducatis rojo brillante tentándome con descaro, llegar a los contenedores de reciclaje en los que deposito el cartón, el plástico y el cristal situados en la acera de montaña de la calle Còrsega, que cruzo apresuradamente, y recorrer media manzana en dirección a la calle Roger de Flor, consume un minuto y veinte segundos. ¿De qué tiempo? El mismo tiempo que el sol, al caer en primavera detrás del macizo del monasterio cisterciense de Sant Pere de Rodes, tarda en pintar el mar de la bahía de Port de la Selva de ese rosa salpicado de plata. Un color único y fugaz, pero eterno. ¿No hay nadie que le pueda discutir a ese tirano que no son los mismos ochenta segundos?

En este punto al que he llegado, aproximadamente en la zona media del segmento de la acera de mar de la calle Còrsega entre el Passeig de Sant Joan y la calle Roger de Flor, el tiempo se para repentinamente, al menos yo tengo esa sensación. La figura de Pedro, siempre inmóvil –no sé realmente si ése es su nombre, pero es el nombre que creo más adecuado para él, por su aspecto de estatua de piedra–, con su panza envuelta por un jersey verde con todos los botones abrochados excepto el último que, al estar desabrochado, provoca que se abra la parte inferior de la prenda, transformándola en una imitación plebeya de los chalecos de los directores de orquesta, lo que aumenta la sensación de gordura de su figura, está apoyada en el dintel de su pequeña tienda de alimentación. Tiene la cabeza grande y cuadrada, señalada por unas cejas negras y espesas, y está coronada por un pelo negro grueso, es un hombre objetivamente feo. Se apoya con su hombro izquierdo en la parte alta del dintel derecho de la puerta, su masa ligeramente inclinada de derecha a izquierda ocupa todo el espacio útil de entrada a su tienda y la bloquea como si fuera una barrera. No recuerdo a nadie comprando en su tienda, no sé si porque realmente es difícil entrar con el supuesto Pedro ocupando todo el paso o por la falta de atractivo del material expuesto en el escaparate. Hace ya un mes que el expositor de cartón repleto de palotes de fresa parece que no ha sufrido ningún cambio y el de chucherías rosas en forma de pera parece que conserva aún su virginidad. Es curioso comprobar como Pedro continúa insensible a las operaciones de marketing de las diferentes cadenas de supermercados que florecen por el barrio. ¿Será que, por alguna casualidad cósmica, este rincón del Eixample barcelonés haya escapado del control del tirano del tiempo? Para Pedro parece que así sea y a mí me contagia.

A pesar de su aspecto nada elegante y de que no creo que atraiga la admiración de nadie, Pedro me provoca una envidia difícil de explicar. Su indiferencia, al menos la que le supongo al observarlo, al paso del tiempo y la ausencia de cualquier tipo de ansiedad por el futuro –a no ser que se confirme científicamente que en ese lugar en el que tiene su tienda no exista ni pasado ni futuro– es envidiable. Es más aún, Pedro, además de no estar preocupado por el futuro, parece que no se queje de su presente. Vive en una burbuja viscosa en la que el tiempo resbala.

Siempre que dejo atrás la tienda de Pedro miro el reloj, ocho segundos han pasado, todo ha sido un espejismo que logra engañarme cada mañana. A Pedro le pasa el tiempo, como a todos. A Pedro le van a caducar los palotes de fresa y las chucherías rosas en forma de pera.

En estos días de quejas y de reivindicaciones, además de ocuparnos de encontrar la intensidad más efectiva de las mismas, deberíamos estar ocupándonos también de encontrar el tiempo necesario para reflexionar sobre cuál es la estrategia más adecuada para afrontar el paso del tiempo. Sí, hablo de los farmacéuticos. El tiempo va pasando y aunque hasta ahora no hemos notado dramáticamente su paso, llegan tiempos en los que lo notaremos más. Los ajustes económicos que los políticos nos van administrando en dosis sucesivas deberían aumentar nuestra sensibilidad al ritmo del reloj y deberíamos ser conscientes de que omitir esta reflexión puede ser un pecado mortal.

Hay cuatro maneras de pecar, me enseñaron en los Escolapios, de pensamiento (pido perdón por haber pensado que no siempre tenemos razón), de palabra (no sé si las que tengo escritas en mi cuaderno inédito lo son), de obra (alguien que velaba por mi seguridad me dijo un día que el que nunca hace nunca se equivoca) y de omisión (no caigamos en la tentación).

miércoles, 14 de abril de 2010

Quejíos


Lo peor de los días malos es que duren; tener esa sensación de ahogo que sufres cuando, al levantarte por la mañana, sabes que la situación es la misma que dejaste, agotado, al ir a dormir.


Hace ya quince días que no para de llover y una piedra blanda y oscura amenaza con caer encima de nuestras cabezas. Es una lluvia fría que no limpia las calles, ni tampoco te limpia por dentro. Las aceras tienen un brillo oscuro que parece aceitoso, es un agua que no purifica, un agua maldita. Vivo en una tragedia que se representa en el escenario adecuado. Seguramente es mejor un día así, que no uno de esos en los que la tristeza te oscurece por dentro mientras un sol radiante ilumina el paisaje. En esos días, que para mí son equivocados, me siento desamparado, como un náufrago olvidado. Un comediante trágico actuando en un teatro de marionetas en el que la platea espera con ansia y bullicio que el héroe azote al demonio para reír con la victoria del bien sobre el mal.


De vez en cuando, desde hace algunos años, pienso en mi entierro –ni los pensamientos son inmunes al paso de los años, aunque etéreos, también sienten la cercanía de su fin, del mismo modo que las venas, los huesos y la carne la van notando. Cuando era joven nunca pensaba en mi entierro–. Cuando esos pensamientos me vienen, siempre me lo imagino en un día plomizo, un día ahogado en una de esas lluvias sin música; no me gusta pensar que los que vendrán y se sentarán alrededor del ataúd, y que deberán compartir un poco de la tristeza de los que me quieren, estarán reunidos en la ceremonia fúnebre en uno de esos días de verano en los que las playas están repletas de niños corriendo por la arena dura, donde se mueren las olas. No es que me preocupe demasiado por ellos, pero no puedo evitar quejarme de lo poco que le importará al mundo que me muera.


Es cierto que mi queja sirve de muy poco, ni la mía ni la de nadie, ya que el número de entierros que se celebran los días grises es el mismo que los que se celebran los días radiantes. El azar es el que marcará cómo va a ser el día de mi adiós a este mundo. Lo dicho. Sin mí, el mundo va a continuar con el ritmo que le toque, indiferente a mi ausencia. No sé si vale la pena quejarse.


Todos conocemos al típico llorón que siempre está quejándose de todo, el quejica de turno que nos toca soportar con estoicismo y educación aunque sea realmente un pesado, una pesadez provocada por la desmesura y por la estrechez de miras del que se siente con el derecho de quejarse por todo porque para él no existe nada más allá de su propio ombligo. Es importante la ponderación en la queja para no acabar siendo un pesado llorón.


La ponderación, esa virtud que se parece a un tentetieso obsesionado con el equilibrio, es escasa, pero necesaria. Además, en tiempos de crisis, cuando muchos están sufriendo sus consecuencias, la ponderación de la queja debe estar unida a otra virtud, la prudencia, que vende poco –en estos días en los que el amarillo brilla resplandeciente en los medios de comunicación–, pero que es una inestimable ayuda para no pegarse un sonoro mamporro, o para evitar que te lo peguen los demás.


Parece que los días de lluvia y de nieve traicionera se han ido, pero con la primavera los recortes y las estrecheces presupuestarias van ensombreciendo el cielo de la economía de la farmacia española. El cuerpo me pide lanzar un sonoro quejido, el lamento del que debe trabajar más para ganar lo mismo o menos, pero la prudencia y la ponderación me dicen que son tiempos malos para todos los sectores y que, el nuestro, que es un sector anticíclico no es de los que sufren más. También me pide el cuerpo quejarme del deterioro de la rentabilidad del sector, que desde hace ya una década va descendiendo por una pendiente que no parece tener final, pero otra vez la prudencia y la ponderación me advierten de lo peligroso que puede ser poner en cuestión la viabilidad de un modelo por el que tantos esfuerzos hemos dedicado en su defensa.¿Es lo más ponderado y prudente callarse?


Me pregunto si lo nuestro, lo de los farmacéuticos, es callar. Un intento ingenuo de que se fijen menos en nosotros y que con el tiempo la tempestad amaine, pero algo me dice que es un buen momento para lanzar una queja sonora, aunque prudente y ponderada.


Me quejo ponderada y prudentemente del cinismo de la clase política, que es capaz de anunciar unos recortes previstos en el Consejo Interterritorial de Salud que parece que no vayan con la farmacia, pero que, una vez más, la afectan de una forma importante.


Me quejo ponderada y prudentemente de que, en este país, parece que el único sector de la cadena del medicamento capaz de generar empleo sea la industria farmacéutica, cuando las oficinas de farmacia son generadoras de 150.000 puestos de trabajo que también necesitan protegerse.


Me quejo ponderada y prudentemente de que la decisión de focalizar los recortes de precio en los medicamentos genéricos castiga injustamente a las farmacias de las comunidades autónomas que más han incentivado su dispensación y que más han controlado el crecimiento del gasto en medicamentos.


Pienso que soy suficientemente prudente y ponderado y que nadie va a poder echarme en cara que mi postura no sea solidaria y que mi queja no sea otra cosa que un exabrupto corporativista, aunque en el fondo mi indignación es tan grande y mi queja sale de tan adentro, que no me importa demasiado.

¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaayyyyyyyyyy!

viernes, 26 de marzo de 2010

«Helianthus annuus»


Ya no llegan cartas como antes. ¿Antes de qué? ¿Cuándo es antes? Antes de mi presente, cuando mi pasado de ahora era mi presente de ayer. Antes es la despensa de mis recuerdos, allí donde puedo saciar mi nostalgia. La nostalgia es como una invitación a un banquete en el que el menú puedes escogerlo tú mismo. Es el remedio para saciar el mordisco que el paso del tiempo te marca con arrugas en la cara.

Recuerdo cuando llegaban cartas. Las cartas llegaban envueltas en un sobre decorado por uno o por varios sellos que eran el primer indicio visual de su origen. Cuando encontrabas una carta en el buzón vivías unos momentos de intriga en los que el misterio revoloteaba en la boca del estómago, era una pequeña emoción que te alegraba la llegada a casa después de un día monótono. Además de ese misterio que envolvía su llegada, podías recortar los sellos pegados y colocar los recortes de sobre en un plato sopero lleno de agua para que se desprendieran de él. En una primera fase, con delicadeza, los ibas dejando escurrir en la orilla, para acabarlos de secar entre papeles de periódico situados debajo de unas cuantas guías telefónicas apiladas. Después podías atraparlos con pinzas para ordenarlos en clasificadores, del mismo modo que se van colocando los recuerdos en los recovecos de la memoria.

No llegan cartas como las de antes, pero los buzones están llenos de papeles. Papeles sin personalidad. Los sobres de las cartas ya no tienen ninguna característica especial. Cuando los tienes en las manos, justo antes de abrirlos, no ves nada que los distinga de los miles que alguien ha enviado. Son como un discurso grabado por alguien a quien no le importa quien le escucha, ya no tienen el encanto y el riesgo de una conversación, donde cada gesto es un indicio del papel en el que vuelan las palabras impulsadas por el viento de lo que piensas.

Cada día, un montón –muchas cartas nunca serán un montón; sería como decir que muchas conversaciones son ruido– de folletos en los que nos anuncian todo lo que nos va a hacer la vida más fácil: cuentas bancarias de colores distintos, pólizas de seguros para evitar el riesgo incluso de lo que no somos conscientes que nos amenaza, ofertas de compañías telefónicas que ofrecen tarifas especiales para llamar a los que no son amigos tuyos, pero que lo serán cuando les llames porque se sienten solos, seguros sanitarios en los que está cubierto incluso el último ramo de flores –ese que puede marchitarse contigo en un cementerio cuidado como un jardín, por el que ya no podrás pasear– y que también (porque la muerte también puede ser más fácil y bonita según esos folletos) se anuncia en un folleto parecido al de una agencia de viajes, en el que se resalta una frase en letras del tamaño 26 «El mejor destino para tu último viaje», me espera en el buzón.

Ya no siento la emoción que sentía antes de llegar al rincón, cerca de la puerta de entrada de la portería, donde están colgados los buzones de los diferentes vecinos y de los que ahora afloran los papeles como queriendo escapar de su hacinamiento carcelario; a menudo, cuando se acaba uno de esos días en los que las horas pesan más de lo habitual, vacío el buzón con desgana y el montón de papeles de colores y de sobres anodinos que envuelven más papeles de colores va directamente a la papelera habilitada a tal efecto, situada justo antes de la entrada del ascensor. Algunos días, pocos, en los que aún mantengo la esperanza de encontrar alguna carta especial, recojo el manojo de papeles, y en el lento trayecto ascendente dentro del viejo ascensor de madera, voy descartando, uno a uno, los folletos publicitarios y los sobres que no hago ni el esfuerzo de abrir. Muy de vez en cuando, la vistosidad de la primera imagen, o la tipografía, o el diseño, o la originalidad de una frase, captan mi interés y leo con más atención uno de esos panfletos publicitarios.

La fotografía de las semillas de Helianthus annuus es un reclamo suficiente para que continúe leyendo la publicidad de un nuevo servicio de una entidad bancaria. Se trata de una oferta de un nuevo sistema de avisos SMS con el que se puede estar informado en todo momento de los movimientos de tarjetas de crédito, de las transferencias realizadas y de muchas más cosas. Tan sólo una oferta más de las que llegan cada día.

Nunca me ha gustado comer pipas, ni el aceite de sus semillas; en cambio, cada vez que puedo paseo por el campo de girasoles que alguien cultiva en el terreno adosado al cementerio de Castelló d’Empuries, me gusta el contraste del amarillo de las flores heliotrópicas con el verde vertical de los cipreses. No es el recuerdo de esos paseos lo que ahora me ha acabado de atrapar. Es la frase escrita encima de las semillas lo que me ha sorprendido. La frase está escrita con letras «Arial Narrow» en dos colores distintos; las siete primeras palabras en un gris plomo y las tres últimas –las que resaltan más– en el color corporativo de la entidad bancaria.

La frase es: «Hoy en día un euro no da (hasta aquí en gris) ni para pipas (rojo granatoso)»

No sé lo que cuesta ahora una bolsa de pipas, de esas que sirven para dejar hechas un asco las gradas de los pabellones deportivos, pero puedo asegurar que algunos de los medicamentos que se dispensan actualmente en España se pueden comprar con menos de un euro.
Tengo mis dudas sobre si debo escribir a la dirección de correo electrónico que indica el folleto para exponer la situación. No sé si considerarán conveniente la posibilidad de cambiar la campaña publicitaria. Considero que la entidad anunciante es un banco serio y no creo que quiera emitir publicidad engañosa, pero, a la vez, no estoy seguro de hacerlo, por si ya están al corriente de la situación y realmente creen que un medicamento debe tener un precio inferior al de una bolsa de pipas. Cuando logre superar mi perplejidad decidiré.

miércoles, 10 de marzo de 2010

El príncipe


La habitación del hotel es similar a la mayoría de habitaciones de hotel en las que he dormido. Una habitación de unos diez metros cuadrados con una buena cama justo en el centro. Después de unos cuantos intentos pulsando los diversos interruptores esparcidos por las paredes, logro encontrar la combinación adecuada para que la iluminación se ajuste a mis necesidades –siempre he echado en falta una hoja con las instrucciones sobre la utilización de los interruptores colgada detrás de la puerta junto a las que se cuelgan habitualmente en las que te indican cómo escapar en caso de incendio–; con la habitación iluminada por una luz tenue que surge de detrás de la cabecera de madera rojiza, me estiro encima de la cama sin retirar el cubrecama de listas rojas y azules. No soy una persona que le guste analizar a los otros, pero mientras repaso tranquilamente las últimas horas que he vivido, no logro evitar la tentación de pensar en Joe, de pensar en la conversación que hemos tenido mientras disfrutábamos del aroma de maderas ahumadas mezcladas con turba. Tengo la sensación de que Joe es una persona que siempre está inquieta por lo que va a encontrar al doblar la próxima esquina, pero también estoy seguro de que ahora lo que más le preocupa es el camino para llegar hasta ella. El traspaso de mis pensamientos a mis sueños se produce sin darme cuenta, no soy consciente de cómo he llegado a empuñar la lanza con la que voy ensartando ingleses, aunque la batalla es sangrienta yo me desenvuelvo con habilidad. Parece que hubiera nacido en esas tierras y que sienta la llamada de mis ancestros vikingos. Tengo suerte de despertarme con la luz de detrás de la cama mezclándose con la luz gris del amanecer, justo en el instante en el que una espada inglesa va a cercenarme el cuello de un tajo. Después de una ducha caliente en un baño que es un ejemplo de tecnología dirigida al confort, y de un desayuno en el que no faltan los huevos revueltos que se mantienen calientes en una bandeja de acero cubierta por una cúpula brillante que se abre con una asa recubierta de un material plástico negro, me dirijo hacia la plaza donde me espera Joe para iniciar un recorrido por las Highlands.

La primera etapa del viaje tiene como meta el círculo megalítico de Callanish. La piedras mágicas de la isla de Lewis, situada en el extremo septentrional de las Hébridas exteriores, a donde llegamos al atardecer tras recorrer en Land Rover carreteras estrechas por los parajes montañosos del norte y de una corta travesía en barco hasta el puerto de Stornoway.

La excursión ha sido magnífica y ha servido también para establecer una buena conexión entre los dos. Joe es un tipo con las raíces profundamente enterradas en estas tierras del norte, pero sus pensamientos siempre van más allá de lo que él ve detrás del horizonte gris del mar del Norte. Sentados al atardecer en el centro del círculo de piedras podemos comprender la esencia del pasado y tenemos la sensación de que nada ha cambiado en cuatro mil años.

Nuestro viaje continúa desde Ullapool, a través de las Highlands del oeste –después de pasar unas horas en el pueblo de Arinagour en la Isla de Mull–, hasta Oban, donde pasaremos la noche antes de llegar a nuestro destino final, que son las islas de Islay y Jura.

Las conversaciones con Joe son un vaivén constante entre lo que siempre ha sido y lo que puede ser, entre las piedras milenarias y las tecnologías de la comunicación, entre la seguridad del suelo y la incertidumbre del vuelo y van transcurriendo tranquilamente mientras nos acercamos a los Paps of Jura, los pezones que dominan el sur de la isla. En ese paisaje me doy cuenta que detrás de este descendiente de los Pictos de cabellos rojizos se esconde un espíritu ilustrado. El mismo espíritu que debía iluminar a un intelectual italiano del Renacimiento, su curiosidad y sus ganas de aprender y sus ganas de opinar de todo y sobre todo, son las mismas que han movido la historia de la civilización occidental.

Nos despedimos en el aeropuerto de Edimburgo y me voy hacia el sur con el convencimiento de tener un colega con el que podré compartir mis inquietudes y al que podré acudir cuando me aparezcan las dudas. Es un regalo tener a alguien al que le puedes preguntar cuando no sabes el camino y del que puedes esperar un consejo de quien también las ha tenido.

El viaje ha sido plácido y fructífero. Barcelona está luminosa, es uno de esos días en los que el viento limpia el aire y el sol deja ver con claridad los contrastes de los colores. El taxi me acerca a casa sin sufrir ninguna retención.

Abro la maleta después de colocarla encima de la cama de mi habitación –aquí no me hace falta ninguna hoja de instrucciones– y descubro con sorpresa un paquete envuelto en un papel azul y blanco, Por su forma y su peso deduzco que es un libro. Efectivamente, se trata de un ejemplar usado del libro de Nicolás Machiavelli titulado El príncipe.

Me siento en el borde de la cama y lo ojeo. Está lleno de notas y de párrafos subrayados. Joe lo ha acariciado muchas veces y seguro que ha pasado muchas tardes frías leyéndolo, estudiándolo. Me llama la atención un punto de libro que señala una página en la que hay un párrafo remarcado y una nota en la que puedo leer:
«No hay nada tan peligroso e incierto como introducir reformas. Porque el innovador tendrá como enemigos a todos los que se beneficiaban de la situación previa y como tibios defensores a quienes puedan beneficiarse de la nueva. Esta tibieza nace en parte del temor a sus oponentes, que tienen las leyes a su favor, y en parte de la incredulidad de los hombres, que no creen fácilmente en las cosas nuevas hasta que han tenido de ellas una larga experiencia. Y así ocurre que, tan pronto tienen oportunidad de atacar, quienes son hostiles a reforma lo hacen con pasión, mientras que los otros la defienden con frialdad, lo que pone en peligro al príncipe.»